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La preciada decisión de Ernesto Valverde

Con el equipo alejado del nivel de cursos recientes y sabiendo que el presidente Jon Uriarte quiere seguir en Ibaigane, el entrenador medita su futuro tras su segundo ciclo de cuatro años en el Athletic

La preciada decisión de Ernesto ValverdePankra Nieto

Con muchos y justificados interrogantes en torno a la suerte que correrá el equipo en la media temporada restante, se pone en marcha la cuenta atrás para conocer el futuro de Ernesto Valverde. Es sabido lo que hará gran parte de la plantilla debido a que su vínculo profesional va más allá del mes de junio y cabe asimismo predecir qué ocurrirá con los pocos jugadores que precisan una renovación para poder continuar. Menos sencillo parece anticipar la decisión que vaya a adoptar el entrenador, incuestionable pilar de un proyecto que cumple su cuarto año.

Desde 2022, cuando inició su tercera etapa en el Athletic, Valverde ha ido firmando anualmente sus contratos, consensuados en este período con la directiva de Jon Uriarte. La fórmula, que causó extrañeza al principio, justo seguido de las elecciones, no ha variado. En teoría y sin ponerse a escudriñar lo que bulle en las mentes del presidente y del técnico, resulta obvio que el escenario que facilitaría una repetición de la jugada está ahí, puesto que Uriarte ya expresó su intención de alargar durante otro mandato su estancia en Ibaigane.

Sin duda, se trata de un detalle fundamental, dando por supuesto el interés del mandatario en mantener a su lado un valor seguro con el que ha cultivado una estrecha relación; alguien sobradamente contrastado para ejercer su función; la persona que, descontado el de presidente, ocupa el cargo que acarrea la mayor exposición a la opinión pública. Que Valverde goce del refrendo del entorno contribuye a proteger el resto de la estructura del club. Su figura apenas ha tenido contestación, ni siquiera cuando los resultados no han acompañado, como se vio en su primer año o como se comprueba en el vigente. Por todo lo anterior, Valverde personifica la llave maestra del organigrama del Athletic, su peso trasciende el área deportiva.

Uriarte sorprendió en octubre con el anuncio de que tenía decidido acudir a la próxima convocatoria electoral, finalizada la temporada y sin fecha concreta de momento. En rueda de prensa organizada deprisa y corriendo en la terminal del aeropuerto de Loiu a la vuelta del partido de Dortmund, matizó que exponía una iniciativa absolutamente personal: el paso que daba no tenía en consideración la voluntad o el deseo de los directivos con los que está completando el mandato vigente. Sencillamente, tenía ganas de dejarlo claro y se quedó a gusto.

Las reacciones a la noticia confluyeron en el mismo augurio: las urnas permanecerán cerradas. Esto es, Uriarte no arriesgaba nada, muy consciente de que no surgirán alternativas a la plancha que él encabezará. Salvo cataclismo que nadie presagia. El único asunto capaz de alterar el pulso del club y diversificar las sensibilidades de la masa social del Athletic sería el fracaso en todos los frentes competitivos. Una posibilidad que no necesariamente supondría el hundimiento del equipo, pues podría limitarse a reflejarse en la ausencia de premios y en una posición anodina en liga.

Valverde no ha abierto la boca aún, lo previsible es que se tome su tiempo antes de pronunciarse. Además, a estas alturas del calendario resulta imposible disponer de una información que se antoja indispensable para que un entrenador se decante en el sentido que sea. Cierto que el gesto individualista de Uriarte le otorga una especie de garantía, siempre que llegue a la conclusión de que prorrogar su estancia en el Athletic es lo que realmente quiere.

Las claves

No obstante, las hipótesis negativas en el plano competitivo, si se dieran y al margen de que resulten más o menos digeribles en la calle, aparecen como un factor clave a tener en cuenta para adivinar el porvenir del técnico. Pero también la edad (en un mes soplará 62 velas), el desgaste mental inherente a su labor y que cabe percibir en detalles concretos, combinado con que protagoniza un ciclo largo, de cuatro años, y por descontado, una proyección a corto o medio plazo del potencial de la plantilla un tanto incierta, como ya se puede intuir. Todos estos aspectos se antojan trascendentales en el debate interior de Valverde.

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Está a punto de terminar su trayecto más largo en un banquillo, emulando lo que vivió entre 2013 y 2017, también en el Athletic. Recordar que entonces prefirió dejar el puesto, a pesar de que dejó el equipo clasificado para jugar en Europa, como había hecho en los tres ejercicios previos. Que diese un paso al lado se interpretó como la consecuencia de una saturación comprensible, a pesar de sus continuos éxitos. En realidad, pronto trascendió que había recibido una propuesta del Barcelona que, por supuesto, aceptó. En su anterior salida del club, después de un bienio con luces y sombras, el motivo básico radicó en la nula sintonía y apoyo que encontró en la figura del presidente, Fernando Lamikiz.

El contexto actual es lo opuesto al de 2005: los rectores de la entidad van a muerte con Valverde, es su entrenador ideal para dirigir el Athletic y le distinguen con el título de “líder” de su proyecto deportivo. Por este lado, no debería haber pega alguna para que iniciase su undécima temporada en casa y así consiguiese elevar todavía más ese registro de medio millar de encuentros oficiales en el banquillo de San Mamés que alcanzará en breve. Claro que trabajar en casa, aparte de comodidades, implica asumir un extra de responsabilidad, algo que él mismo ha dejado caer en diferentes oportunidades y contextos.