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'Mercamenú', los nuevos comedores rápidos para una Bizkaia acelerada

Algunas grandes superficies ya no son solo lugares de compra, sino espacios híbridos entre el colmado posmoderno y la cafetería de carretera

'Mercamenú', los nuevos comedores rápidos para una Bizkaia aceleradaMiguel Acera

 El supermercado ya no es únicamente un lugar de compra, sino un escenario híbrido, a caballo entre colmado posmoderno y cafetería de carretera. Basta con darse un garbeo por algunas de las grandes superficies de Bilbao para comprobar que, en esas zonas habilitadas como comedores, siempre hay sillas ocupadas. Casi sin excepción.

Puede que comer solo haya dejado de ser un estigma. Quizá la frase manida de que cada vez vivimos más deprisa se ha convertido en una verdad empíricamente demostrable. O acaso, para quienes tratan de sostener la vida con nóminas que apenas alcanzan las cuatro cifras, el bocata del bar de abajo ha dejado de ser una opción.

La opción más rápida y barata

Para Carmen Arrieta, estudiante universitaria, nunca lo fue. Tiene 22 años, es alavesa y cursa estudios de Ingeniería en la facultad de San Mamés, a un paso de una de estas grandes superficies con mercamenús a precios imbatibles. “Compagino la carrera con un curro en una tienda de cosméticos; es la única forma de pagarme el piso. Mis padres me ayudan con la matrícula, pero el dinero no llega para todo. Hay que arrimar el hombro”, confiesa.

Le resulta más económico engullir un plato envasado de macarrones, precocinado, en un taburete del supermercado que sentarse a comer un menú en la cafetería de enfrente. La alternativa es, claro, organizarse en casa: el ya popular meal prep, dedicar unas horas del fin de semana a preparar los tuppers de toda la semana. Pero dice que, en su caso, es inviable. “Lo he intentado alguna vez, pero también trabajo los sábados. Sinceramente, estoy agotada”, reconoce.

Tampoco dispone de mucho tiempo. Entre el final de las clases y el momento de ponerse el uniforme para vender cremas, sérums y maquillaje apenas hay cuarenta minutos. A veces, menos. “Por eso, pillar un tupper de Mercadona, calentarlo en el micro y comérmelo allí me ahorra unos cuantos minutos”, señala. Si le apetece un café, lo compra en el mismo supermercado y se lo va tomando de camino al centro.

Al borde y sin tiempo

A mediodía, ese centro comercial y financiero del Botxo hierve de actividad: los oficinistas apresuran el paso para hacer alguna compra rápida antes de comer; taxis, coches y autobuses se cruzan en la calzada; los peatones llenan las aceras. Y Aurora Berasategui cruza la plaza Elíptica rumbo al Mercadona de Rodríguez Arias.

Esta oficinista de 45 años también ha acabado recurriendo a los menús exprés de la gran superficie. Dice que su cuenta bancaria no lo nota demasiado: tiene una nómina “razonable” y estabilidad laboral. Pero lo que no tiene es tiempo. “Me levanto temprano y tengo que llevar a los niños al colegio. Luego voy pitando a la oficina; salgo, recojo a los niños; extraescolares; parque; deberes; cena… ¿Cuándo se prepara un tupper?”, plantea.

A Aurora se le tropiezan las palabras. Habla rápido, como si la conversación fuera un trámite más que tachar de una lista que parece no tener fin. Cuando se sienta en la zona de comedor del hipermercado, reconoce algunas caras. No es, ni de lejos, la única en su oficina que recurre a esta opción. “Tampoco es que esté lleno todos los días, a todas horas. Pero de vez en cuando me encuentro con personas que imagino que están en mi misma situación”, dice. A veces, añade, cruzan miradas cómplices. Como diciendo: te entiendo. Sé lo que es esto.

Eso sí, hay días en los que sí consigue ajustarse el delantal y se pone a cocinar. Suelen coincidir con el fin de semana, cuando a los niños les toca ir a casa de aita o aitite y amama se hacen cargo durante unas horas. “Entonces, me meto en la cocina e intento preparar un par de platos. Lo hago cuando estoy descansada, porque una, además de madre, también es mujer, amiga, hermana… Tengo una vida que también quiero vivir sin sentirme culpable por ello”, sentencia. 

Cuando sí se elige

En el lado opuesto, Ane González lleva una vida más apacible, aunque eso no significa que renuncie a estos formatos. “Teletrabajo, así que entre correo electrónico y tareas pendientes pongo a cocer unos garbanzos”, señala.

Sin embargo, admite que hay días que pesan más que otros. Entonces, la olla se queda en el cajón, se viste y baja a una gran superficie a por un plato preparado. “A veces, cuando tengo tanta hambre como poco tiempo, me quedo y me lo zampo allí mismo. Es que hay zonas en las que te llevas el plato caliente y solo te tienes que sentar”, recalca.

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Otras veces, en cambio, guarda la comida en el bolso y la toma frente al ordenador. “Por suerte, me organizo bastante bien, pero soy consciente de que no todo el mundo puede”, añade. En esa línea, se reconoce como una privilegiada. A sus 26 años, sigue viviendo con sus padres —los alquileres “son imposibles”, puntualiza— y no tiene demasiadas cargas. La única: prepararse la comida de vez en cuando, porque ni su madre ni su padre, que trabajan fuera de casa, pueden dejar siempre un menú listo.

Jon García no se preocupa de quién cocina ni de dónde sale la comida que aparece cada día en la mesa. Estudia segundo de Bachillerato y está a punto de cumplir los 18. Pero también frecuenta estos espacios. “Es más barato pillarte unas patatas, una Coca-Cola o lo que sea aquí que en la tienda de chuches”, explica el joven, que suele refugiarse en el supermercado cuando el tiempo no acompaña. “Ha hecho muy malo y la paga no da para todo, así que voy con mis amigos y echo la tarde”, cuenta.