Karrantza
Como un caserón de los que aparecen en las películas de miedo, se alza imponente en medio del Karpin Abentura de Karrantza. El palacio Don Urbano luce hoy un aspecto deteriorado fruto de los avatares que le ha tocado vivir, pero no siempre fue así. Coincidiendo con el centenario de su construcción, esta casa desvela sus secretos a quienes se acerquen al parque hasta el 15 de septiembre en visitas guiadas por su interior.
La historia del palacio arranca en realidad antes de 1911. Romualdo Chavarri, natural de Karrantza, emigró a Puerto Rico a mediados del siglo XIX y consiguió una fortuna con el negocio textil. Fue muy popular en el municipio por su labor benéfica. Colaboraba con la residencia, levantó la iglesia nueva de Biañez y logró que el ferrocarril pasara por el valle. Él aportaba los fondos para los proyectos. El encargado de materializarlos era su sobrino, Urbano Peña Chavarri, ingeniero de Altos Hornos de Vizcaya educado en Londres.
A la muerte de Romualdo sin hijos en 1899, repartió sus bienes entre sus 13 descendientes, entre ellos Urbano. Cuando contrajo matrimonio con Polonia, otra sobrina del indiano, recibieron en herencia la finca que alberga el Karpin, y decidieron levantar allí un palacio que no tuviera nada que envidiar a los de Bilbao y sus alrededores. Unos pocos datos dan idea del lujo que les rodeaba. "Pertenecían a la alta burguesía vizcaina. La casa tiene 32 habitaciones y 14 chimeneas, cada una con un diseño diferente", explica Iñigo Ulibarri, que guía a los visitantes por la planta noble todos los días a las 13.00, 15.00 y 16.00 horas.
La influencia inglesa se nota en otros detalles, como la separación de las zonas de estancia de los señores y el servicio y los materiales empleados en la construcción: madera y hierro para la escalera y en los balcones. "El balcón de hierro está unido con remaches, el mismo sistema que se utilizó en el puente Colgante y la torre Eiffel", detalla. Además, el forjado de las ventanas reproduce un mantón de manila, "quizás en homenaje de la industria textil de la que procedía la fortuna familiar".
vida despreocupada En Karran-tza, los Peña Chavarri llevaban una vida despreocupada. Paseaban a caballo por el extenso terreno de 19 hectáreas y jugaban a crícket en el jardín. A falta de piscina, se hicieron construir un lago artificial de tres metros de profundidad por el que navegaban en pequeñas embarcaciones.
La señora de la casa, Polonia, culta y adelantada a su tiempo, se mantenía en forma en un gimnasio que habilitó en el piso superior del palacio y tenía su propio estudio de pintura. Suyo es el retrato de la familia que presidía el salón principal, cuyo original se conserva en el Museo de las Encartaciones.
Tuvo dos hijos. La primogénita, Francisca, se quedó con la casa a la muerte de sus padres, ya que su hermano pequeño falleció en Inglaterra en extrañas circunstancias. "Se casó con un señor del Valle de Mena y mantuvieron su residencia de Karrantza, a pesar de que él discutía mucho con el capataz, " relata Iñigo Ulibarri.
niños de la guerra Entonces estalló la Guerra Civil. El palacio Don Urbano se transformó primero en lugar de acogida temporal para niños de la guerra que embarcaban en Laredo y Colindres rumbo a Rusia o, Francia y después en cuartel general de los republicanos. "Al caer Bilbao fueron replegándose en esta dirección. De hecho, la última reunión del gobierno del lehendakari Agirre en territorio vasco se celebró en Turtzioz", recuerda. Todavía se pueden leer las firmas de los soldados en la pared con la caligrafía de la época o los rótulos que indicaban la dirección de la enfermería y la administración.
Unos años después se precintó una habitación con papeles de periódico que permaneció cerrada durante décadas, dando lugar a todo tipo de leyendas. "Nadie sabía qué se guardaba dentro, ni siquiera los criados. Cuando se retiraron los papeles apareció un cuarto de baño, sin nada extraño. Los periódicos hablaban del primer embajador estadounidense en Tokio después de la Segunda Guerra Mundial y del presidente Eisenhower. Algunos recortes siguen en ese mismo lugar", cuenta. En la cocina de los sirvientes quedan los cables que vibraban cuando los dueños requerían su presencia. Un cuadro de mandos indicaba de qué habitación procedía la llamada.
A partir de los años cuarenta nada volvería a ser lo mismo. El palacio pasó a ser destino de veraneo de sus propietarios, que viajaban desde Madrid y utilizaban solo la planta baja. Mantenerlo les resultaba cada vez más costoso. José Mari Polo, nieto de Urbano Peña Chavarri, se negó a venderlo por los recuerdos familiares que encerraba. Pero sus hijos no pensaban lo mismo.
En 1994 se cerró la venta de la casa y la finca por 32 millones de pesetas, "una auténtica ganga". Un año después se inauguraba el parque Karpin Abentura, gestionado por la Mancomunidad de las Encartaciones. Desde entonces, se ha reparado el tejado, que había sufrido filtraciones de agua. Se habló de crear un museo de la evolución, proyecto que se ha desechado por falta de financiación. Tampoco hay fondos para llevar a cabo una restauración completa que devuelva el esplendor a este lugar.