Los 79 años de José Sánchez contienen mil vidas. Conoció el exilio y la represión; el deseo, prohibido y oculto por imperativo legal; la rebelión, en la vanguardia de un incipiente movimiento por los derechos de un colectivo que aún no se reconocía en las siglas LGTBIQ+. También el amor y el duelo. En definitiva, ha sido testigo de una transformación histórica que, pese a los avances conquistados, todavía deja asignaturas pendientes para quienes envejecen siendo parte del colectivo.
En el informe Existimos, publicado en diciembre de 2025, la asociación vizcaina Aldarte sostiene que las mayores LGTBIQ+ enfrentan retos como la ausencia de recursos específicos en los servicios públicos, la falta de espacios de socialización y, sobre todo, la invisibilización. El documento lo resume de forma contundente: “No hay nadie en esta sociedad tan invisible como una persona LGTBIQ+ mayor”. Y no se trata de una invisibilidad cualquiera. Por un lado, pesa la experiencia de una generación que creció bajo el franquismo, cuando la heterosexualidad era la única opción socialmente aceptada y cualquier disidencia era reprimida y sancionada. Por otro, muchas de estas personas afrontan su vejez en entornos donde expresar su orientación sexual o identidad de género sigue resultando complicado, cuando no incómodo.
Sánchez pone como ejemplo el caso de Juanito el ajero, ya fallecido, figura célebre de la genealogía queer de Bilbao. Nacido en 1921 en una pequeña capital del Levante, vivió como quiso: libre, indómito. Se definía abiertamente como maricón. Sin embargo, esa libertad se quebró en sus últimos años, cuando ingresó en una residencia de ancianos. “Era una persona que se ponía el mundo por bandera, pero cuando ingresó en la residencia fui a verle y comprobé que se había metido en el armario otra vez”. lamenta. “Hay gente que vuelve a ocultarse con 70 u 80 años para no ser marginada. A este hombre había que asearle, y llegó un auxiliar nuevo que dijo: ‘yo no voy a lavar a un maricón’. Pero le echaron, porque nos metimos por medio”, añade.
No es el único. De hecho, solo en torno al 1% de los mayores del Estado se identifican abiertamente como parte del colectivo, según un estudio del CIS. Militante incansable, Jose apunta que le gustaría ir a residencias de ancianos a visitar a mayores que, movidos por el miedo, se han tenido que volver a armarizar. Y va incluso más allá: propone formas alternativas de transitar la vejez, en comunidad, entre amigos con los que también ha compartido pancarta y espacios de lucha. “La base de la convivencia está mal estructurada. Porque si tú conoces a dos o tres amigos, con los que has estado en 20 bares, con los que has pendoneado por todos los sitios, ¿por qué no podemos alquilar un piso entre los cuatro y vivir juntos, cuidarnos unos a otros?”, plantea. Lo intentó. Pero no funcionó. “Yo lo he intentado, ¿eh?”, admite. “Y ya ha fracasado”.
El deseo era silencio
No es extraño que muchos relatos sobre el despertar sexual de las personas mayores LGTBIQ+ —especialmente de hombres gais y bisexuales— compartan cierto cariz clandestino: un parque al anochecer, un bar discreto donde nadie hacía demasiadas preguntas, hostales que miraban hacia otro lado, una mirada sostenida unos segundos más de la cuenta.
Durante décadas, el deseo habitaba en los márgenes. No porque quisiera hacerlo, sino porque apenas tenía otro lugar donde existir. “Había muy pocos espacios de libertad, como la Pérgola o la Gran Vía, por la noche, cuando apenas había nadie. Pero siempre estabas en guardia”, señala José. Para quienes, como él, crecieron bajo el franquismo, descubrirse homosexual significaba hacerlo en una sociedad que castigaba cualquier desviación de la norma. Antes que orgullo hubo silencio. “Siempre estabas con la mosca detrás de la oreja: ¿este será policía? ¿Será secreta?”, dice.
"Nada de demostraciones de afecto en público. Incluso en estos bares, de cara al público éramos dos amigos tomándonos un vino”
Los únicos espacios donde se abrían pequeñas ventanas de libertad —que, sin embargo, podían cerrarse de golpe con la aparición de una patrulla de los grises— eran los locales que formaban parte de una red incipiente de ambiente. “Pero nada de demostraciones de afecto en público. Incluso en estos bares, de cara al público éramos dos amigos tomándonos un vino”, puntualiza. Habla de locales como La Ópera, el Fruit o el Golar, donde se libró de una detención por los pelos. Frecuentar bares de ambiente implicaba asumir ese riesgo: el de la persecución policial, el de la humillación pública y el de acabar fichado por el simple hecho de existir en un espacio que ya era, en sí mismo, una forma de resistencia. “Una bendición para la Policía”, apunta, con ese humor ácido que tanto le caracteriza. “Cada vez que tenían que hacer una redada de maricones iban para allí”, recuerda.
Aquella noche José había acudido al local con un amigo. Le salvó. Según su relato, cuando la policía se acercó, su amigo intervino con una explicación improvisada: aseguró que José solo había acudido a entregarle unas llaves. “Cuidado, este chico no es… me ha venido a traer estas llaves”, habría dicho. Para reforzar la escena, incluso mostró el llavero al agente. “Me dijo: ‘Gracias, José Ignacio, nos vemos otro día’”, recuerda José. El policía le dejó marchar. “Si no, habría caído como todo el mundo”, añade.
De la clandestinidad a la lucha
Harto de las redadas policiales que se producían en los entonces incipientes locales de ambiente, José decidió involucrarse activamente en aquella lucha por la libertad. Una decisión que implicó su salida pública del armario cuando ya rondaba los 30 años. “Era duro. Tienes forzosamente que salir del armario. Una persona que está dentro no puede salir en una rueda de prensa”, sostiene. Empecé a militar en la transición. Fui de los primeros integrantes de Egham y estuve 45 años en primera fila”, señala.
Ese fue, quizá, uno de los mayores puntos de inflexión, hasta entonces atravesada por la tensión entre la clandestinidad y la conquista de espacios de libertad. Hoy afirma estar en paz con su biografía. Lamenta pocas cosas: entre ellas, no haber pedido disculpas cuando el orgullo y la juventud se lo impidieron y, sobre todo, no haber podido descubrir su sexualidad con plena libertad. Cuando habla de la vejez, no lo hace como final de trayecto, sino como otro territorio de batalla. “Si ahora mismo tuviera más fuerza, estaría en un grupo contra el edadismo”, asegura. Por el momento, sigue dando clases de castellano a inmigrantes . Antes de irse lanza un consejo a los jóvenes: “Enfrentad la vida con valentía”.