Unai Simón asegura un triunfo valiosísimo
Las intervenciones del portero mantienen intacto el valor del gol de Guruzeta, en una tarde distendida al principio que acabó presidida por las angustias
Paso decisivo del Athletic en su afán por concluir el campeonato de liga con cierto desahogo. El triunfo a costa de Osasuna le sitúa en la frontera de los dichosos 42 puntos que la teoría asocia a la permanencia y llegó por la única vía posible, la de la angustia. En los cien minutos que duró el derbi hubo espacio para fases diversas, incluso unas cuantas anodinas, sin apenas nada que resaltar, pero a medida que se avanzaba hacia el tramo final la gestión de lo que acontecía sobre el verde fue realmente difícil de asimilar para jugadores y público. San Mamés vivió un rato malísimo, con Osasuna volcado, dominando por completo, con cinco delanteros en liza y el Athletic acurrucado en torno al área, en inferioridad numérica por expulsión de Jauregizar, con alguna pieza renqueante y la cuota de cambios agotada. La agobiante carrera contra el cronómetro, con ocho minutos de añadido, no trajo acciones nítidas de gol por parte visitante, un apartado que se fraguó previamente y no tuvo consecuencias gracias a un estelar Unai Simón.
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Puede afirmarse con absoluta convicción que el éxito descansó en los guantes del portero, su aportación fue con diferencia la más importante de todas. Las dos paradas a Budimir, la primera acertando la dirección elegida por el consumado especialista desde los once metros y la segunda, bastante más compleja, palmeando un cabezazo picado a bocajarro y rozando la madera el inverosímil despeje de Simón, se celebraron como si de un título se tratase. No era para menos, el Athletic había cubierto una parte del camino ajustándose al guion que preparó: adquirió ventaja pronto y se mostró firme en la contención. Pero el cansancio y los temores fueron paulatinamente haciendo mella en las filas rojiblancas; Osasuna tuvo asimismo que ganar metros y huir de la modorra que ralentizó sus maniobras durante largo rato. Iba perdiendo, pero solo por un gol y era evidente que el anfitrión no estaba por la labor de forzar para adquirir un margen más holgado. Alessio Lisci fue refrescando el bloque para dotarle de mayor filo y el segundo acto discurrió muy tensionado. Por fortuna terminó bien, pero habrá que reconocer que esta clase de encuentros, inevitables cuando no se han hecho los deberes previamente, dejan baldado al personal. Se pasa mal.
Primeros compases
Quizá la parte más curiosa de esta historia fuese que la elevada trascendencia otorgada a los puntos en juego no fue suficiente para encender en el inicio a dos equipos agresivos por naturaleza. Ambos optaron por tomárselo con más calma durante toda la primera mitad, lo cual resultó entendible en el Athletic, no en vano se adelantó al cuarto de hora. Fue casi lo único peligroso que generó, pero le bastó y sobró ante la total ausencia de profundidad del rival. Hasta el descanso se asistió pues a versiones contenidas de unos y otros, aunque tuvo más fundamento y sentido lo realizado por los hombres de Valverde.
Aparte de marcar, el Athletic se mostró sólido sin pelota, no insistió en presionar alto, optó por un repliegue prudente y el visitante no supo proponer nada decente. De hecho, estuvo venga repetir pases de seguridad en su terreno, una fórmula que lógicamente a ninguna parte conducía. Esto hubiese sido comprensible con el 0-0, pero sucedió que Osasuna no parecía Osasuna, ni siquiera estuvo agresivo en el gol local. Fue una acción nacida de un saque de banda de Yuri con la participación de Berenguer, quien filtró al área para que Nico Williams, previo recorte, chutara centrado sin que Herrera acertase más que a repeler y ese balón suelto lo empalmó de zurda a la red Guruzeta, quien a la chita callando no deja de engordar su cuenta.
Alegría local
Fue casi el único instante en que San Mamés se alborotó, si bien antes, en el mismo arranque, también se excitaron las gradas cuando García Verdura señaló penalti por mano de Torró a la salida de un córner. El VAR le llamó y le cambió la idea al árbitro. Pero, lo dicho, en líneas generales el fútbol careció de relieves, discurrió mayormente plano, en especial en los turnos de posesión de Osasuna, que fueron frecuentes y largos, tanto como estériles. Lisci se desgañitaba, exigía más nervio, nadie le atendía. Víctor Muñoz asomó por el área local consumida la media hora con un par de centros sin destinatario. El Athletic, por su parte, no rehusó a profundizar, aunque sin arriesgar lo más mínimo o elevar las revoluciones, algo acaso extraño, pero ayer era día de administrar energía y ser prácticos. Berenguer estuvo cerca de ampliar la cuenta con un remate cruzado a cesión, un taconazo, de Guruzeta. Y para de contar.
San Mamés responde a la llamada
Se antojaba muy improbable que aquello no experimentase una transformación a vuelta de vestuarios y, en efecto, la hubo. De modo casi inapreciable al principio, pero el Athletic se fue refugiando en bloque, con el culo más metido en la frontal de su área. Una chilena de Budimir sonó como advertencia seria, peor fue la intervención del VAR que en dicho lance apreció mano de Yeray. Penalti incontestable donde Simón hizo dudar a Budimir, siempre con la mirada fija en el portero, y se impuso en el duelo psicológico. Tremendo alivio, pero el panorama se complicaba, Valverde metió un triple cambio que de nada le sirvió. La inercia corría a cargo de Osasuna. Sí hubo un paréntesis, nacido de un pase raso de Gorosabel, el mejor de la zaga, que Iñaki Williams no logró embocar y Navarro, de volea, no finiquitó bien. Luego, el formidable cabezazo del ariete croata y la estirada portentosa de Simón.
Poco más reseñable que comentar, pero el miedo al empate solo se desvaneció al oír el último pitido del árbitro, con Yeray cojo y antes el cambio solicitado por Laporte y el posterior de un dolorido Yuri, la segunda amarilla de un Jauregizar que midió horrible en una entrada recién estrenado el tiempo extra; en fin, un sinvivir que paradójicamente aclara bastante el porvenir inmediato.
