Fundido en un abrazo por el Puente Euskalduna y a los pies de La Catedral, el Aita Mari descansa desde el pasado miércoles en aguas bilbainas. Lo hace en un entorno muy distinto tras presenciar, una vez más, en su odisea de 58 días por el Mediterráneo central, una de las mayores expresiones de hostilidad y crueldad humanas.
El buque vuelve tras rescatar a 32 personas y asistir a otras 74 en situación crítica, y aprovecha su rutinaria parada por mantenimiento para recorrer durante el mes, además de la villa, las localidades de Bermeo (del 9 al 13 de mayo), Pasaia (del 14 al 18 de mayo) y Portugalete (del 21 al 25 de mayo).
Coincidiendo con el décimo aniversario de la ONG Salvamento Marítimo Humanitario (SMH), la embarcación esperaba este domingo comenzar las visitas y recibir al público vizcaino en sus entrañas con el fin de dar a conocer su historia. Sin embargo, un problema con el ajuste de la pasarela impidió el acceso, por lo que se trasladará a este lunes el inicio de las visitas en horario de mañana y tarde, en grupos de veinte personas, priorizando por la mañana a los grupos escolares.
La visita supone una rica experiencia para conocer tanto el navío como su mirada humanitaria. Nada más entrar, pese a su imponencia, lo que más impacta es el reducido espacio interior del buque. Así, la cubierta de popa supone el mayor espacio logístico de los rescates: una explanada rodeada de cuerdas de amarre y utensilios que sirve de cobijo para las personas rescatadas. Unos toldos protegen del sol y el suelo se convierte en la cama para quienes han puesto en riesgo su vida en el mar.
'Shock' del rescate
La tripulación, compuesta por tres rescatadores, un médico, una enfermera, un periodista, un cocinero, un capitán, dos oficiales y marineros, facilita ropa en todo momento. Según Iñigo Mijangos, actual capitán, en los primeros momentos las personas rescatadas sufren gran desconfianza y, en ocasiones, pueden tardar días en comunicar alguna necesidad o recurrir a enfermería. Para paliar estas situaciones, el equipo intenta generar espacios diferenciados en la embarcación, como un ligero toldo en la proa para mujeres y niños.
Otro de los pilares fundamentales para mejorar las condiciones del rescate es la cocina. El barco lleva grandes cantidades de comida como, arroz, verduras, carne halal o pescado congelado y cuenta con una depuradora de 150 litros a la hora, con capacidad para albergar hasta 15.000 litros. El agua y la comida no pueden faltar a la hora de salvar vidas.
"Violencia en las fronteras exteriores"
Pese a la tranquilidad que se respira estos días en el buque, la logística que acarrea una travesía como la reciente Misión 18 es abismal. La cabina de mando es ejemplo de ello, donde la tripulación realiza intensos turnos y guardias de cuatro horas. “Existen ayudas a la navegación, pero es necesario estar muy atento en todo momento. Un radar no siempre detecta una embarcación neumática, y eso conlleva un gran peligro”, detalla.
Con dos meses por delante para preparar la siguiente misión, el equipo de SMH y el Aita Mari vigilan con atención la brújula que les guiará hacia su próxima operación, mientras tratan de compartir lo vivido con la ciudadanía. En palabras de Mijangos: “Denunciamos la violencia en las fronteras exteriores”, afirma en relación con las políticas actuales y, en particular, con la implementación del decreto Piantedosi, que obliga al buque a regresar a puerto después de varios días de navegación, tras rescatar una sola patera.