Sonia habla de la maternidad con la naturalidad de quien sabe que los lazos de sangre no son los únicos que definen a una familia. En su casa, la cotidianidad se construye a través del acogimiento familiar, una decisión que nació de la experiencia profesional y del deseo personal. “Nos pareció una forma bonita de ser madre y de cubrir una necesidad que hay de atención a un montón de niños y niñas”, explica.

Actualmente, convive con una niña que llegó con 20 meses y cuya situación ha derivado ya en adopción, y con un niño que entró en sus vidas con seis años en régimen de acogimiento especializado.  Aunque Sonia y su marido trabajan en el ámbito social, la teoría dejó paso a la realidad en cuanto la puerta de casa se cerró con ellos dentro. “Como en cualquier maternidad, no se está preparado hasta que nos llega”, confiesa. 

Sonia recuerda con especial nitidez el peso emocional de los primeros encuentros con la pequeña: “El primer día me acuerdo que era una visita de hora y media y se pasó hora y diez sin parar de llorar y chillar”. Sin embargo, ese inicio dio paso a una adaptación asombrosa y a la creación de un refugio seguro.

Mismas inquietudes que cualquier madre primeriza

Incluso los sustos relacionados con la salud, como la primera vez que la niña enfermó en casa, se vivieron con la intensidad de cualquier madre primeriza. “Recuerdo la primera vez que la niña vomitó y nos pusimos nerviosos porque, claro, no sabíamos qué le pasaba”, señala. Sonia es consciente de que su labor despierta una admiración que a menudo no se traduce en nuevos acogimientos por el peso de la incertidumbre. “Yo creo que es miedo; es miedo a no dar la talla, a que no salga bien”, lamenta.

A pesar de los retos actuales, que ahora se centran en la etapa conductual de dos preadolescentes, Sonia asegura que el mayor aprendizaje ha sido la velocidad del amor. “Me ha enseñado que se puede querer a un niño y a una niña en muy poco tiempo. Realmente, ellos tienen mucha necesidad de cariño y a nada que les das, te lo devuelven con creces”, asegura. 

Ese vínculo se manifiesta de la forma más rotunda a través de la palabra. Incluso el niño, que llegó con seis años y mantiene el contacto con su madre biológica, llama “ama” a Sonia constantemente. “Para mí esta maternidad no se diferencia en nada de otra, salvo el hecho de que no están desde que nacen, pero ese vínculo se genera igual o a veces incluso mejor, porque va a depender de lo que tú pongas en esa relación”, matiza.