UNO ve a María Guadalupe Criado, a punto de cumplir los 90, tiesa como una vela, y jamás pensaría que se ha caído “de todas las maneras”. “Una vez, a cuerpo muerto, pumba. Dije: ay, la nariz, qué chorro de sangre, y de la barbilla no me di ni cuenta. Digo yo que perdería un poco la cabeza”. Lo suyo no es un hecho aislado. Según datos del Departamento de Salud del Gobierno vasco, la mitad de las personas mayores de 64 años, la mayoría mujeres, sufre una o más caídas al año dentro de su domicilio o en las inmediaciones. Una realidad que en la residencia Kirikiño, de Bilbao, se han propuesto combatir con un circuito de obstáculos en el que los mayores se entrenan para no darse de bruces con el suelo. “Se nos ocurrió ponerlo en marcha a raíz del miedo que cogió una usuaria del centro de día tras caerse tres veces el invierno pasado. No es la solución definitiva, pero sí una ayuda para que vayan más seguros y tranquilos”, explica María López, rehabilitadora que imparte este taller.
A María Guadalupe la traen por la calle de la amargura los bordillos. “Aunque intento no hacerlo, todavía arrastro un poco los pies”, reconoce. No obstante, supera sin problemas la hilera de barreras dispuestas en el suelo y apenas se le escapa algún pie del sendero confeccionado con unos hexágonos. Son tan solo algunos de los ejercicios con los que aprenden a superar escalones o a dar zancadas más largas. “Paso largo, no se puede pisar el aro, que da calambre. Vamos, campeones”, les anima María. “Esas manos”, le llama la atención a Juana de la Vega, una usuaria del centro de día que tiende a cruzar los brazos sin darse cuenta. “Si los tienes libres y te tropiezas, te puedes apoyar”, explica esta octogenaria, que una vez se cayó en el pasillo de su casa. “Tuve una racha que estaba muy mareada. Me asusté porque estaba en la cama, me levanté al baño, me caí y no me podía levantar”, relata y reconoce que le ha quedado el “miedo” justo para caminar siempre con precaución. “Si tengo que cruzar un paso de cebra, espero a que no venga ningún coche para pasar. Me aseguro. Procuro no andar a lo loco”, dice.
Árboles, farolas, charcos, coches aparcados muy juntos que apenas dejan sitio para pasar, viandantes acelerados... Para las personas mayores las ciudades son una carrera de obstáculos. Los pueblos, dice María Guadalupe, tampoco se quedan atrás. “Aquí un hoyo, ahí un alto, allí un bajo... Yo en el mío me he caído muchas veces y me he hecho alguna torcedura, pero ibas al curandero, te daba un retortijón y listo”, rememora esta residente, que sale “a pasear por aquí cerca o para ir a misa” y los fines de semana va desde el centro, en Santutxu, hasta su casa, en Begoña, andando con su bastón. También se apoya en una cachava Santos Medina, que a sus 87 años camina haciendo eses entre una fila de conos sin darse un traspié. Hace un año, sin embargo, al bajar una acera, su bastón resbaló y se cayó al suelo. “No me hice nada, pero a los tres meses me empezó a doler la cadera. Digo yo que sería de eso”, especula este residente, que desde entonces camina “con más cuidado”. Santos aparca por un momento su cachava para recoger la pelota que le pasa María Guadalupe, de espaldas, ahora por la derecha, luego por la izquierda e incluso por encima de su cabeza. “Les cuesta mucho girarse. De repente, les llama alguien y, al volverse, se tambalean y se van hacia atrás. Trabajamos mucho la estabilidad”, explica María, que ahora les lanza el balón dando un bote a unos y a otros para ejercitar sus reflejos. Ningún ejercicio es casual.
Terminado el entrenamiento -“un aplauso, chicos, muy bien hecho”, les felicita María- Santos busca asiento. “Acabo un poquitín cansado”, confiesa. El esfuerzo, afirma María Guadalupe, merece la pena. “El primer día que hice punto, me dolían los brazos, el cuello... Ahora todos los días hago un rato y no me duele nada. La gimnasia viene bien para todo”, asegura.
La mayor parte de las caídas que atiende la DYA son de gente mayor. “Está habiendo bastantes avisos nocturnos de usuarios de medallas. En la vía pública también”, afirma Lourdes Landa, enfermera de esta entidad. El Departamento de Salud del Gobierno vasco, que también organiza talleres preventivos, lo corrobora. De hecho, según sus datos, las caídas suponen el 92% de los accidentes que sufren la mitad de la personas mayores de 64 años a lo largo del año en la CAV. Como consecuencia de las mismas, precisan, “13.500 personas son atendidas en los servicios de urgencia, tanto en centros de salud como en hospitales, y 4.500 requieren ingreso”.
Lejos de practicar deportes de riesgo, los mayores se caen realizando actividades cotidianas, como asearse, preparar la comida, limpiar la casa o desplazarse dentro y fuera del hogar. En la calle, explica Lourdes, terminan en el suelo al tropezarse con “bordillos o escalones que no son muy altos y se ven menos” o patinarse con las hojas, las alcantarillas o los pasos de cebra en días de lluvia. En casa, el principal enemigo son “las alfombras que patinan o son muy gruesas” o los resbalones al levantarse “porque en invierno a veces se duerme con calcetines”. En los partes lo que más figuran son ”golpes en la cabeza, heridas en la cara y rasponazos en manos y rodillas” y su máxima preocupación es, dice Lourdes, no asustar a la familia. “¿Pero necesita la herida puntos? No quiero ir al hospital porque mi hijo está en el trabajo y le voy a asustar”. Comentan eso, dice, y “que ya estoy mayor, hay que ver qué torpe, ya no debería salir de casa”.