Se cumplen cuatro años desde que aquel 24 de febrero de 2022 el mundo despertara con una noticia que parecía imposible en la Europa del siglo XXI. Lo que para muchos comenzó como una huida precipitada con "dos bolsas" bajo el brazo y la esperanza de regresar "en dos semanas", se ha convertido hoy en un arraigo forzoso.

En las calles de Bilbao, la comunidad ucraniana ha dejado de ser una noticia de apertura para convertirse en parte del tejido vecinal. Sin embargo, tras las sonrisas de cortesía, la lucha por la estabilidad económica sigue siendo la verdadera guerra diaria.

Olena regenta el bar Lottus de Bilbao Jose Mari Martínez

Sabor a resistencia

En la calle Iparagirre de la capital vizcaina, el aroma a café recién hecho y el dulce de la repostería artesanal marcan la esencia del Bar Lottus. Para Yulia y Olena, este local no es solo un negocio. Aunque abrieron hace apenas un mes, ambas traen consigo la experiencia de la hostelería en Ucrania, donde regentaban una establecimiento centrado exclusivamente en café y postres. "Estamos muy contentas de poder trasladar esa experiencia que tenemos a un local exclusivamente nuestro", afirma Olena.

Su llegada a la villa no fue casual: la hija de Olena ya conocía la ciudad tras haber estudiado aquí en 2014, convirtiéndose en el ancla necesaria para su familia cuando estalló el conflicto. En la actualidad, el bar es un ejemplo de integración, aunque no exento de desafíos. Compiten pared con pared con grandes cadenas como Bértiz, una metáfora de la resistencia del pequeño comercio frente a los gigantes. Para ellas, trabajar es un imperativo moral: el Bar Lottus es el motor que les permite enviar ayuda económica a sus familiares en Ucrania.

Un muro de conciliación

A unos kilómetros de distancia, en Getxo, la realidad de Tatiana Melnynchenko ofrece el contrapunto amargo a la integración laboral. Periodista y psicóloga en Kiev, Tatiana se enfrenta a un muro invisible: el de ser madre de dos hijos en un país extranjero. Su situación se vuelve aún más crítica al ser cuidadora de una niña con autismo. En Ucrania, la falta de refugios preparados convertía las alarmas antiaéreas en una tortura para su hija por el miedo a los ruidos.

Tatiana Melnynchenko, refugiada ucraniana en Bizkaia Koldo Villanueva

Llevo esperando mucho a que termine la guerra para empezar mi vida de nuevo. Pero el tiempo se me echa encima y hay que empezar a vivir ahora

Tatiana Melnynchenko

"Es difícil porque casi no tengo tiempo", explica Tatiana sobre su búsqueda de empleo. A pesar de su alta formación y dominio de idiomas, las ofertas que recibe en Bilbao chocan con la realidad económica de una madre soltera: "Si tengo que dejar a los niños con una cuidadora, sale lo mismo que voy a recibir trabajando. No es rentable". Su testimonio visibiliza la vulnerabilidad de quienes se ven atrapadas entre la necesidad de trabajar y la responsabilidad de conciliar sin una red de apoyo familiar.

La "normalización" del horror

Ambas historias coinciden en un temor: el desgaste de la solidaridad internacional. A medida que otros conflictos ganan protagonismo, la situación en Ucrania parece desvanecerse de los titulares. "La gente se acostumbra a que es normal, pero vivir en este miedo es muy duro psicológicamente", relata Tatiana. Mientras en la tranquilidad de Getxo o Bilbao la vida sigue, en Kiev la normalidad es la oscuridad: "Durante 20 horas al día no hay luz ni nada".

Ataque ruso contra un edificio de viviendas en Ucrania. Europa Press

A pesar de todo, el agradecimiento hacia el pueblo vasco es unánime. Tatiana destaca el apoyo de instituciones como APNABI y el sistema de escolar local, donde la atención a la discapacidad de su hija ha superado sus expectativas. "Me gusta la gente, siempre abierta para cualquier duda. Mi hija no hubiese recibido la misma atención en un colegio de Kiev", afirma mientras explica que esta yendo a clases para sacar el nivel B2 de español.

Una ayuda fundamental

La soledad en la búsqueda de empleo que describe Tatiana encuentra su némesis en proyectos como EUSKRANIA - UkraniaSOS. Esta asociación de innovación social se ha consolidado en Bizkaia como un modelo de organización pionero, donde el empleo digno no es solo un objetivo, sino el eje central para la integración real de las personas refugiadas.

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Lo que hace única a esta plataforma es su ADN: el 100% de su equipo está formado por mujeres, combinando talento local con la experiencia de personas desplazadas por la guerra. Lejos de las estructuras empresariales rígidas que a menudo expulsan a madres solteras por falta de flexibilidad, EUSKRANIA funciona bajo un modelo horizontal y autogestionado, sin jerarquías tradicionales.