Si la liga es el torneo que da de comer, tal y como el presidente y el entrenador se encargan de recordar cada vez que tienen ocasión porque es así, el Athletic lleva camino de morir de inanición. Hallándose en una situación comprometida resulta que solo ha sido capaz de sumar uno de los quince últimos puntos disputados. Este sábado volvió a pinchar en el típico partido que a estas alturas del calendario merecen ser catalogados de trascendentales porque coincide que el rival de turno anda tan mal o peor. El Sevilla, al igual que el Mallorca una semana antes, no logró tapar sus vergüenzas y sin embargo sumó los tres puntos. Y esta vez ni siquiera cabe cargar la culpa al árbitro o el VAR, como entonces, porque la derrota solo es imputable a quien la sufrió.
Al margen de cómo transcurrió el encuentro, del mediocre nivel futbolístico al que contribuyeron los unos y los otros, se ha de destacar algún detalle muy significativo, pues refleja cómo el equipo de Valverde ha ido poco a poco interiorizando su condición de víctima propiciatoria. No es ni medio normal que, en una cita con tanto en juego, adelantarse en el marcador no signifique nada en absoluto porque antes de un minuto el adversario es capaz de devolver la igualdad al marcador. O que tras recibir el segundo y con cuarenta minutos por delante para buscar la remontada o como mínimo la enmienda a través de un empate, no se registre ni media situación que merezca ser considerada como oportunidad de gol.
Esta clase de cuestiones, tan decepcionantes y tan exasperantes, resuenan con estruendo en la cabeza cual un dolor de oído o de muelas o todo junto. Venía el Athletic de firmar el miércoles un imposible en Bérgamo que despertó la esperanza en el aficionado, tan propenso a animarse con cualquier noticia positiva. Como para no hacerlo esta semana: el milagro de los tres goles le devolvió la fe y el pueblo confío en que ejercería de impulso favoreciendo el cambio de tendencia. Sin embargo, a estas alturas existen motivos para pensar que pedirle al equipo que sea fiable en el campeonato de la regularidad equivale a solicitar un nuevo milagro. Y claro, ya no serían dos milagros sino tres, pues los prodigios nunca van tan seguidos, suceden cada mucho tiempo.
Sevilla y Athletic firmaron un primer tiempo presidido por el descontrol. No es fácil repartir las cuotas de responsabilidad, pero afirmar que estuvo muy repartida no sería faltar a la verdad. Y cuando nadie gobierna un partido, todo es posible, aunque esa ausencia de mando, de criterio o de iniciativa, suele derivar en un sobresalto constante. No es fácil saber a qué atenerse en un correcalles, donde el balón va sin excesivo sentido de un lado para el otro, puesto que nadie sabría decir para qué. Ah, además en la mayoría de las ocasiones acaba por no llegar a ninguna parte.
Hubo fases en que resultó imposible señalar al conjunto que asumía más peso en el juego y no faltaron varias, nunca de larga duración, donde uno de los equipos empujó más o llegó con mayor asiduidad al área rival. El problema era que todo se hacía sin pensar demasiado, los protagonistas corrían sin parar, eso es innegable, pero era más un ejercicio de voluntarismo que la plasmación de una idea. Tirar para arriba, aún a riesgo de malgastar un montón de posesiones por exceso de velocidad o de pases largos sin destinatario concreto, fue el método al que se abonaron Sevilla y Athletic, seguramente porque así se expresan los grupos apurados, inmersos en una crisis evidente. Debieron pensar que cuanto más alejada estuviese la pelota de su portero, mucho mejor, no fuese a facilitar la tarea al adversario a través de un fallo propio o de un golpe de ingenio ajeno.
Incidencias hubo un montón
Las más reseñables un tiro a puerta vacía de Galarreta con el portero caído fuera del área que se perdió por medio metro y, sobre todo, el sobresalto por un gol adjudicado a Gudelj y que en realidad metió en propia puerta Paredes, quien sufrió un duro planchazo del capitán local que indujo al VAR y al árbitro a anular la acción. Cuando el 0-0 se antojaba fijo en el descanso, Izeta, sí Izeta fue titular, remató de forma rara un centro de Yuri y la parábola consiguiente obligó a Odysseas a un escorzo inútil porque Navarro llegó para empujar en boca de gol. Cabe dudar de si el balón estaba ya dentro, pero el gol fue válido. Saque de centro y Peque que cruza sin oposición fuera del alcance de Simón. Para rizar el rizo de la desesperación, antes de irse a vestuarios, en un córner, Izeta remató muy forzado con el pecho en el área chica y el portero logró embolsar sobre la línea.
Emociones fuertes que en el segundo acto tuvieron continuidad en un único lance, un penalti innegable por mano de Yuri en disputa con Isaac que Akor transformó engañando a Simón. Corría el minuto 56, Valverde puso en liza de golpe a Unai, Hierro y Nico Williams. Solo la vitalidad del primero aportó algo, el extremo no se fue ni una vez de sus pares y el ariete qué iba a hacer si nadie le daba un suministro decente.
Con el gancho, físicamente muy mermado, el anfitrión aguantó a duras penas un empuje desordenado, anodino, una demostración de cómo está la tropa de Valverde. Teniendo enfrente una cuadrilla atenazada por la responsabilidad de sobrevivir ante su gente, el Athletic no supo cómo hacerle daño, cómo generarle más dudas de las que transmitía; en definitiva, cómo llevarle al límite y disponer de un par de situaciones propicias para aspirar al gol. Ni un par ni una sola, apenas fue posible apuntar un par de chuts que se marcharon altos y otro de Berenguer muy centrado y sin fuerza.
En fin, un papelón que amenaza con dilatar una trayectoria peligrosa. La densidad del calendario que debe gestionar en las próximas semanas aconseja tomarse muy en serio lo que está pasando.