Balmaseda

lOS maquinistas de Feve le saludan desde la cabina cuando le ven paseando por Balmaseda. "Ya me conocen todos", dice Pepe Martín. Son muchos años recorriendo Euskadi, Cantabria y Burgos cámara en ristre para fotografiar trenes o visitando los talleres de la empresa en la villa para encontrar los planos de los ferrocarriles. En su casa se amontonan carpetas con documentación sobre modelos de ayer y de hoy. Toda la información que recopila para después reproducirlos a pequeña escala pieza a pieza. Ebanista jubilado, Pepe aprovecha su retiro para combinar la que ha sido su profesión con su pasión por el mundo del ferrocarril. Su don no ha pasado desapercibido y en otoño expondrá las piezas que componen su universo ferroviario.

Todo el que ha entrado en el garaje donde guarda sus creaciones lo califica de museo con una sorpresa que va en aumento según retira las lonas que protegen los pequeños trenes. No hay detalle que se le escape: las medidas de las máquinas, los dibujos o inscripciones que llevan... "En cierta ocasión un ingeniero de Zalla me preguntó cómo había conseguido las rejillas", cuenta sobre la locomotora Geco que acaba de terminar. La respuesta le dejó boquiabierto: "Cogiéndolas de los microondas que no se usan". Así, con ingenio, completa unos trenes que incluso pueden moverse "como mucho a cinco o seis kilómetros por hora impulsados por un motor del limpiaparabrisas". La capa de pintura con la que recubre las estructuras de madera o latón es igual a las que se aplican a los coches y como toque final también sienta en su puesto a un maquinista, muñeco, de estatura proporcional a la de los trenes.

Pepe nació en 1934 en Balmaseda y ha vivido toda su vida muy cerca de las vías del tren. Además, su cuñado era empleado del ferrocarril de La Robla. En sus frecuentes visitas empezó su fascinación por las máquinas. "Aunque me hice ebanista, ese gusanillo nunca desapareció", dice. Una vez jubilado, encontró el tiempo y las ganas para dedicarse plenamente a lo que realmente le gustaba, y en 2005 finalizó su primera pieza: una locomotora de madera.

A sus muy bien llevados 78 años, conserva el rigor que le ha llevado a almacenar fotografías y documentación de trenes que le sirven de referencia cuando se pone manos a la obra. "Tengo información de modelos ingleses, belgas, suizos o americanos. Todas mis piezas están hechas a partir de planos originales", asegura.

La familia, dos hijos y dos nietas, ya se ha acostumbrado a verle horas y horas moldeando sus piezas y asume que esta ocupación tiene mucha culpa de su vitalidad. "¡De algo tendrá que servir no pasarme todo el día sentado en el sofá! A mí siempre me ha gustado hacer cosas", proclama.

Pero no se limita en exclusiva a los trenes. Hace poco restauró el reloj que colgaba de la estación de Mataporquera y otro en el municipio de Cistierna. Allí, en Miranda de Ebro o Mioño le reciben con los brazos abiertos cada vez que se organiza un encuentro de amigos del ferrocarril. Si no fuera por el trabajo que todos ellos llevan a cabo, posiblemente se había perdido mucha información sobre la época dorada del ferrocarril. Aunque ellos se resisten a creer que la alta velocidad o la proliferación de las rutas aéreas condenen a los trenes al olvido.

Para impedir que eso suceda, entre otras razones, procuran reunirse con el objetivo de poner en común los trabajos que realizan o la información que reúnen al respecto. Los encuentros terminan con comidas de hermandad en las que no pueden faltar las putxeras ya asociadas para siempre a la historia y las tradiciones de Balmaseda. Pepe tiene muy presente la época en la que el plato de alubias era algo más que el protagonista de las fiestas patronales de San Severino.

También los días en los que el Seat 600 era el coche más popular. Él mismo ha restaurado un modelo fabricado en 1962 que compró en Santander. Es una auténtico artesano que cambia la cara a casi todos los objetos que llegan a sus manos. Ya pueden ser trenes, coches, motos o bicicletas. "Tengo varias motos que salieron al mercado en Eibar en la década de los cincuenta", relata.

en familia Una en especial ocupa ahora su tiempo libre. Se trata de una Lambretta que está restaurando con su hijo. Alternar la restauración con los trenes le ayuda a desconectar justo en el momento en que el trabajo empieza a saturarle. "Con los trenes hay que tener mucha paciencia para que cada pieza encaje en su sitio. Es una labor que requiere mucha atención y esfuerzo. Por eso, me viene bien cambiar de vez en cuando", confiesa. Ahora ha encontrado en su hijo al compañero de faena ideal. "¿Heredar mi afición? No lo sé, pero sí que a él se le da muy bien la mecánica", elogia orgulloso.

Bien podrían ambientarse con la melodía de un tocadiscos, recibir llamadas en un teléfono de más de 70 años que sigue funcionando a la perfección o calcular las horas según los toques de un reloj francés con más de un siglo de antigüedad. Pepe ha devuelto a la vida todos estos objetos rescatados de rastros y anticuarios o que han llegado a él a través de conocidos. "Hay quien los compra para venderlos y sacar ganancia, pero a mí me interesan otras cosas", defiende.

Eliminar el rastro del paso del tiempo o preservar la historia del ferrocarril tan enraizado en Enkarterri puede resultar más gratificante que la recompensa económica que obtendría por su venta. A pesar de que "todo esto me cuesta dinero". Sin embargo, continúa por amor al arte.