bilbao. Lleva el Bilbao Basket varios partidos jugando con fuego, fiando su suerte a ejercicios sobre el alambre en los compases finales, y el parte médico final está siendo, desgraciadamente, calcado: ingreso en la unidad de quemados con el gotero administrando el amargo sabor de la derrota. Llevan los hombres de negro varios encuentros en los que no acaban de encontrar el rumbo, como si una espesa niebla difuminara su horizonte, bloqueara sus piernas y confundiera su mente. Probablemente, todo se deba a cierta falta de frescura, física y mental, a un bajo momento de juego, forma y sensaciones, pues poco queda de aquel equipo rumboso y lleno de filo de hace semanas, de aquel conjunto que elevaba el listón de la intensidad hasta ahogar al adversario, de aquel grupo humano que movía el balón en ataque con la precisión de un cirujano y la velocidad de una bala y que acertaba a la hora de ejecutar en cancha lo más favorable a sus intereses.

Al actual Bilbao Basket, mucho más bloqueado en su fondo y en sus formas, con notables dientes de sierra en su rendimiento y menos armonioso en los momentos volcánicos, todo le cuesta más. Se vio en Zaragoza y en Valencia, dos canchas en las que hay que poner mucho y muy bueno sobre el parqué para vencer, y la constatación absoluta tuvo lugar ayer en el Bilbao Arena, donde los de Fotis Katsikaris arrancaron con derrota el Last 16, superados por un CEZ Nymburk templado y con las ideas claras que supo llevar el partido por los derroteros que le convenían. Los anfitriones, casi siempre a remolque en el marcador -llueve sobre mojado en este aspecto con la merma física y mental a lo que ello obliga- funcionaron a trompicones ante un rival asentado y bien plantado, llegaron a tener una desventaja de diez puntos en el luminoso, reaccionaron con furia en el amanecer del último cuarto, pero tres técnicas consecutivas -a Raúl López y Álex Mumbrú primero y a Fran Pilepic después- cortaron de raíz su remontada, obligándoles a otro sobreesfuerzo más. Y el milagro no estuvo tan lejos de producirse, a imagen y semejanza de lo acontecido en el estreno continental ante el Buducnost, pero la flauta no suena todos los días y la de los de Katsikaris hace ya partidos que se ha quedado muda. El Bilbao Basket llegó a ponerse arriba 80-79 a diez segundos del final, pero los checos, mucho más lineales, se aferraron con uñas y dientes al duelo y con un triple de Radoslav Rancik en la siguiente jugada pudieron celebrar la victoria.

Cierto es que esas tres técnicas en el acto final tuvieron una incidencia indudable en el resultado -su justicia o injusticia depende de las palabras que salieron de la boca de los jugadores en forma de protesta y de la interpretación de las mismas que llevó a cabo el trío arbitral-, pero lo cierto es que llegaron en el peor momento posible, cuando, tras cerrar el tercer cuarto con un 53-63 adverso, los hombres de negro salieron a por todas en los diez minutos finales, con la mirada encendida, el Bilbao Arena enfurecido y los checos achicándose por momentos. Tras la canasta de Raúl que colocó el 61-63, el base de Vic se quejó de que en la acción de tiro su par le había tocado el brazo y los colegiados le señalaron técnica. Mumbrú saltó como un resorte desde el banquillo para protestar y se llevó la segunda. Rancik engatilló los cuatro tiros libres y, en la siguiente posesión checa, Pilepic consideró también injusta la personal que le señalaron y se comió la tercera. Rancik siguió a lo suyo desde la línea, Pavkovic anotó tras reanudarse el juego y el 61-71 se convirtió en realidad. El Bilbao Basket no agachó la cabeza y, encorajinado, intentó el más difícil todavía, aunque acabó quemado, igual que los espectadores de Miribilla con la actuación arbitral.

De todas maneras, argumentar una derrota que obliga a hacer muy bien las cosas en el Last 16 para avanzar de ronda utilizando exclusivamente esta circunstancia sería esconder parte de la realidad, pues el Bilbao Basket careció de la sostenibilidad suficiente como para superar a un rival inferior en el capítulo de las individualidades pero mucho más sólido ayer como bloque. Los hombres de negro dan lo mejor de sí mismos cuando funcionan amparados por su intensidad defensiva y esta ayer no hizo acto de presencia en las dosis necesarias. Solo así se explica que un esforzado pero en absoluto virtuoso Drew Naymick se convirtiera en una auténtica pesadilla en la zona, que Radoslav Rancik fusilara desde la larga distancia con la solvencia de un artillero de primer nivel o que Jiri Welsch generara mucho juego y peligro desde el poste bajo, donde, curiosamente, se encontró muchas veces a Raúl como muro de contención.

Sin dinamismo La puesta en escena de los hombres de negro no fue nada rumbosa, por lo que los checos, solidos y ordenados, no tardaron en controlar el marcador. Con ofensivas demasiado estáticas, sin el movimiento y el filo de partidos pretéritos, los anfitriones viajaron a rebufo ante un rival en el que Welsch aportaba canastas y batuta. Tras el 17-19 al término del primer acto, la entrada en cancha de Naymick dotó de más solidez aún al Nymburk, aunque la activación de la segunda unidad revitalizó también las filas bilbainas, con Pilepic y Rakovic percutiendo en ataque, Raúl dirigiendo las operaciones y Grimau armando la retaguardia. Pero el empate a 36 al descanso fue un espejismo y el Nymburk se paseó por Miribilla en un tercer acto en el que amasó una renta de diez puntos. Los locales tocaron a rebato en el cuarto final y, pese al interruptus de las técnicas, colocaron el 80-79 a 56 segundos del final, pero Rancik fusiló desde los 6,75 en la siguiente jugada, Raúl no acertó a la hora de responderle y el Nymburk supo gestionar los compases finales con acierto, enviando al Bilbao Basket a la unidad de quemados.