BILBAO - Tan solo cincuenta niños y niñas de la Guerra Civil quedan con vida en Rusia: 28 en Moscú, seis en la provincia moscovita y 16 en otras localidades, según informa Dolores Cabra, secretaria general del Archivo de Guerra y Exilio. “El compañero Nicolás ya no está entre ellos, aunque la fuerza de su personalidad, el recuerdo de su querido Bilbao y la pasión por vivir impregnan nuestra memoria”, valoró Cabra a DEIA.

El siempre atento Nicolás Calixto, de apellidos Gregorio y Rodríguez, falleció a los recién cumplidos 92 años el pasado lunes en la UCI del hospital 81 de Moscú. Dos semanas antes su única hija, Raisa, residente en Santo Domingo, viajó a la capital rusa para estar con él. Al crematorio de Novo-Arjanguelskoe asistieron a despedirle alrededor de sesenta personas, según informan desde el Centro Español de Moscú, hogar de los niños y las niñas de la guerra.

Nicolás nunca imaginó cuando le subieron al barco Habana, en Santurtzi, que acabaría viviendo en Rusia y que conocería, entre otros, a Fidel Castro. Al líder caribeño le llamaba “compañero” y de él conservaba desde hace más de medio siglo una boina verde oliva. “Me la regaló Fidel cuando le conocí en Cuba. Yo allí trabajé como traductor de los militares soviéticos”, relataba y enfatizaba la narración: “Tras darme esta boina, ya no llevó más. Empezó a ponerse una especie de gorra con visera. Es decir, me dio su última boina”.

Nacido el 14 de octubre de 1927, fue hijo del carpintero salmantino Manuel Gregorio y de la ama de casa Josefa Rodríguez, de Zamora. Siempre recordó la despedida de su madre y una hermana en el atracadero de Santurtzi. Tenía 9 años. “Lloramos, pero nos consolaban con que iba a ser para unos meses y mira? Ha sido toda una vida. Nos sacaron mientras bombardeaban Bilbao”, evocaba Nicolás. Aquel mozalbete tuvo que esperar 31 años para volver a abrazar a su madre, aunque solo por unos días.

El de la calle Tendería almacenaba imágenes perennes de aquellos ataques aéreos fascistas contra población civil. “Un día iba yo por la calle San Francisco, a la altura del Cine Vizcaya de entonces. Al ir a cruzar por un puente que por abajo pasa el ferrocarril, vi caer una bomba a un lado. En esos días sonaban las sirenas, los aviones?”, agregaba siempre esperando una llamada de periodistas para lamentar aquella guerra.

Con mar y tierra de por medio, ya lejos del odio de los sublevados contra la República, en Burdeos, a él y a unos hermanos suyos les subieron a otro barco y les trasladaron a Leningrado, hoy San Petersburgo. Más adelante, le enviaron a una ciudad del Mar Negro hasta que en 1941 estalló la Segunda Guerra Mundial y fue evacuado a una localidad del Volga. En 1945, acabado el conflicto internacional, asentó su residencia en Moscú, donde se casó con una rusa de la capital que murió pocos años atrás. No tuvieron descendencia.

Después de tres décadas, años de continuo crecimiento y superación personal en un país con un idioma tan diferente, Nicolás recibió una invitación de su madre para que la visitara en Bilbao. Corría 1968. No dudó a pesar del duro y largo periplo. “Yo tenía las caras de mi madre y de mi padre en la memoria. Intactas, aunque hubieran pasado 31 años. Vivimos un encuentro emocionante y pesado porque nos separaron siendo un niño”, remachaba. Volvieron a verse cinco años después y tuvieron tiempo para una tercera vez. No pudo ser una cuarta por “culpa financiera”. Poco después su madre murió.

Del Athletic y sindicalista Hay quien, a día de hoy, saca la conclusión de que Stalin no permitió que volvieran a la España de Franco, lo que hizo de ellos “huérfanos con padres vivos”. Sin embargo, Nicolás prefería no entrar en esas cuestiones cuando le preguntaban sobre ello. Aseguraba que nunca participó ni quiso entrar en política, sin embargo, quizás no fuera la verdad completa. Este seguidor del Athletic fue sindicalista, sin citar siglas alguna, aunque sí se mostraba más militante en el documental Los españoles rusos, editado por el Centro de Producción Katalina, en el que fue protagonista junto a otro hombre y una mujer del Centro Español.

En él, el bilbaino relataba orgulloso que sirvió de traductor a los militares soviéticos y en una ocasión llegó a traducir, incluso, al dirigente revolucionario comunista Fidel Castro. La hemeroteca de un periódico recoge el momento. Fue durante la recordada Crisis de los Misiles en Cuba, conflicto entre Estados Unidos con la Unión Soviética y Cuba, en octubre de 1962. En Rusia, es conocida como Crisis del Caribe y en la isla americana como Crisis de Octubre.

Allí estuvo Nicolás cuando el militar centroamericano visitó a los rusos. “Yo, entre soviéticos tanquistas, explicaba a Fidel Castro lo que decía el jefe de la unidad”, se explaya en el interesante documental. “Nos educamos -afirmaba voluntarioso en la película- en la Unión Soviética como patriotas. La Unión Soviética tuvo mucho de positivo, que hoy se ha perdido. Decíamos: ¡Todo para el frente, todo para la victoria!”.

El pasado lunes falleció en Rusia, tierra que le acogió siendo un niño que huía de la guerra.