La trabajada victoria cosechada el pasado domingo en Fontajau sirve para que el Surne Bilbao devuelva las aguas a su cauce después de que estas se hubiesen enturbiado algo en los últimos tiempos, más desde el punto de vista de las sensaciones que en lo clasificatorio. Después de un arranque de Liga Endesa en el que los acontecimientos marchaban dentro de los previsible, la acumulación de partidos sin ganar fuera de casa pese a rozar el éxito en un par de ocasiones -la última un par de semanas atrás con Justin Jaworski fallando el tiro del triunfo en Lugo-, el hecho de perder la imbatibilidad en Miribilla aunque fuera contra un rival de la nobleza baloncestística continental como el Barça y, sobre todo, el durísimo sopapo en casa contra el Valencia Basket solo 48 horas antes condensaban tres golpes seguidos en su línea de flotación.

En esas circunstancias, sin profundos agobios pero sí con cierto grado de necesidad de voltear su dinámica, visitaban los hombres de negro a un Bàsquet Girona al que nunca habían derrotado a domicilio y tras un duelo de notable igualdad, con los locales casi siempre al mando de las operaciones y los de Jaume Ponsarnau resistiendo a su rebufo, parecía que el guion iba a ser similar al de un buen puñado de sus últimos compromisos lejos de Miribilla.

Dificultades

El 82-72 a seis minutos del final amenazó con marcar el fin de su pulso competitivo, más aún cuando poco después Darrun Hilliard, su pieza más destacada en ataque, caía eliminado tras cometer su quinta personal, con su sustituto natural, Stefan Lazarevic, fuera de juego desde los compases finales del tercer acto por problemas en su rodilla.

Quinteto pequeño

Pero el conjunto vizcaino decidió luchar en unas circunstancias en las que el peso de los últimos acontecimientos negativos podía minar su ánimo y confianza e invitarle a caer en la tentación de rendirse. Demostró una personalidad y una entereza que le llevó a voltear la situación y a domar a un conjunto rival que hasta ese momento se mostraba desbocado, jugando completamente a favor de obra, gustándose en ataque. Con un quinteto pequeño compuesto por Harald Frey, Melwin Pantzar, Justin Jaworski, Martin Krampelj y Tryggvi Hlinason, el equipo que caminaba sobre el alambre con serio riesgo de desplome no solo anotó 21 puntos en esos seis minutos finales, sino que limitó al fogoso grupo humano de Moncho Fernández a siete, con solo dos canastas en juego. 

Harald Frey dirige un ataque. ACB Photo/S. Gerones

El Surne Bilbao, que en bastantes choques a domicilio en las últimas campañas había experimentado la amarga sensación de ver cómo la victoria se le escurría entre los dedos, ejerció esta vez de aguafiestas para un Bàsquet Girona que prácticamente saboreaba el éxito. De cazado a cazador. De ser tildado en otras ocasiones de blando en esos momentos de máxima exigencia a ejercer de depredador sin piedad alguna cuando las circunstancias le eran mas adversas.

Acierto

En esos seis minutos, la retaguardia bilbaina llevó al descarrilamiento a los catalanes, que perdieron tres balones, solo anotaron canastas en juego a partir de dos acciones individuales de Vildoza y Livingston y cayeron en el abuso del triple, con solo un acierto en seis lanzamientos. Por contra, los visitantes anotaron los nueve tiros libres que lanzaron, enchufaron dos de los cuatro triples que intentaron y todas sus canastas llegaron tras asistencia, con un excelente juego coral y movimiento de bola que tuvo como colofón las dos últimas canastas en las que Krampelj y Hlinason se repartieron la distribución y la ejecución con una conexión entre interiores magnífica.

Con esta victoria, de las que se denominan de carácter, el Surne Bilbao corrige su rumbo, cura la herida de lo acontecido solo dos días antes en Miribilla contra el Valencia Basket y pone a cero ese cansino contador de días sin éxitos a domicilio que había llegado hasta los 372.