La palabra suerte aparece con frecuencia cuando se habla de vivienda universitaria. Encontrar piso ya no depende solo del presupuesto, sino también del momento exacto, de la rapidez para responder y de llegar antes que el resto. El margen para comparar prácticamente ha desaparecido y la urgencia se ha convertido en una norma.
La experiencia acumulada también marca diferencias. Iñaki Otegi, de Irun, está en la recta final de Ingeniería Civil en la EHU y observa con perspectiva la evolución del mercado. En su caso, el alquiler ha pasado de 1.000 a 1.080 euros por tres habitaciones, una subida muy leve dentro de una tendencia generalmente alcista. Encontró el piso gracias a contactos de la residencia bilbaina de Blas de Otero y, cuando uno de los compañeros se marchó, recurrieron a un cartel en la universidad para cubrir la vacante.
Los erasmus, más caro
Para los estudiantes internacionales, la experiencia añade otra capa de complejidad. Llegan sin una red previa de contactos, sin referencias y con menos margen para reaccionar ante un mercado que exige respuestas rápidas. Max Stihl, procedente de Friburgo (Alemania), y Amelia Stalther, de Tampere (Finlandia), cursan su estancia en la urbe con una integración total en el campus de San Mamés. Sin embargo, la búsqueda de vivienda no ha sido sencilla. “Quería un piso normal, no algo pensado solo para Erasmus, pero fue imposible”, explica Max, que paga 440 euros por una habitación en Santutxu.
Aun así, la experiencia en la villa compensa las dificultades. Paseos por la ría, escapadas a la costa o la propia vida universitaria forman parte de un día a día que, para muchos, sigue mereciendo la pena. Solo falta la llave que les abra la puerta