Zalla

ACOSTUMBRADOS a convivir con edificios singulares, pocas veces se repara en los avatares que les contemplan. Las jornadas del patrimonio descubrieron este pasado fin de semana a un grupo de treinta personas el conjunto monumental del barrio de La Herrera, en Zalla. Construcciones de la Edad Media, el Barroco, Neoclásico y principios del siglo XX concentradas en un radio de 500 metros y desgraciadamente en algunos casos, en estado de ruina a pesar de su inmenso valor histórico y artístico. Allí se libraron batallas de las guerras banderizas medievales y vivieron personajes que llegarían a lo más alto en sus respectivas épocas.

Por ejemplo, la Torre Terreros, levantada en el siglo XV como punto defensivo, "está considerada el prototipo de estas construcciones", según explicó el guía, Iñaki Quevedo. Es una de las escasas que se mantienen en pie en Zalla, que llegó a contar con más de veinte casas torre. Pero fue deteriorándose a medida que la familia Terreros perdía influencia y hoy no queda prácticamente nada de su interior.

A pocos metros, florecía otro linaje que se estableció en La Herrera procedente de Sopuerta, el de los Urrutia. "En la zona de La Mella levantaron un palacio y una ermita funeraria enfrente, algo que no es nada habitual", desveló Quevedo. Nada se conserva del esplendor con el que vivieron en el siglo XVII. "Cuando se celebraban misas en la ermita, la familia las seguía desde su casa. Pero el arzobispado de Burgos las prohibió porque consideraban irrespetuoso que mientras tanto pasaran carros por la vía que separaba ambos lugares: el camino de la aduana de Balmaseda", narró. El interior de la ermita fue saqueado por completo. Solo se conserva el monumento funerario de Antonio de Urrutia y Salazar en el Museo de las Encartaciones y por las ventanas del palacio asoma solo la maleza.

Nadie diría que allí nació un ilustre retratado por Goya en un cuadro que se puede ver en el Museo del Prado. El militar e ingeniero José Urrutia y de las Casas vivió en el siglo XVIII, en pleno auge de la Ilustración. "Viajó muy joven a América y a él se debe la cartografía de muchísimos sitios como la Sierra Madre o Baja California. Además, fue condecorado por el mariscal Potemkin por su participación en la guerra ruso-turca ", describió Quevedo. Fue una de las muchas distinciones que recibió. La más curiosa, la de alcalde honorario de Balmaseda.

Otro vecino de La Herrera conseguiría el éxito a principios del siglo XX en este caso, en el sector industrial. Manuel Taramona construyó el cementerio del barrio -donde se trasladarían los restos mortales de Sabino Arana durante la Guerra Civil- y a él le deben su educación muchos niños del entorno. En 1923 se inauguraron las Escuelas de La Herrera, a las que siguieron acudiendo estudiantes hasta 1986. El edificio, diseñado por Ricardo Bastida costó 175.000 pesetas de la época y fue rehabilitado por alumnos de la quinta promoción de la escuela taller de Zalla entre 2002 y 2004.