El primer domingo de mayo no siempre es una postal de flores y calma. No siempre es una jornada de película en el que se desayuna en la cama, se reciben regalos y se va a comer por ahí para celebrar la maternidad. Para muchas mujeres, este día se vive como tantos otros, entre la logística de organizar la casa, el cronómetro para arañar tiempo al parque y esa mochila de culpa que las amatxus parecen cargar por defecto. Es una jornada de cansancio acumulado, pero también de una emoción contenida, porque, al fin y al cabo, se homenajea la labor más invisible y a su vez, de las más determinantes, de nuestra sociedad.
Ser madre hoy es una carrera de fondo que comienza mucho antes de la primera contracción y que, cada vez con más frecuencia, se aleja de los dictados de la tradición. En una Bizkaia donde el modelo de familia nuclear clásica, la de aita, ama y dos hijos, pierde peso en las estadísticas, la realidad se impone con otros nombres. Según los últimos datos del Eustat, la edad media de las mujeres que se estrenan en la maternidad en el territorio ya roza los 33,5 años, y casi el 10% de los nacimientos en Euskadi son de madres mayores de 40 años, una cifra que se ha triplicado en las últimas dos décadas. Además, los nacimientos fuera del matrimonio o en familias monoparentales ya superan el 50% del total.
Cuatro miradas
En este contexto de cambio, en DEIA nos sentamos con cuatro mujeres, Marta, Cristina, Olatz y Sonia, que representan los nuevos modelos de la crianza. Sus historias son el reflejo de una sociedad que evoluciona, pero también de un sistema laboral, institucional y social que sigue planteando retos mayúsculos a quienes deciden salirse del camino ‘tradicional’.
Desde la determinación de Marta, que a los 38 años decidió que la ausencia de pareja no sería un obstáculo para su deseo de ser madre, enfrentándose a un proceso de reproducción asistida que puso a prueba su resiliencia, hasta la vitalidad de Cristina, que a los 46 años rompe con los prejuicios sobre la edad. Su caso no es aislado, Bizkaia es uno de los territorios europeos con mayor índice de maternidad tardía, demostrando que la madurez, lejos de ser un impedimento, es a menudo una gran aliada para la estabilidad emocional.
Cruzando fronteras físicas y legales, está el testimonio de Olatz. Su camino para formar una familia a través de la gestación subrogada es un relato de vínculos que superan la genética y de un esfuerzo económico titánico. Y, completando este mosaico, Sonia nos abre la puerta al mundo del acogimiento. En un momento en el que la red de protección a la infancia busca hogares de urgencia y larga duración en el territorio, su “maternidad del corazón” ofrece un refugio seguro, recordándonos que cuidar es, ante todo, un acto de amor.
Un hilo común
Pese a sus diferencias, las cuatro comparten un hilo común: la renuncia al autocuidado en favor de la crianza y el equilibrio, a veces imposible, con un mundo laboral que no siempre entiende de noches sin dormir o cuidados imprevistos. Según los datos de Eustat, con números cerrados hasta septiembre del año pasado, en Bizkaia nacieron en los nueve primeros meses del año 4.885 bebés. A un ritmo ligeramente inferior al de 2024, cuando en el conjunto del año nacieron 6.421.Nada que ver con los 9.740 alumbramientos de 2014. Testimonios como los de estas mujeres explican el porqué: ser madre hoy exige una “salud financiera” y una red de apoyo que el sistema actual apenas garantiza.
Estas cuatro mujeres despojan a la maternidad de sus filtros románticos para hablar, con crudeza y ternura, de lo que significa hoy dar la vida, o protegerla. Son la voz de una Euskadi que ya no espera a que le den permiso para ser familia, pero que sigue reclamando su sitio en un mundo que no siempre se lo pone fácil.