Con corona pero sin virus

Una familia bilbaina narra su experiencia tras superar el coronavirus

Cuando Carles enfermó, el coronavirus aún sonaba a chino. Pero cuando Iratxe no podía con su alma y le costaba hasta parpadear, el virus era una pesadilla. Y mientras el covid-19 se hacía tristemente famoso, también cayeron Irati y Mikel

26.04.2020 | 00:22
La enfermera Iratxe García posa en su casa de San Ignacio con su familia, Carles, Irati y Mikel, jugando en segundo plano. Todos han pasado el coronavirus

ESTE hogar del bilbaino barrio de San Ignacio ha tenido que convivir durante más de un mes con un huésped muy incómodo. Y es que cuando el coronavirus entra en una casa, las probabilidades de contagio entre los miembros de la familia se multiplican. Es lo que sucedió con Iratxe García, Carles Escrivá y sus dos hijos, Irati y Mikel, que han pasado unas semanas luchando a brazo partido para deshacerse de este desaprensivo invitado. "En casa hemos caído los cuatro. Ellos no tienen el test de confirmación pero ya te digo yo que lo hemos pasado todos porque los síntomas han sido clavados", relata García, con elementos de juicio suficientes por su condición de enfermera.

Ella ha podido reincorporarse a su trabajo como supervisora de Enfermería en IMQ Zorrotzaurre, y aunque ya tienen todos el alta médica, el periplo de esta joven familia para vencer al coronavirus ha sido complicado y lleno de curvas muy pronunciadas.

"Carles comenzó a encontrarse mal a primeros de marzo con fiebre y muy mal cuerpo. Pero en esas fechas no te hacían una PCR para confirmar si tenías el virus. Empezó quedándose en casa y adoptando todas las precauciones que podía. Después de enfermar él, cayeron los críos pero yo tenía que venir a trabajar porque él estaba en casa con su proceso viral, pero no teníamos ninguna confirmación oficial".

La enfermedad, que ha paralizado el mundo, también ha puesto patas arriba este hogar. Porque con dos críos en casa que reclamaban atención y cercanía, y la amatxu atendiendo pacientes, Carles, entre paracetamol y paracetamol, no podía tomar todas las medidas de aislamiento imprescindibles, por lo que Mikel e Irati fueron los siguientes en sucumbir. El crío de 6 años enfermó y al termómetro le dio por encabritarse cuatro o cinco días. "Tuvimos que ir a Urgencias porque la fiebre no le bajaba... tenía 39,6º, 39,8º... Sufría cefalea, náuseas, luego empezó con diarrea, también con la pérdida de olfato y de alteración del gusto", relata esta madre describiendo la guía completa de síntomas. "Me dijeron que tenía un proceso vírico, pero cómo no se fatigaba ni tenía problemas para respirar, y no estaba con muy mal estado general porque remontaba cuando le dábamos el antitérmico, el Apiretal, regresamos a casa".

La tormenta perfecta

Mientras tanto Iratxe se mantenía en pie aunque aquellos días, la niña mayor, Irati, estuvo también rara, con algo de dolor de tripa, y de cabeza pero sin fiebre. Y ya el día 17 terminó de desatarse la tormenta y fue la amatxu la que empezó a encontrarse mal. "Ese día me tocó turno de tarde y achacaba el malestar a que estaba cansada porque ya era última hora del turno e hice alguna horita de más. Llegué a casa y vi que tenía décimas". Y el día 18 directamente no pudo levantarse de la cama. "Era horrible. Una cefalea intensísima que no había tenido nunca. Muy mal. No podía ni parpadear. Me dolía todo. Mover medio centímetro la cabeza, era un infierno". La fiebre de Iratxe tampoco remitía y ya el viernes 19 de marzo acudió a Urgencias y al ser sanitaria, le hicieron la prueba PCR y tuvo la confirmación de que era covid-19.

Pero en esta casa, la batalla del coronavirus seguía librándose porque después Irati empeoró. "Y ahí hemos estado los cuatro, llevándolo a duras penas. Entre mi marido y yo nos arreglábamos como podíamos. ¿Cómo estás hoy? Y el que mejor estaba, atendía a los niños ese día". "Los amigos también se han portado muy bien y cuando se enteraron nos traían la compra a casa, y nos acercaban el pan", indica.

García montó una gran UCI doméstica, y se felicita porque no han necesitado ingreso hospitalario. "Hemos estado días malos en la cama. Pero los síntomas eran controlables en domicilio y sobre todo no padecíamos ni fatiga ni falta de aire", describe. Además afortunadamente en Navidad se habían trasladado a una casa más cómoda, algo más grande y con terraza, por lo que su reclusión ha sido llevadera.

