Alonsotegi. Tarde, hemos llegado tarde al encuentro previsto con el miliciano de 1936 Marcelino Bilbao en la localidad francesa de Châtellerault donde residía. Tras una lucha de la que todos podemos estar orgullosos, nunca volvió a vivir en Euskadi. El vizcaino fue antifranquista, antifa hasta su último día, tan solo nueve jornadas después de cumplir 94 inviernos, el malhadado pasado sábado.
Luchó como miliciano y teniente del batallón Isaac Puente, de la CNT de Euskadi. Además, la vida le llevó a ser superviviente de los campos de concentración nazis de Mauthausen y Ebensee, así como de otros franceses, después de haber vivido también el bombardeo de Gernika-Lumo. La familia estima que pudiera ser el último vasco que quedaba vivo de los que estuvieron internos en esos centros de muerte y odio del Holocausto. Su cuerpo sufrió al terrorífico Doctor Muerte, quien le inoculó durante semanas benceno en el corazón. Hay quien cree que este nazi llamado Aribert Heim podría estar aún vivo y escondido en el sur de España. Es objetivo de los cazanazis. Marcelino también pudo sufrir -se está investigando- a otro doctor sádico como fue Eduard Krebsbach.
La historia de Marcelino supera a la ficción del más creativo de los guionistas desde el momento en el que nació. Lean: Ya sus progenitores le abandonaron el 16 de enero de 1920 en las aguas del río Kadagua a su paso por Alonsotegi (Bizkaia) y por suerte un hombre se topó con sus lloros. La familia López-Iglesias lo acogió como propio y eso que tenía alrededor de una docena de hijos entonces. "Es más, el matrimonio llegó a tener 21 hijos. La mujer daba ya a luz sola en casa", explica el sobrino de Marcelino, el historiador Etxahun Galparsoro, biógrafo del miliciano. El niño adoptado, con el apellido de expósito Bilbao , dejó la escuela a los 12 años. Con 13 primaveras, este joven ya era miembro de las JSU, pero al estallar la Guerra Civil se incorporó a la CNT. "Ya tenía pistola", confirma Galparsoro. Trabajó en la mina La Primitiva de Kastrexana y en hilaturas de yute Rica.
Luchador incansable
Participó en la Batalla de Villarreal, en el asedio de Oviedo, integrado en las Brigadas Expedicionarias Vascas; fue testigo de los efectos del bombardeo de Gernika-Lumo y luchó en la batalla de Sollube, Bizkargi y Jata. Tras la caída del Cinturón de Hierro de Bilbao pasó a Santander y a Asturias. Militó en la batalla del Mazuco.
A la caída del frente norte, consiguió embarcar en Avilés rumbo a Burdeos. Desde allí fue trasladado en tren hasta Catalunya. En diciembre de 1937, Marcelino Bilbao se encuadró y estuvo al frente de la 63 Compañía de ametralladoras Maxim, del Ejército Popular de la República. Bajo su dirección la unidad luchó en la batalla de Teruel. La compañía retrocedió a Lleida. En verano de 1938 participó en la batalla del Ebro y fue condecorado con la Medalla al Valor. El 9 de febrero pasó la frontera francesa por la Junquera.
Una vez en Francia estuvo en los campos de concentración de Saint-Cyprien, Argelès-Su-Mer y Gurs. En este último enclave conoció a José María Aguirre Salaberria, su futuro cuñado y compañero de cautiverio en Mauthausen. Después de una corta estancia en el también campo de concentración de Septfonds, fue trasladado a la Línea Maginot. Hecho prisionero por los nazis en Espinal en junio de 1940, lo trasladaron al Stalag de Estrasburgo con el número de identificación 3293.
A finales de 1940 fue deportado al campo de exterminio de Mauthausen (Austria) con el número de identificación 4628. Cumplió trabajos forzosos durante dos años en la famosa cantera de Mauthausen. En aquel lugar le obligaron a participar en los más terroríficos experimentos que el médico nazi Aribert Heim llevó a cabo con una cifra verificada de 30 prisioneros mediante elementos tóxicos y de los cuales, se sabe que solamente sobrevivieron siete. Uno de ellos fue Marcelino Bilbao. Él mismo explicaba que el conocido como Doctor Muerte, sin hablarle una sola palabra, le inoculó durante seis semanas benceno alrededor del corazón.
Su fortaleza tanto física como psíquica le permitió sobrevivir y el 10 de abril de 1944 fue trasladado de Mauthausen a Ebensee. Allí, gracias a la experiencia adquirida y al grupo de republicanos españoles, consiguió hacerse con un puesto en la cocina del campo de concentración.
A pie de Austria a París
Ante la retirada de los nazis de todos los frentes, participó en el aparato de resistencia del campo creado a fin de evitar la matanza de prisioneros. El 5 de mayo de 1945 fue liberado. Tras una odisea por Austria junto a otros compañeros logró llegar a pie hasta París, donde fue atendido por el Gobierno francés.
Según informaciones cenetistas, el 18 de junio de 2006 recibió en Bilbao, junto a otros compañeros de las milicias confederales vascas, un homenaje oficial de la CNT. Ese día, horas antes estuvo presente, además, en la inauguración de una escultura de recuerdo a todos los milicianos y gudaris de Eusko Gudarostea en el alto de Artxanda, en Bilbao, bajo el nombre de La Huella. El Gudari Eguna -institucionalizado de forma anual- contó con excombatientes antifranquistas de todas las ideologías, entre ellas la anarquista. "Para mi tío fue un día increíble, único. Aunque se quedó a vivir en Francia, cuando venía a Donostia no se sentía reconocido por su lucha antifascista. Sin embargo, el día de Artxanda fuimos juntos y fue algo increíble para él". El vasco vivió en Châtellerault, a unos 600 kilómetros de la muga que divide Iparralde y Hegoalde. Se casó con Mercedes Agirre, de Irun, y tuvieron dos hijas. En 1969, aportó sus testimonios sobre el genocidio de Mauthausen en el libro Triángulo Azul: Los republicanos españoles en Mauthausen. En 2002, ETB estrenó el documental Esclavos vascos de III Reich, donde dio a conocer su testimonio. Dos años después participó en el documental Más allá de la alambrada: la memoria del horror. "De mi tío destacaría su humanidad, la de seres humanos como él que nunca tuvieron odio a nadie, pero sí fueron grandes antifranquistas, antifascistas. En Mathausen nunca tuvo en cuenta la ideología del amigo. ¡Esa solidaridad!", concluye Etxahun, orgulloso de su familiar al que le está escribiendo sus memorias. "Una vez tuve que transportar a un español que había muerto por el trabajo en la cantera y pude constatar queen aquel lugar había más de 600 cadáveres apilados", evocaba el de Alonsotegi.