Cada vez que a Pepe Martín le comentaban que sus trenes eran dignos de exhibirse en un museo se encogía de hombros en un gesto de humildad y sonreía. Balmaseda llora la pérdida, a los 92 años, del vecino que rindió homenaje al pasado ferroviario de la villa reproduciendo maquetas de numerosos modelos a pequeña escala, siempre con una total minuciosidad.

“Los maquinistas ya me conocen y me saludan” al pasar por su casa situada, como no podía ser de otra manera, al lado de las vías, contaba a DEIA en una de las ocasiones en las que compartió su afición en las páginas de Hemendik. Recorrió Euskadi y Cantabria fotografiando convoyes y estaciones y recopilando planos para confeccionar las réplicas pieza a pieza con las medidas lo más exactas posible y basadas en planos originales. Ebanista de profesión, al jubilarse pudo volcarse en su afición con más intensidad.

Sus maquetas

“En cierta ocasión un ingeniero de Zalla me preguntó cómo había conseguido las rejillas", relató sobre la locomotora Geco recién terminada en ese momento y respondió, para sorpresa de su interlocutor y haciendo gala de su ingenio, que “cogiéndolas de los microondas que no se usan”. Los trenes podían moverse “como mucho a cinco o seis kilómetros por hora impulsados por un motor del limpiaparabrisas”, mientras que la capa de pintura con la que recubría las estructuras de madera o latón “es igual a las que se aplican a los coches”, describía. Como toque final, sentaba en su puesto de maquinista a un muñeco para que en sus vagones no faltara conductor.

Pepe Martín era un hombre muy querido en Balmaseda.

Pepe Martín era un hombre muy querido en Balmaseda. E. C.

Almacenaba información de “modelos ingleses, belgas, suizos o americanos”, pero Pepe, toda una enciclopedia ferroviaria, no se limitó a crear trenes en miniatura, sino que llegó a restaurar el reloj que colgaba de la estación de Mataporquera y otro en el municipio de Cistierna. Ambos municipios forman parte del itinerario del tren de La Robla, tan ligado a la historia de Balmaseda y que supuso un resurgir de la villa a raíz de la inauguración de su tramo principal en 1894 para conectar las cuencas mineras de León y Palencia con la gran industria vizcaina. Como vestigio de aquel periodo pervive una hermandad entre las localidades del itinerario. Pepe acudía con frecuencia a encuentros de amigos del ferrocarril, a menudo culminados con comidas preparadas en putxera.

"Concentración y esfuerzo"

Construir las reproducciones requería “concentración y esfuerzo”, por lo que le gustaba hacer un paréntesis de vez en cuando y atreverse a restaurar otro tipo de objetos, desde un Seat 600 fabricado en Santander en 1962 a varias motos, un tocadiscos, un teléfono fijo de setenta años de vida preparado para seguir recibiendo llamadas o un reloj de más de un siglo de antigüedad.

Aunque Pepe adoraba las putxeras, hay un día de San Severino del que no guardaba el mejor recuerdo, el del 23 de octubre de 2022, en el que el peor incendio forestal de los últimos treinta años puso en peligro su casa y su colección. Durante aquella fatídica mañana, numerosos vecinos y vecinas se congregaron, impotentes ante el avance de las llamas, que amenazaban con saltar al casco urbano. “Prendió únicamente en el alero y menos mal, porque pudo haber ardido toda la villa”, rememoró un año más tarde; entonces sí, disfrutando en la plaza del concurso de alubias tan relacionado por los orígenes de las ollas con sus queridos trenes.