En el número 20 de la calle Riego, en pleno barrio de Sants de Barcelona, el tiempo no corre para el barbero Ramón Bruño, que a sus 89 años sigue levantando la persiana de su barbería fundada en 1943 no por necesidad, sino por supervivencia: "Me ayuda a vivir", cuenta en una entrevista con EFE.

Con más de ocho décadas de oficio en las manos, este veterano peluquero es la memoria viva de una profesión que años atrás era el nexo social del barrio y que ahora preserva con la misma ilusión que cuando perfilaba sus primeras barbas siendo apenas un niño, bajo la tutela de su padre e instructor, Mateo Bruño.

"Quedarme en casa es quedar moribundo. La peluquería me da vida porque hablo con un señor y le explico cosas y él a mí. Hay un intercambio de estímulos", confiesa Ramón, que luce su cabellera blanca peinada hacia atrás y un bigote meticulosamente atusado.

Su periplo comenzó a los siete años, en una atareada jornada en la que el local estaba repleto de señores ansiosos por afeitar sus rostros. De repente, un cliente y amigo de la familia harto de esperar reclamó los servicios del pequeño Ramón.

"Era mi primera vez. Le hice un pequeño corte, pero el señor me dijo que no pasaba nada y que volvería la semana siguiente a que le afeitara de nuevo. Y así empecé", recuerda hoy con una sonrisa que le ilumina el rostro.

Esa experiencia le motivó a apuntarse tiempo después a unos talleres que organizaba el Gremio de Peluquería cerca de la Rambla de Barcelona, donde aprendió a cortar el pelo a navaja ofreciendo cortes gratuitos a jóvenes que tuvieran las agallas suficientes para dejarse rasurar por un peluquero inexperto.

Tras un paréntesis de dos años en una panadería y el paso obligado por el servicio militar, el joven Ramón asumió el mando del negocio familiar hacia los años 50, una época de la que guarda miles de recuerdos felices.

Sin embargo, también conserva alguno que preferiría olvidar, como el día en que un cliente intentó dirigir su navaja hacia la yugular: "Quería que yo acabara con su vida. Forcejeamos, pero por suerte gané yo", relata con la voz quebrada por esta experiencia traumática que todavía escuece.

Un museo vivo del siglo pasado

Entrar en la barbería de Bruño es viajar al siglo pasado, con unas paredes llenas de retratos a mano de vecinos y clientes -algunos de países como Alemania o Argentina- y una colección de utensilios que harían enmudecer a cualquier coleccionista.

"Mi objeto más antiguo es un cuenco de afeitar que usábamos para mojar la brocha. Debe tener más de 100 años", señala el barcelonés, que se niega a desprenderse de muchas de las antigüedades que tanto servicio le han hecho durante décadas. La joya de la corona es un viejo sillín infantil con un caballito de madera que adquirió en los años 50 y que recibe elogios de grandes y pequeños, especialmente de aquellos que tiempo atrás se sentaron en él para vaciar sus cabelleras.

"Aún vienen señores que entran a la barbería y me dicen que de pequeños se sentaron en él", explica mientras observa a un niño que, desde la calle, mira embobado esta reliquia.

El legado del barbero de la calle Riego

Hoy, con 89 años y el deseo de continuar hasta que el cuerpo diga basta, Bruño pasa las horas charlando y cortando cabellos y barbas de los de siempre: el camarero del bar de al lado, el cartero de Correos que hace una pausa en su ruta o el vecino que simplemente busca unos minutos de conversación.

En un día normal, aparca su silla de ruedas eléctrica frente al cristal de la barbería y toma el sol, recibiendo de vez en cuando saludos de vecinos o personas que conocen su historia y le dedican una sonrisa cómplice como si fuera "un amigo más". Le gusta sentirse querido y respetado. Cuando se le pregunta por su legado, por cómo quiere que la ciudad recuerde casi un siglo de oficio, sorprende a todos con una respuesta tan entrañable como honesta: "Me gustaría que me recordaran como lo que soy, el barbero de la calle Riego".