La satisfacción de llevar la ikurriña a lo alto del Kolitza
Balmaseda. El sonido del txistu por la calle La Cuesta de Balmaseda anunciaba la llegada de sus amigos para compartir celebración. Un regalo de reyes que cada 6 de enero Tomás Tueros acogía con la txapela puesta, en compañía de su familia y siempre vital y sonriente, dispuesto a unirse a los cánticos. Así fue también en su último y centenario cumpleaños. Como todos los años, pidió que plasmaran la celebración en fotografías que luego cerraba en un cajón.
Ese cajón guarda hoy el testimonio de una vida consagrada a los suyos y al compromiso con unos ideales. A decir de su familia, si hubiera tenido que escoger, seleccionaría entre las primeras la imagen de la ikurriña ondeando en la ermita de San Roque de Kolitza por primera vez después de la dictadura en el verano de 1976. Representaba el triunfo de su afán por mantener viva la llama de Euskadi durante aquellos difíciles años.
De hecho, participó activamente en la creación del primer batzoki del municipio y hace diez años asistió en un lugar preferente a la inauguración del actual. Momentos que adquirían un valor especial a la vista de los sufrimientos padecidos en la Guerra Civil.
En 1936 la vida le sonreía. Recién casado en el mes de abril de ese mismo año, se disponía a iniciar una vida en familia. Sin embargo, el estallido del conflicto le llevó a integrarse en el batallón Muñatones. Fue apresado y enviado a las cárceles de Bilbao, Basauri y Miranda de Ebro sucesivamente. Entre rejas se perdió los primeros meses de vida de su hijo mayor, que su mujer, Petra, le acercaba a la prisión siempre que podía.
Rara vez compartía con sus seis hijos los duros recuerdos de aquella época, pero sí lo hacía con sus compañeros gudaris de los batallones Muñatones y Abellaneda en las reuniones anuales celebradas en Güeñes. A una de ellas acudió el lehendakari Leizaola, junto al que aparece retratado en otra de sus instantáneas más queridas.
Al terminar la guerra regresó a la agradable rutina en Balmaseda. A pesar de su implicación con todos los eventos locales, Tomás Tueros no nació en la villa, sino en el también municipio encartado de Ar-tzentales el día de Reyes de 1910.
Segundo de nueve hermanos, pronto tuvo que aportar su granito de arena para sacar adelante la economía familiar. Esa búsqueda de un sustento le condujo a trabajar en las minas de Alen de Sopuerta y en una empresa conservera de Bermeo en la que aprendió a dominar el euskera. Lo hablaba con sus nietos, ya que sus seis hijos no habían podido aprenderlo, algo que le dolió inmensamente.
No sería hasta que pasó a integrar la plantilla del ferrocarril de La Robla cuando se trasladó a Balmaseda. Allí cultivó sus grandes aficiones: el monte, la caza y el fútbol. Vivía con gran pasión los deportes hasta el punto de que a veces su mujer le prohibía entre bromas acudir al campo del Balmaseda F.C. porque terminaba gritando a los árbitros y los partidos del Athletic los seguía con un pañuelo rojiblanco y otro de la Amatxu de Begoña anudados al cuello.
Precisamente, en su último cumpleaños sus nietos le entregaron la camiseta del Athletic con su nombre y el número 100 firmada por todos los jugadores. Pero también le llenó de alregría reconocer a sus amigos en el sonido del txistu. Ahora entonan el Agur Jaunak en su memoria.