PARECE que fue ayer cuando Putin comenzó su ofensiva un 24 de febrero, alimentada previamente con amenazas crecientes mientras concentraba sus tropas a lo largo de la frontera de Ucrania. Han pasado cuatro años desde que se produjo la invasión rusa con la idea de que sería un paseo militar, lo que el propio Putin denominó “operación militar especial” bajo el pretexto de limpiar de nazis Ucrania; lo llamó así por el poco tiempo que pensaba iba a necesitar para apoderarse de todo el territorio ucraniano. 

Su megalomanía le inspiró que la invasión sería un paso -a los que seguiría otras invasiones, tal y como ha recordado hace tan solo unos días- para lograr la gran Rusia perdida y añorada. No es nada nuevo. Vladimir Putin siendo presidente de Rusia, ordenó en 1999 reiniciar las hostilidades contra Chechenia pese al tratado de paz que lo convirtió en la Segunda Guerra de Chechena imponiendo un gobierno ruso (mayo de 2000). Pero la resistencia continuó infligiendo bajas rusas en toda la región del Cáucaso Norte desafiando su control político hasta el 2009, con un genocidio incluido. Y parece que la invasión actual a Ucrania sigue el mismo patrón y va para largo. 

¿Hasta cuándo va a seguir el hostigamiento militar y civil? El sentido común dice que la guerra no terminará con declaraciones políticas y diplomáticas, sino cuando el agresor pierda la capacidad real de continuarla. Y el agresor Putin es un tipo necrófilo que solo sabe respirar en situaciones de violencia. Para él, cuatro años de guerra contra Ucrania es una etapa de madurez estratégica. Frente a esta postura, la diplomacia es fundamental, pero solo funciona cuando está respaldada por poder y capacidad de resistencia. Una paz sostenible solo es posible sobre la base del Derecho Internacional y la restauración territorial de Ucrania para evitar nuevos zarpazos. Y junto a lo anterior, la disuasión comprometida de los países democráticos unidos frente a Putin, utilizando sin ambages el desgaste económico y el apoyo decidido al invadido hasta lograr la disuasión. Un proceso de paz rápido es, por tanto, una quimera, y sin embargo la amenaza para Europa es cada vez mayor si no reacciona.

Lo cierto es que, frente a los ataques constantes, Ucrania ha mantenido su capacidad funcional e institucional. ¿Qué está ganando Putin y, sobre todo, qué beneficio tiene la población rusa con esta sangría? Porque el coste de interceptar ataques suele superar el coste del propio ataque. La cuestión ya no es solo quién tiene más armas, sino quién puede permitirse sostener la guerra durante más tiempo; en este contexto, Europa se juega mucho dependiendo del giro que tome la invasión de Ucrania en los próximos meses. 

Rusia se adapta gracias a su dictadura, mientras que Ucrania no puede competir de forma simétrica. Ucrania no puede ganar si no cambia la realidad actual, pero Rusia tampoco puede ganar. Rusia ha fracasado en los objetivos que se marcó, pues acumula un millón de bajas entre muertos, desaparecidos y heridos graves, su economía está exhausta, y apenas ha logrado mover 60 kilómetros las líneas del frente en el Donetsk. Nada justifica que el conflicto siga adelante excepto la obstinación de Putin. Esta guerra invasiva ya dura más de lo que se prolongó la participación soviética en la II Guerra Mundial. Leo que sus bajas duplican a las ucranianas en combate, el gasto en Defensa se lleva el 8% del PIB, con lo que supone de inflación y dificultades para conseguir alimentos básicos. 

Putin ya era una amenaza para Europa antes, pero en estos cuatro años ha demostrado que su imperialismo tiene como límites la Gran Rusia que significa comerse parte de Europa. Y Ucrania es el ejemplo devastador de que la UE debe implicarse a fondo si no quiere hacerlo a rastras. Aun así, la Unión Europea sigue sin encontrar un encaje claro en el proceso de negociación acaparado por Estados Unidos, y con sensación de cierto vasallaje hacia Trump. Es necesario estar, hablar y presionar a Rusia. Al fin y al cabo, todos somos Europa, pero ni siquiera en esto hay consenso. Reino Unido es quizá el país que tiene una línea más dura contra Rusia. Se centra en continuar con el apoyo militar y político y aumentar la presión económica sobre el país invasor. Considera que Moscú no está negociando de buena fe. Esta opinión es algo que todos vemos con claridad… pero los intereses mezquinos a corto plazo de algunos países europeos hacen que la aparente prudencia sea una cobardía que Putin aprovecha, y de que manera. Espero que pronto no siga siendo un suma y sigue…