Con todo el manual de supervivencia casera desplegado, Iratxe no adivina dónde contrajo el virus aunque no cree que fuera prestando asistencia sanitaria. Y eso que en esta pandemia los sanitarios se han llevado la peor parte de los contagios y casi 40.000 en todo el Estado han dado positivo. "Sospecho que la fuente ha sido mi propia casa por haber empezado mi pareja con los síntomas quince días antes. Al tener dos personas del núcleo familiar que han caído antes que yo, creo que la cadena de contagio ha venido por otro lado que no ha sido el trabajo, aunque no tengo la certeza al 100%", asegura esta profesional sanitaria, quien reconoce que se pasa muy pero que muy mal. "Es una cefalea muy intensa, unas náuseas brutales porque al mínimo giro de cabeza te mareas. Me tuve que meter a la cama con las persianas hasta abajo sin que nadie me hablase, con un supertemblor que normalmente te da cuando te está subiendo la fiebre, pero es que tuve esa tiritona todo el día. Tenía ya la fiebre muy alta y seguía tiritando", recuerda.

El tsunami

Tres días con el termómetro pulverizando récords, y a peor. "Empecé con otros síntomas, problemas intestinales, diarrea, más náuseas de las que ya tenía, luego empezó la falta de olfato, el gusto, la comida no te entraba..." Y un trastorno del que no se suele hablar, las taquicardias. "Al de ocho días, cuando empecé la tos, me noté nerviosa, como rara y con la frecuencia cardiaca por las nubes. Como soy enfermera, me monitoricé en casa y estaba en 133. ¡Qué raro!, pero lo achaqué a la fiebre... Sin embargo el día siguiente me seguía notando nerviosa, me tomé otra vez y de nuevo, con taquicardias. A Carles le pasó también. "Me lo dijo a posteriori porque él no me quería asustar a mí con sus síntomas y yo no quería asustarle a él con los míos". Además, como él es de Valencia, decidieron contarlo a su familia algo más tarde y de forma dulcificada para no meterles el miedo en el cuerpo. "Aunque te veas por videollamada, si tienes la familia lejos, la preocupación se extrema".

En el caso de los Escrivá-García, solo les han respetado las afecciones respiratorias. "Dicen que entre la semana y los diez días se sufren problemas respiratorios porque se produce algún tipo de inflamación pulmonar. De hecho, mucha gente ha empezado con neumonía a la semana". En el caso de Iratxe, sin embargo, a los ocho días apareció la tos, una tos intensísima y otra vez picos de fiebre alta, 38,7º, 38,9º... "Una tos que no me dejaba hablar ni dar un paso. Intentaba dormir semisentada, con almohadones y nada. La fiebre fue descendiendo, pero las décimas y la tos se mantuvieron diez días más", subraya.

Porque el virus es muy latoso y persistente. "Dura mucho y hace como picos. Parece que estás dos días mejor y otra vez, te vuelven síntomas. Quizá porque estábamos los cuatro contagiados y la carga viral estaba ahí... Y eso que ventilábamos todos los días y procurábamos limpiar todo lo que podíamos". Así que, de repente, Mikel se encontraba unos días bien, y enseguida volvía a encontrarse mal. Irati parecía que levantaba cabeza, y de nuevo febrícula, y dolor de tripa. Los mayores se levantaban decentes y comenzaban luego con diarreas, cefaleas y otra vez, al agujero.

Todo el vademecum de síntomas que, en el caso de Irati, incluyó manifestaciones dermatológicas. "Ama me duele el dedo del pie, ella me lo describía cómo si se hubiese pinchado una astilla... yo no le veía nada, pero luego sí le aparecieron unas sombritas cerca de la uña. Lesiones típicas de preadolescentes, creo, porque también tenía tres marcas en la frente como si fueran una especie de quemaduras", destaca.

Con la vuelta a una relativa normalidad laboral, Iratxe García se enfrenta a un trabajo arduo. Separar en la clínica zonas limpias de zonas sucias, readecuar los espacios transformados, habilitar plantas para prestar asistencias ordinarias, sabiendo que quizá el virus decida repuntar y volver a dar un disgusto. En su familia, cruzan los dedos y esperan que el bicho se haya olvidado definitivamente de ellos.

"Era horrible. No podía ni parpadear. Mover medio centímetro la cabeza era un infierno", dice Iratxe García, recordando la enfermedad

"Los cuatro hemos tenido el repertorio de síntomas... fiebre alta, cefalea, diarrea, pérdida de gusto y olfato y los mayores, hasta taquicardias"