Estuvo en el punto de mira tras el asesinato de Ignacio Rojo. La muerte del jefe de la guardia municipal en Durango el 2 de enero de 1934 desencadenó una redada entre militantes anarcosindicalistas en la que el nombre de Mauricio Aizpurua Iribar apareció desde el primer momento. El historiador nacido en Zierbena en 1956 Eduardo Renobales lo define como “joven inquieto con aspiraciones de conseguir un mundo mejor, a pesar de su corta edad se metió en líos sindicales, no fue muy destacado del anarcosindicalismo, pero se comprometió con sus ideales”.

Electricista de profesión, Aizpurua tomó conciencia desde joven de su condición obrera en una sociedad con profundas desigualdades. Militante de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en su localidad natal, compartía actividad con su hermano José, lo que le situó bajo la vigilancia de las autoridades. El propio Rojo era señalado en la época por su dureza hacia sindicalistas y nacionalistas, una actitud recogida también en el vespertino La Tarde.

Detención

Ese control no comenzó en 1934. Ya el 15 de septiembre de 1932, Rojo informaba al alcalde de la detención, el día anterior, de varios vecinos –entre ellos Balbino Morado, Esteban Nicolás Barreña, Antonio Lafuente, José María Larrinaga, Carlos Bilbao, Epifanio Osoro y el propio Aizpurua– acusados de “reunión ilegal”, lo que evidencia una vigilancia continuada sobre su actividad.

El arraigo del anarcosindicalismo en la villa venía de años atrás. El investigador durangués José Ángel Orobio-Urrutia ha documentado cómo en la década de 1920 se crearon en Bizkaia los Sindicatos Únicos agrupados bajo la Confederación Regional del Trabajo del Norte, que llegaron a reunir hasta 4.000 afiliados. En Durango, pese a una afiliación considerada “escasa”, la CNT se dio a conocer mediante asambleas y mítines. En 1920 intervino el tribuno anarquista Galo Díez, y poco después se produjeron detenciones como las de Fermín Manteca, Simón Marco y otros militantes, acusados de propaganda ilegal e incitación al desorden.

En ese contexto de creciente conflictividad, Renobales sitúa su trayectoria: “Mauricio Aizpurua, Mauri como se le conocía en los ambientes del movimiento sindical de Durango, llegó a la mayoría de edad con el advenimiento de la República, momento de esperanza de cambio para la inmensa mayoría del proletario, sujeto de una explotación laboral despiadada”.

Varios arrestos

Las detenciones fueron una constante. Aizpurua fue arrestado en varias ocasiones por reparto de propaganda ilegal, tenencia de explosivos, desórdenes públicos y participación en huelgas no autorizadas, lo que le convirtió en un habitual de los registros policiales. Tras el atentado contra Rojo, fueron detenidos militantes como Juan Ibarra, Francisco Raposo o Balbino Morado. Aizpurua y Esteban Nicolás Barreña lograron escapar inicialmente, pero fueron detenidos días después en Bilbao.

“Cómo en otras muchas ocasiones, ese cambio se veía solamente alcanzable mediante medidas de fuerza, protestas y huelgas nos pocas veces violentas ante la represión de la autoridad”, recoge Renobales, que ha escrito sobre el asesinato de Rojo en su nuevo libro ‘El pistolerismo en Bizkaia durante la República’.

Meses después, los acusados quedaron en libertad por falta de pruebas concluyentes. El atentado se produjo de noche, en la calle Olmedal –actual Zumalakarregi kalea, Ezkurdi-, en una zona poco iluminada, y los autores huyeron por la calle Zabalarte en dirección al monte sin ser identificados. Nunca se logró determinar su identidad.

Disturbios mortales

En octubre de 1934 volvió a ser detenido durante los enfrentamientos entre trabajadores en huelga —especialmente ferroviarios— y fuerzas policiales en Durango, en el marco del movimiento revolucionario. Los disturbios se saldaron con tres muertos y decenas de heridos y encarcelados. Pese al triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, no fue excarcelado de inmediato y en junio seguía en la prisión de Larrinaga, una excepción que afectó también a otros cenetistas.

Desde allí mantuvo su actividad militante colaborando en publicaciones confederales y en el semanario Mujeres Libres, lo que evidencia la continuidad de su compromiso incluso en prisión. “Cómo expreso en el libro, la República no es una época plácida, más bien es tiempo de enfrentamiento y dificultad, de ilusión y desesperanza, de una justicia social que no acaba de consolidarse para las clases populares”.

La guerra de 1936, iniciada tras el golpe encabezado por generales españoles en julio de 1936, le llevó a integrarse junto a su hermano en las unidades organizadas por la CNT para la defensa de la muga de Irun y el control de Donostia. Posteriormente combatieron en el Euzkadi Gudarostea, en batallones como Isaac Puente, Malatesta y Bakunin, hasta el derrumbe del frente norte.

La caída de Bilbao y el denominado Pacto de Santoña marcaron el final de la resistencia organizada en la zona. “Y deriva en sucesivos actos generalmente violentos. En ése marco se mueven muchos jóvenes trabajadores como Mauricio”, concluye Renobales. Tras la guerra, Aizpurua sufrió años de prisión en el sistema penitenciario franquista. Según documentos franquistas aportados por Orobio-Urrutia, se le consideraba “elemento peligrosísimo”. Ya en libertad, retomó su actividad laboral en la fábrica de Bandas, donde mantuvo su compromiso social y sindical hasta su jubilación. El durangarra Alberto Barreña conoció a Aizpurua, ya que su tío Esteban Nicolás desapareció en la guerra y fue otro de los acusados relacionados con la muerte de Rojo. “En mi familia siempre ha sido muy nombrado, recordado con mucho cariño. Era un hombre grande que solía estar con mi padre y con mi tío Pako. Yo tendría unos siete años. Me acuerdo que solía venir a casa, yo creo que los domingos. Y se reían los tres a carcajadas. Hablarían de sus anécdotas. En mí ha quedado la imagen de que era alguien muy grande, pero claro, yo era también muy niño”, concluye este hijo de un miliciano antifranquista de igual nombre.