Se busca compañía para sudar 10.000 camisetas contra el cáncer de mama en Bilbao
La asociación vizcaina celebrará el día 25 una carrera solidaria en Bilbao Tres afectadas piden sensibilidad a los médicos y mayor comprensión a la sociedad porque ya no son las de antes
Bilbao - Habrán perdido cabellos y algunas energías, pero ni un ápice de brillo en sus esperanzadoras sonrisas. Begoña Jiménez, Ana Cabezas y Julia Blanco abogan por la mente positiva para luchar contra el cáncer de mama, pero sin ocultar que la quimio es dura, conservar el trabajo toda una suerte y los nervios, inevitables cuando toca revisión. Corredoras de fondo, en su particular maratón para vencer la enfermedad, estas y otras mujeres echan de menos una mayor sensibilidad por parte de algunos médicos y más comprensión de la sociedad. “Nos están vendiendo tanto la imagen de que te recuperas y estás estupenda que yo creo que se espera demasiado de nosotras. Es verdad que estamos muy bien, pero te quedan unos efectos secundarios y no estás al cien por cien. La gente espera que volvamos a ser las de antes y muchas veces les cuesta entenderlo”, explica Begoña, una de las afectadas.
“Estás de bajón, pero piensas: vamos a pelear”
En la sede de la Asociación de cáncer de mama de Bizkaia, Acambi, trabajaban este miércoles a destajo doblando y embolsando camisetas. No en vano tienen 10.000 y apenas queda una semana para buscar quien las sude, previa aportación de 5 euros, durante la segunda carrera solidaria que celebrarán en Bilbao con la colaboración de DEIA. “Lo hacemos todo nosotras, en vez de encargárselo a una empresa, para que vaya todo a investigación”, aclara Julia, la presidenta. De hecho, Begoña tenía prisa porque esa tarde le tocaba despachar las prendas en El Corte Inglés de la calle Ercilla. El día anterior habían vendido 900.
Rodeadas de cajas de cartón, envueltas en el rosa fucsia de las camisetas, estas tres mujeres comparten su historia por si les pudiera servir de algo a las cerca de 680 que reciben anualmente el jarro de agua fría en Bizkaia. Comienza Begoña, una vecina de Portugalete de 51 años a la que le diagnosticaron el cáncer de mama hace tres. Tenía una pequeña hendidura en el pecho, a la que no le dio mucha importancia, pero le hicieron las pruebas y “se descubrió el pastel”. De natural optimista, acudió a la primera mamografía “más feliz que una perdiz”. Pero enseguida se le borró la sonrisa. “Entre que me hicieron la biopsia y me dieron los resultados bajé cinco kilos. Sin embargo, cuando me lo reafirmaron, fue casi como un relax porque es mucho peor la espera. Estás mal, muy de bajón -es una cosa que, quieras que no, da mucho miedo todavía-, pero piensas: bueno, hay que hacerlo, pues para adelante, vamos a pelear”, anima.
Del quirófano salió con un cuadrante de pecho menos, algo que le costó más de un año asimilar. “He tardado en poder mirarme a gusto, pero hoy por hoy voy a la piscina, me ducho con todo el mundo y no me tapo. No he cometido ningún delito y no tengo que esconderme”, afirma Begoña. Tras ser intervenida, unas manchas en una prueba la devolvieron a la angustiosa casilla de salida. “Hasta que descartan que es una metástasis, es otro bajón”, confiesa.
La quimio -“no vamos a mentir”, subraya- “es dura, pero sabes que te va a beneficiar y que se va a pasar”. Apenas había levantado cabeza cuando la radioterapia la volvió a dejar baldada. “La radio da mucho cansancio, pero a mí nadie me avisó. Entonces, te vuelves a preocupar: ¡jo, si me estaba recuperando y ahora otra vez este bajón!”, recuerda Begoña, quien pide a los médicos que “expliquen lo que te va a pasar y cómo te puedes sentir para que tú vayas ya con ello afrontado”.
Superadas las 35 sesiones de radio, aún le quedaban otras 18 de tratamiento intravenoso con un anticuerpo para su tipo de tumor, “más metastásico que otros”. Y las revisiones. Y la pastillita, “el tamoxifeno famoso”, detalla. De todos los efectos secundarios, el que más le está costando encajar es la merma de energías. “El tratamiento me ha afectado a los huesos. Puedo hacer una vida normal, pero relajada y yo nunca he sido una persona relajada, pero lo llevo con alegría”, remata y lo suscribe con una sonrisa.
