“No me pongo mala porque en mi caso no hay relevo ni descanso”
Marta Goikoetxea reflexiona sobre la salud financiera y el sacrificio monumental que exige la maternidad en solitario
Marta siempre había querido ser madre y tenía claro que estar soltera no era un impedimento para ella. Su momento óptimo para embarcarse en la aventura de la maternidad llegó justamente cuando no tenía pareja pero sus condiciones económicas y su estabilidad laboral eran mejores que nunca. A los 38 años habló con su médico de cabecera y comenzó un tratamiento de reproducción asistida y de aquella primera conversación nació Xabier, que lleva dos años llenado de amor el corazón de esta vizcaina.
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El proceso, reconoce, fue duro. Pasó por cinco inseminaciones, un aborto, y finalmente se quedó embarazada a través de una ‘in vitro’. “El camino fue largo”, recuerda. A pesar de la dureza del proceso, destaca el esfuerzo del sistema público por normalizar su modelo de familia: “El servicio se presta también a madres solteras; buscan un donante con características físicas similares a las tuyas para que el niño sea lo más parecido posible a ti”.
Sin embargo, Marta señala una carencia crítica en el sistema: la falta de apoyo emocional. “Te dan las buenas o las malas noticias y tú te las gestionas. Cuando vienen mal dadas, tienes que buscar apoyo en otros sitios”, reconoce. Si el proceso de concepción fue un reto, la crianza diaria no lo es menos. Marta cuenta que su red de apoyo es “escasa” y queda reservada para urgencias médicas o laborales. Para todo lo demás, la respuesta es la renuncia. “He tenido que renunciar a todo lo que formaba parte de mi vida. Todo volverá, pero de momento, el autocuidado se reduce a la mínima expresión”, señala.
El reto de conciliar
Para una familia monoparental, la conciliación no es una palabra amable, es un gasto contable. Marta es tajante: cuando el calendario laboral no coincide con el escolar, la única red es la cartera. Ser madre soltera no significa solamente un esfuerzo mayor económicamente, sino también físicamente. “A mí ya se me ha olvidado lo que es estar enferma. No me pongo mala. En nuestro caso no hay relevo ni descanso”, comenta Marta.
Sin embargo, tras el inventario de renuncias y gastos, aparece la transformación vital. Al preguntarle cómo le ha cambiado la vida, Marta no duda. “Me ha hecho una persona mucho más capaz, más segura de mí misma y más completa”. Reconoce que, aunque el esfuerzo es indescriptible, la satisfacción de ver crecer a Xabier sin que le falte de nada le ha otorgado una nueva identidad. “Siento que soy superwoman ahora mismo. Ese sentimiento de ‘puedo, lo estoy haciendo y voy a hacerlo’ es grandísimo”. “Nunca he sido una mejor Marta”, concluye.