Bilbao
A pesar de que nació un martes y trece y de que toda su vida ha estado ligada al número trece, Luis Ortiz Alfau siempre ha sido un hombre con suerte. Estuvo en la primera línea de fuego durante los tres largos años que duró la Guerra Civil española. Y salió vivo de la contienda. "Me hirieron en el puerto del Escudo en una refriega con los italianos, pero sin importancia", recuerda. Al ser del bando de los perdedores, le costó encontrar trabajo, pero aun así, la suerte hizo que fichara por la empresa Uralita, donde desarrolló toda su vida laboral como administrativo. Se jubiló a los 60 años, "una edad estupenda para hacer cosas". Sin hijos y con mucho tiempo libre, se entregó a una causa solidaria, a la vez que cuidaba a su mujer, enferma de Alzheimer. Entró en el Banco de Alimentos. Allí sigue. Todos los días acude puntual a las 07.30 horas y permanece hasta media mañana. Por las tardes, ocupa el tiempo ordenando papeles, trasteando por internet, "pero sin chatear", aclara, y acudiendo a alguna cita cultural. Tiene 93 años, sigue conduciendo y mantiene una actividad frenética. "Todo lo que tengo que hacer durante el día lo llevo apuntado en este papel", señala. Pertenece a una gran saga de artistas bilbainos. Él dice que ha sido "el más tonto de los hermanos y, a la vez, el más listo, porque he sabido aprovechar mis habilidades en circunstancias difíciles". Un Ortiz Alfau auténtico.
Luis tiene una forma muy peculiar de presentarse: "Hola, aquí tienes un amigo para lo que quieras". Es una presentación sincera. Así lo confirman quienes le conocen. En el boceto de la Historia de los hermanos Ortiz Alfau, que ha elaborado con su sobrino Luis, es definido como "un hombre bueno", Gerardo es el "poeta"; Ángel, el "hombre libro", y Rafael, el "acuarelista". Luis no quiso estudiar, pero cuando se dio cuenta de que era mejor el camino de los libros, ya era demasiado tarde. En julio de 1936, con veinte años, no tuvo más remedio que alistarse en el ejército leal al Gobierno democrático. Se presentó en las escuelas Múgica, en la calle Santamaría de Bilbao, y allí comenzó, en el batallón Capitán Casero, de Izquierda Republicana, su periplo por la geografía española con un fusil y una camisa caqui. Salió ileso de todas las batallas, que fueron muchas. "Estoy vivo por ser ordenado", dice. "Y por la suerte", reconoce.
Francia Después de combatir en Respaldiza, Trucios, Bizkargi y Bilbao, tuvo la suerte de coger un barco en Santander para huir a Francia. Y aunque desde allí fue conducido de nuevo a Barcelona, Luis fue nombrado sargento administrativo de un batallón creado por Indalecio Prieto para los vascos . "De la guerra", dice, "yo podría escribir cincuenta libros". No hace falta negarlo. Habla y habla sin parar gracias a una memoria prodigiosa, de las batallitas de una contienda que por poco le cuesta la vida. Una vida que también le cambió un 13 de abril de 1939 cuando fue enviado al campo de refugiados de Gurs, cerca de Olorón, en Francia, gracias a las gestiones que el Gobierno de Agirre en el exilio hizo para que todos los vascos que habían huido del franquismo pudieran ser reagrupados. Allí sólo permaneció seis meses, ya que tuvo la suerte de conocer a un matrimonio francés que le acogió en su casa. Así hasta que estalló la II Guerra Mundial y Luis decidió que era el momento de volver a Bilbao, donde había dejado a la novia de toda la vida y con la que años después se casaría.
"A mí me daban por muerto en casa, no tenían noticias mías desde que había empezado la guerra", recuerda. Por eso, nada más atravesar la frontera por Hendaia, le enviaron preso a la Universidad de Deusto, entonces habilitada como cárcel. También tuvo suerte allí. A pesar de ser un rojo, le enviaron de escribiente a un batallón de trabajos forzados que hacía carreteras en Miranda de Ebro, primero, y posteriormente, en Renteria. Acabada la guerra, le dijeron que tenía que hacer la mili. Así que se tiró otros tres años vestido de caqui. Por fin, en junio de 1943, volvía a ser un civil en la capital vizcaina. Le costó mucho encontrar trabajo. "Pasaba las pruebas en las empresas, pero luego no me daban el permiso de sindicatos que se decía entonces", recuerda. Al final tuvo que pagar 5.000 pesetas de la época para "sobornar a un falangista" para que le diera el imprescindible permiso oficial. Con ese papel entró a trabajar en Uralita hasta que 35 años después, en junio de 1977, se jubiló. "Tenía 60 años y ya estaba harto de trabajar". De trabajar en una oficina, se refiere. Porque Luis seguía teniendo ganas de mantener una actividad. Por eso, le dijo a su hermano Ángel, el hombre libro, escritor y periodista, fundador del periódico municipal Bilbao, que le buscará un "entretenimiento". "Me buscó un sitio para cuidar enfermos en una residencia, pero le dije que no porque bastante tenía yo con cuidar a mi esposa, que tenía Alzheimer".
Banco de alimentos La casualidad hizo que Luis conociera a una persona que trabajaba entonces en el Banco de Alimentos. "Me presenté allí, y uno me dijo que era demasiado mayor para mover cajas y palés. Pero minutos más tarde tuve suerte porque ví a un voluntario que había trabajado conmigo en Uralita. Como sabía que yo había sido administrativo, me ofreció trabajo ese mismo día". Desde aquel día comenzó a compaginar el Banco de Alimentos y el cuidado de su mujer, que falleció en julio del año pasado. "Yo he sido muy feliz con ella", dice con los ojos vidriosos. Se nota que Luis ha sido y es feliz en la vida, un Ortiz Alfau auténtico.