Las mujeres que siguen dando vida al Mercado de Aldeanas de Portugalete
Maribel, Edurne, Silvia, Zina, Eli y Julene mantienen vivo el legado de esta plaza comercial histórica en la localidad y son rostros conocidos entre los vecinos
Cada jueves y sábado si uno se acerca a este mercado conocido por todos en la localidad podrá ver a estas mujeres que no solo comparten espacio, sino una filosofía de vida donde su razón de ser nace de la misma tierra y de manera artesanal. El ejemplo vivo de nombres de mujer que no pueden estar más orgullosas de lo que hacen con el mundo rural como escenario.
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De la ingeniería a los cultivos ecológicos
Como ingeniera, Edurne Generoso había aprendido a resolver problemas, a buscar soluciones en un mundo que se movía rápido y que apenas dejaba espacio para respirar. Durante años creyó que su camino estaba allí, entre planos, reuniones y oficinas de cristal. Pero la vida, a veces, tiene formas inesperadas de abrir ventanas en escenarios completamente distintos y que con el tiempo se convertirían, más que en un trabajo, en una forma y un estilo de vida.
Cuando conoció a su pareja Joseba, ella poco a poco le fue ayudando con un pequeño terreno que tenían donde hacían una producción ecológica de verduras y hortalizas. Llegó la pandemia y con ella varios cambios en su anterior trabajo que le llevaron a tomar la decisión, totalmente acertada como ella dice, de tomar camino por el mundo del campo y dar vida a Aritzikerreta.
Y es que la idea de pasar sus días frente a una pantalla empezó a pesarle como nunca antes. “Ahora tengo toda la libertad del mundo”, comenta Edurne con esa nueva vida en Gatika, dedicándose a la producción de verduras ecológicas y que cada jueves y sábado vende con una sonrisa en uno de los puestos del Mercado de Aldeanas de Portugalete. Toda una seña de identidad de la localidad y que esta joven espera que no se pierda nunca por lo que representa para ellas, la mayoría mujeres vendedoras, y por los clientes fieles que no fallan ni una semana.
Zuriñe, años dedicada por completo a sus cabras
Pero, ese cambio profundo, no solo se quedó en sus lechugas, berzas, calabazas o zanahorias, sino que Edurne empezó a cultivar también flores con la firme convicción de que en “Bizkaia también se pueden cultivar flores, incluso variedades tan especiales como la siempreviva, esa que resiste, que perdura, que simboliza lo que no se marchita”.
Como ella misma recuerda no es florista, pero sí floricultora que poco a poco va a dando forma a ramos delicados y coloridos que ella misma prepara con mimo para vender más tarde cada semana en este puesto.
Hoy Edurne vive sin prisas, sin horarios impuestos, sin techos que limiten su imaginación. Ama la libertad que le da su trabajo, esa sensación de que cada día puede crear algo nuevo, acompañando a la naturaleza en su ciclo perfecto. Y lo afirma sin dudar: no volvería a estar encerrada en una oficina.
Toda una vida ligada a las manzanas
Esta mujer está a punto de cerrar un capítulo que ha llenado toda su vida de sentido. El año que viene llegará su jubilación, y con ella el final de décadas dedicadas al campo, a la tierra, y sobre todo, a las manzanas.
Durante casi toda su vida, y junto a su marido, ha trabajado en una finca que tienen en Gatika que para muchos puede ser solo un trozo de tierra, pero que para ellos ha sido siempre un hogar, una fuente de vida y de sustento. De esas manzanas crecieron sus días, sus recuerdos y el trabajo honrado que les permitió salir adelante.
No se conformaron solo con cultivarlas: aprendieron a sacar lo mejor de cada fruto. De sus manos nacieron membrillos intensos y dulces, sidra hecha con paciencia y cariño. Todo en un trabajo que empezaba antes del amanecer y terminaba cuando ya no quedaba luz, pero que les regalaba la satisfacción de vivir de su propio esfuerzo.
Sin embargo, Maribel sabe bien que no todo ha sido idílico. Dedicarse al campo significa enfrentarse a la dureza del clima, a las madrugadas frías, a los días interminables bajo el sol y, sobre todo, a esas jornadas de lluvia en las que había que cargar cajas empapadas, llevarlo todo al mercado (donde lleva 25 años), descargarlo, venderlo, secarlo, volver a guardarlo… Una rutina que muchos no imaginan, pero que ella ha vivido sin quejarse.
Ahora, cuando piensa en su jubilación desde su puesto en el Mercado de Aldeanas de Portugalete, lo hace con una mezcla de nostalgia y alivio, porque ha llegado el momento de descansar, de disfrutar de un ritmo más pausado, de mirar el huerto sin la prisa del trabajo y simplemente recordar todo lo que ha sido su vida ligada a unas manzanas que le han dado sentido a la misma.
El ritmo propio y natural de los cultivos de Sonia
Maribel se va orgullosa y tranquila de cada manzana recolectada, de cada bote de membrillo preparado, de cada botella de sidra... Ha sido feliz, profundamente feliz, dedicando su vida a aquello que ama. Y aunque este ciclo termina, sabe que esa tierra repleta de manzanos siempre llevará un pedacito de ella.