Despedida de su trabajo a raíz de su enfermedad -“al empresario por improductividad la ley se lo permite”-, Begoña corrobora que lo malo también deja buen sabor de boca. “Aprendes a valorar muchas cosas, a no ir corriendo por la vida y disfrutar más de la familia”. La suya se ha volcado. “Mis hijos tenían 22 y 23 años y me siento orgullosa de cómo lo han llevado, igual que mi marido”. También le recarga las pilas el respaldo de la sociedad. “Nos estamos dando una paliza con las camisetas, pero cuando llevas vendidas no sé cuántas mil y ves que la gente te apoya, es muy gratificante”, afirma.
“Ahora valoro hasta tomar un simple café”
Lo de Ana fue una mala racha con mayúsculas. Se quedó en el paro, a su madre le diagnosticaron una depresión y, al poco, a ella un cáncer de mama. “Mi primera reacción cuando me lo dijeron fue: ¿Cómo se lo cuento a mamá? Que ella estuviera mal me hizo sacar unas fuerzas que ni yo conocía. He estado muy positiva desde el principio, que es fundamental, aunque no es fácil”, cuenta esta bilbaina de 45 años, que se descubrió un bultito en el pecho en una autoexploración. “Me dijeron que parecía que no era nada, pero, al hacerme la biopsia, se vio que había un cáncer”, relata. Entró a quirófano en enero del año pasado y en agosto finalizó el tratamiento de quimio y radio. “Me quitaron un trozo de mama y seis ganglios de la axila, con lo cual el brazo me ha quedado un poco afectado. También me canso más que antes”, reconoce Ana, que no pudo evitar derramar “cuatro lágrimas” cuando le raparon la cabeza en la peluquería. “Verte sin pelo de repente es un poco fuerte. Te miras en el espejo y te refleja la enfermedad”, explica ahora que se pinta las cejas sin darle más vueltas.
El cáncer también le ha hecho a Ana ver la vida de otra manera. “Mi lema desde entonces es carpe diem, no mirar los meses venideros y apoyarte en la familia y amigos. Nunca he sido superficial, pero ahora valoro hasta tomar un simple café con alguien”, se sincera Ana, que se ha sentido “muy querida y apoyada”. Partidaria de enseñar a las adolescentes a autoexplorarse “porque un diagnóstico precoz es vital”, Ana reclama algo más de información de los médicos y aconseja a las mujeres buscar a otra que haya pasado por ello “porque ayuda mucho ver a alguien que lo ha superado”.
“Falta sensibilidad en los médicos”
A sus 66 años, con dos operaciones por cáncer de mama en su historial, Julia desprende vitalidad por los cuatro costados. Atrás queda el día en que, tras detectarle “unas glándulas mamarias raras” en la revisión de los 50 años, le comunicaron el diagnóstico. “Me puse a llorar. Me tocó con un médico majo, que me dijo: Llora lo que quieras. Si me lo llegan a decir a mí, también me habría puesto a llorar”, recuerda. Apenas seis meses después de la quimio y la radio, le detectaron un bulto. “Era una metástasis. La primera vez me quitaron un cuadrante. La segunda, el pecho”, resume la presidenta de Acambi, que reivindica las mamografías a los 45 años, y que perdió su empleo tras la segunda intervención. “Hay quien va a trabajar antes de terminar el tratamiento por miedo a quedarse en el paro”, atestigua.
Burgalesa, afincada desde hace 48 años en Bilbao, Julia no tenía a su familia cerca, por lo que fue arropada por la de unos amigos. Pasó de vivir sola a compartir techo con siete personas, lo que le aportó una inyección de alegría. “Con la quimio lo pasas mal, vomitas, pero eso se me va borrando y me quedo con lo bueno. Después de todo, lo recuerdo como una época bonita”, dice. Aunque Julia no quiso “saber mucho” durante el proceso para no “comerse el coco”, ha oído a otras mujeres “quejarse de que a veces no les dan suficiente información”. También, añade, “falta un poco de sensibilidad en los médicos” al anunciar el diagnóstico o responder las preguntas de las pacientes, que sufren “problemas respiratorios, de huesos e incluso de vista”. “La quimio te fastidia todo. A ver cuándo descubren algo que mate solo lo malo y deje lo bueno. Entonces será estupendo”, sueña en alto Julia.
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