Popeyes frente a la "cutrificación": cuando el método marca la diferencia
Sabor cajún, ingredientes locales y una decisión clara, no simplificar
En los últimos años, muchos ámbitos del consumo han entrado en una lógica de mínimos. Plataformas que cobran por funciones antes incluidas, tarifas que recortan prestaciones básicas, servicios que convierten cualquier mejora en un extra... Pequeños recortes que, sumados, dejan una sensación reconocible: todo funciona, sí, pero cada vez se ofrece menos. A este fenómeno lo llaman “cutrificación”.
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“Así sí, así yes” es más que un lema, es una forma de entender la cocina que reivindica el cuidado y el respeto por el proceso
Frente a esta tendencia, hay marcas que deciden no tomar el camino fácil. Popeyes es una de ellas. Su respuesta es clara: método, autenticidad y respeto por el proceso. “Así sí, así yes” es más que un lema, es una forma de entender la cocina que reivindica el cuidado y el respeto por el proceso, incluso en una categoría en la que, históricamente, se tiende a acortar pasos para ganar tiempo.
Doce horas de marinado y rebozado a mano
Cuando Al Copeland abrió su primer restaurante en Nueva Orleans, en los años setenta, no buscaba simplemente servir pollo frito, quería hacerlo a su manera, con una receta propia y respetando la tradición culinaria de Louisiana, donde el tiempo, las especias y el proceso son tan importantes como el resultado final. De esa filosofía nació Popeyes.
Cincuenta años después, ese enfoque sigue definiendo la elaboración del famoso pollo cajún de la marca, fresco y 100% nacional. Cada pieza se marina durante 12 horas en una mezcla de especias y se reboza a mano en el propio restaurante, siguiendo la receta original. Ese tiempo no es casual, permite que el sabor se integre poco a poco y dé como resultado un pollo jugoso por dentro y crujiente por fuera, con el toque cajún característico de Popeyes. Una forma de trabajar más cercana a lo artesanal que a la producción en serie.
Ingredientes locales para una receta que viaja desde Louisiana
El pollo cajún de Popeyes tiene su origen en Louisiana, pero en España se elabora con ingredientes de aquí. Antes de llegar a la cocina, la receta recorre distintas regiones del país, donde se seleccionan las materias primas que forman parte del proceso.
El pollo procede de granjas de Catalunya y Castilla y León, dos comunidades con una fuerte tradición avícola. El aceite llega desde Jaén, la provincia que lidera la producción de aceite de oliva en el Estado y una referencia mundial del sector. Los vegetales frescos se cultivan en Murcia y Navarra, territorios históricamente ligados a la huerta, mientras que la harina para el rebozado se produce en Huesca y Guadalajara. Una combinación que integra la calidad de la materia prima cercana en una receta de origen cajún, marcando la diferencia en cada bocado.
Cuando el proceso importa
En el sector QSR (Quick Service Restaurant o restauración de servicio rápido) no siempre se habla del cómo. Muchas veces el proceso queda en segundo plano. Sin embargo, el método, los tiempos y la forma de hacer las cosas son parte esencial de la propuesta de Popeyes. Es lo que da sentido a su producto y lo que garantiza una experiencia reconocible en todos sus restaurantes.
En un momento en el que casi todo tiende a simplificarse, mantener el proceso también se convierte en una decisión y hoy, más que nunca, la calidad no se da por sentada, se exige y se reconoce.
Una forma de hacer las cosas que no solo se percibe en lo técnico, también se siente, porque cuando un producto está bien hecho, la experiencia cambia. El primer bocado confirma que hay algo distinto, más cuidado, más honesto. Es ahí donde “Así sí, así yes” cobra todo su sentido. Cuando el proceso se respeta, el resultado se nota en el sabor, en la textura y, sobre todo, en cómo hace sentir a quien lo come. Una satisfacción sencilla pero importante, la de saber que se ha elegido bien, que esta vez no se ha recortado en lo esencial.
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