Hierbas medicinales sin secretos
Silvia Pineda nació en Cataluña, pero hace ya quince años que su vida dio un giro inesperado al trasladarse a Euskadi. Lo que en principio parecía solo un cambio de paisaje acabó convirtiéndose en un cambio casi de vida y de profesión. Durante gran parte de su vida fue profesora de educación física, una profesión que le encantaba por su vínculo con el movimiento, la salud y las personas. Sin embargo, a veces las raíces tienen una forma misteriosa de llamarnos, incluso cuando creemos haber tomado un camino distinto.
En su familia, generación tras generación, las hierbas medicinales habían sido un tesoro silencioso, un legado cuidado con respeto y sabiduría. Su bisabuela, su abuela y algo su madre ya conocían los secretos que esconden las plantas: su aroma, su fuerza, su capacidad para aliviar y sanar.
Silvia siempre había escuchado esas historias con cariño, pero no fue hasta que llegó a Euskadi, a un ritmo más lento y más verde, cuando sintió que era el momento de retomarlo y dar vida a su propio proyecto en Zeanuri, donde encontró el entorno perfecto para ello. Allí vive y cultiva sus propias hierbas con mimo, observando cada brote con cariño.
No vende al público desde su taller, pero su presencia se ha hecho habitual en los mercados y ferias de Euskadi, donde quienes la encuentran descubren algo más que productos: descubren una filosofía de vida.
Su proyecto se llama Marieta, que en catalán significa mariquita, un pequeño guiño a su origen y a la delicadeza con la que trabaja. Todo lo que ofrece es ecológico, natural y elaborado a mano. Silvia mezcla, experimenta, prueba, corrige y vuelve a intentar; trabaja con cada planta buscando siempre la combinación perfecta para cada necesidad.
Hace poco incorporó también tés a su catálogo, además de tener cosmética natural y productos para mascotas, ampliando aún más ese universo de bienestar que está construyendo poco a poco. Y es que para ella, una infusión es “un sorbo de salud” y su trabajo combina tradición y experimentación, paciencia y pasión; una pasión que le viene de familia.
Desde Moldavia a un caserío en Kortezubi
Zina Ras llegó a Euskadi hace ya veinte años acompañada por su marido, con quien compartía no solo la vida, sino también una profunda conexión con la tierra. Procedentes de Moldavia, un país agrícola por excelencia, ambos habían crecido entre cultivos y campo. Allí aprendieron que la tierra da, pero exige, y que cada cosecha es un pequeño milagro que llega después de esfuerzo.
Cuando se instalaron aquí, no tardaron en sentir que podían seguir con esa tradición que tanto los unía. Euskadi les ofrecía un paisaje diferente, pero igualmente fértil y lleno de oportunidades. Tras algunos años de trabajo incansable y mucha ilusión, lograron comprar un caserío en Kortezubi junto a un buen terreno. Fue un paso importante, casi simbólico: un nuevo hogar donde continuar la herencia agrícola de sus familias, donde arraigar su futuro y el de sus hijos.
Desde entonces, Zina y su marido han trabajado la tierra con la misma dedicación que lo hacían en su país. En su terreno crecen tomates jugosos, lechugas frescas, cebollas aromáticas, legumbres que recuerdan a las de su infancia… e incluso ahora se atreven con kiwis, un cultivo que al principio les imponía respeto, pero que han logrado sacar adelante con paciencia y aprendizaje.
Se sienten cómodos, integrados y agradecidos. Kortezubi es su hogar tanto como lo fue su pueblo natal y en el mercado de Portugalete, donde se estrenaron hace dos meses, son ya una presencia querida y habitual. La gente reconoce su trabajo, la calidad de sus productos y la cercanía con la que atienden.
Sabe cómo hacer los mejores postres: cariño
Eli Teruel llegó a la empresa familiar Mañeko de Mallabia casi por casualidad, aunque ahora reconoce que fue una de las mejores decisiones de su vida. Durante años se dedicó a la peluquería canina, un oficio que también le gustaba, pero nunca imaginó que su corazón acabaría encontrando su lugar entre dulces, panes, harinas y ese inconfundible olor a horno que despierta a cualquiera desde las primeras horas de la mañana.
Hace ya cuatro años que comenzó esta aventura, y desde entonces cada día se siente más parte de esta pequeña gran familia.
Hoy, Eli es cómplice de los sabores que enamoran a quienes se acercan a su puesto en el mercado de Portugalete. Muchos clientes le preguntan cuál es el secreto de esos panes que huelen a hogar o de esas tartas que recuerdan a las de antes, pero ella sonríe y guarda silencio. No piensa desvelar la receta exacta, pero sí confiesa un pequeño ingrediente que lo cambia todo: el cariño.
La estela familiar que ella misma mantiene
Julene Urkiaga vive uno de los momentos más intensos y bonitos de su vida. Hace apenas unos meses que se convirtió en madre, y esa pequeña es el broche de oro a una historia de amor que marcó un antes y un después en sus decisiones vitales y profesionales. Durante años trabajó como comercial en una gran multinacional, pero su pareja llevaba tiempo dedicado a la producción ecológica.
Julene había observado siempre su trabajo con admiración, aunque desde la distancia; hasta que un día dio el paso: dejó la multinacional y decidió apostar por una vida más conectada a la tierra.
Hoy se dedica al 100% a la producción ecológica de verduras y hortalizas. Hay días en los que la carga física pesa más de lo esperado y también está la soledad de los invernadero. Pero a pesar de todo, siente que ha encontrado algo que va más allá del cansancio: un sentido profundo que se transforma en cercanía con sus clientes cada vez que lleva sus productos al mercado.
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