bilbao - Hay un dato que habla por sí solo. El Athletic de Gaizka Garitano no ha encajado gol alguno en los tres partidos que encadena en su cargo el nuevo entrenador. Este hecho asegura una máxima matemática, suma como mínimo el punto administrativo. Y el conjunto rojiblanco no está como para desdeñar una migaja en el objetivo de salir de la zona de descenso, en la que se mantiene por cuarta jornada consecutiva por aquello de tener peor average que el Villarreal. Una urgencia que explica la prioridad del derioztarra y del colectivo, que regresan a los instintos primitivos de supervivencia para no hincar la rodilla y resistir el temporal a la espera de mejores tiempos. El derbi de ayer fue fiel retrato de esa necesidad. El Athletic se blindó en su prioridad de no perder, con una apuesta por no conceder nada en defensa y confiar en la inspiración divina de sus hombres de arriba que otorgue una victoria que no llegó en Mendizorrotza después de desperdiciar los únicos veinte minutos potables, los últimos del primer acto, de buen juego.
Garitano repitió el once, con la salvedad de la portería, que puso en escena en su debut en el banquillo del primer equipo, entonces en el choque de vuelta de la eliminatoria de Copa ante el Huesca. Toda una declaración de sus intenciones lejos de Bilbao. Hubo escasas reiteraciones de lo bueno que expuso el equipo frente al Girona en San Mamés, sobre todo porque el colectivo explotó menos de lo deseado el juego por los costados y abusó en muchas fases de las segunda jugadas, de las que no sacaron rédito alguno. Por ello, el partido del sábado ante el Valladolid, en La Catedral, que cierra este nefasto año 2018, se entiende como una nueva final y en el que se espera al Athletic más cercano al del pasado lunes que al de ayer.