El vértigo que generaba la visita al Wanda Metropolitano se entendía como algo lógico en el entorno athleticzale. Se diagnosticaba un buen número de argumentos para justificar semejante desazón. Ni siquiera el éxito 68 horas antes en Moscú ejercía de suficiente estímulo para confiar en un triunfo del conjunto rojiblanco, que se enfrentaba al equipo que más le ha traumatizado en los últimos tiempos. Las bajas de Aritz Aduriz y Raúl García, los dos futbolistas con más músculo competitivo y capaces de contagiar al grupo, acentuaban esa sensación de escalofrío, ante lo cual el mismo José Ángel Ziganda, que aplicó una fórmula como antídoto que no dio resultado, quiso en la víspera alimentar la autoestima, que sí funcionó ante el Spartak, con un mensaje baldío visto lo visto ayer en la nueva y espectacular guarida colchonera: “Será un partido de dar gran nivel individual y colectivo, y una gran oportunidad de jugar un partidazo”. No ocurrió nada de lo que intentó proyectar el entrenador, que justificó las dos importantísimas ausencias para revolcar el once respecto al que asomó de inicio en el Otkrytie Arena, ya que solo repitieron tres futbolistas -Lekue, Susaeta y Williams-, toda una muestra de intenciones. Ziganda probablemente buscó nuevas referencias. Sin Aduriz ni Raúl García, su equipo pierde enorme poderío ofensivo y pretendía disimularlo con un plan que requería futbolistas de perfil diferente, que ejercieran de referencias para poder competir de tú a tú a un Atlético de Madríd que sí cuenta con jugadores de altísimo nivel y que saben de qué va la cosa, de moverse como nadie en el fango si la situación así lo pide.
Ziganda propuso que el partido debía servir a varios de sus pupilos para reivindicarse, aun consciente de la dificultad de ganar en un campo donde nadie lo ha hecho este curso en liga. Los nombres de Beñat, en su cuarta titularidad; San José, que acumulaba dos meses sin comparecer; Vesga, sin noticias durante muchos partidos; Sabin Merino, apuesta del técnico aunque no llegue a dar el paso adelante que se le reclama; y el mismo Susaeta, el capitán y del que se esperaba que se echara cierta responsabilidad sobre sus espaldas; emergían en boca de la gran mayoría, pero estos volvieron a firmar un tratado de máxima impotencia a la hora de crear algo que llevarse a la boca. El dato es descorazonador en clave Athletic. Los leones no tiraron ni en una sola ocasión a los tres palos de la meta de Oblak, que vivió una tarde placenterísima.
BEÑAT, EL DESAPARECIDO El Athletic se puso las pilas en su línea defensiva, consciente de que un posible éxito debía pasar por blindarse atrás y no conceder opción alguna a los Diego Costa, Griezmann y compañía. Los rojiblancos, ayer de negro y gris, no desentonaron en este matiz, pero fue una historia bien diferente a la hora de ofrecer ideas ofensivas, misión en la que fracasaron con estrépito. Al equipo de Ziganda le penalizaron sus gruesos errores que causaron los dos tantos colchoneros, pero también su fútbol plano en la creación, donde Beñat, otrora importante en esta función y renovado hasta 2020, no conectó en ese trivote que debía liderar. El de Igorre no es el mismo desde su intervención de pubis, como tampoco lo es San José, protagonista de los desajustes fatales; ni Susaeta, que se ha desactivado en los últimos compromisos; al mismo tiempo que los jóvenes tampoco tuvieron un impacto mínimo para inquietar al cuadro de Simeone, que tiene desquiciados a los leones desde la final de Bucarest.
El Athletic jugó sin referencias en el Wanda Metropolitano, lo que explica en parte la nueva derrota, que eleva a seis las jornadas consecutivas sin firmar la victoria, con una pobrísima cosecha de cuatro puntos sobre 18 posibles. Llegar a tiempo a la zona europea se antoja como una misión harto complicada y al conjunto rojiblanco solo le consuela que en esta fecha han perdido los cuatro últimos clasificados, que no es poco para cómo está el asunto. Y el domingo llega a San Mamés el colista.