Sobre el poder y la justicia poética
Hay quien pide ya el Oscar para Richard Gere, que camina con la soltura de ayer y la frialdad de hoy
Dirección: Nicholas Jarecki (debut cinematográfico). Intérpretes: Richard Gere, Susan Sarandon, Tim Roth, Laetitia Casta, Brit Marling y Nate Parker. Producción: EE.UU. Duración: 100 minutos
EN el pasado Zinemaldia, dos directores, Costa-Gavras y Nicholas Jarecki, radiografiaron severamente al yuppi especulador de nuestros días. En la ninguneada El capital, el veterano realizador puso su foco en la ambigüedad de un hombre que se dedica a la gestión de los bienes de la banca, es decir, de los ahorradores y el jovencísimo Jarecki (El fraude), se fija en un egoísta experto en especulación.
Costa-Gravas se centra tan solo en un hombre, sin necesidad de más subtramas y diseña la deriva moral de un Robin Hood a la francesa. En El fraude, una competente producción a la americana, el joven director de tan solo 24 años necesita más material (un guión más dosificado) para contar el universo financiero del protagonista y su parte más íntima (que no confundamos con humana), aquella que no aparece en su agenda ni en los índices bursátiles.
Al querer contar todo ello, el filme desplaza la dualidad y fragilidad que requería el personaje interpretado por Richard Gere y retrata a un hombre poderoso y frío en lo económico (podría ser un empresario del juego) y se desinteresa por el contexto de la dinámica ciega de las finanzas y la crisis global. Frente a la ambigüedad del personaje principal del filme de Costa Gravas, el que interpreta Richard Gere respira poderío y debilidad. La película prefiere someterse a otras reglas narrativas (su vida íntima y familiar) y enseña el escaparate de la ambición y el poder.
Una de las cuestiones que mejor retratan nuestro mundo podría ser el espacio aéreo. En las dos películas citadas, los aviones simbolizan el no-lugar, como el volátil dinero que viene y va y pervierte todo lo que encuentra alrededor. En el aire, en sus jet privados, toman las decisiones más importantes y juegan a ser Dios.
En El fraude solo una investigación policial podrá poner en jaque al semidiós, a un Richard Gere, incapaz de inmutarse y encantando de haberse conocido. Hablando de medios de transporte, es curioso lo que pasa en una escena clave. ¿Cómo es posible que un coche en particular no tenga airbag?
Pensarán que es algo anecdótico. No lo es. Richard Gere parece inhumano en algunas escenas que requieren un mayor rigor dramático, y créanlo, El fraude tiene drama, algo de tragedia clásica, que retoca a base de estímulos.
Richard Gere se pasea (fíjense cómo anda) sin plantearse mayores dilemas. Tiene graves problemas económicos y personales, pero apenas pierde la compostura ante lo que le pasa. Menos mal que Susan Sarandon (su esposa en la ficción) le pone un poco de contrapunto al embrollo sentimental de la pareja.
El fraude representa un drama financiero y familiar, pero a nivel narrativo funciona como un thriller, fruto de una doble investigación que intentará destapar el turbio mundo creado por dudosos códigos morales. Hay preguntas que no se responden. ¿Quién es y cómo piensa este señor (Richard Gere) que tiene en jaque la economía especulativa y financiera de nuestro tiempo?
Tampoco parece que Richard Gere y Susan Sarandon entiendan a sus personajes ya que públicamente han ligado los males de su sociedad y la de sus personajes al partido republicano de Estados Unidos. Algo de eso tiene El fraude, al representar al malo, al tiburón especulador, como un superviviente en una sociedad competitiva y alegal.
Dentro de esa anormalidad, al director se le va la mano con la investigación policial y nos presenta con brocha gorda un intento de justicia poética. Pero, lo dicho, buenas intenciones, pero poco tacto en un cine de buena factura, con fondo de armario (buena producción) y con pulso. Enseña el escaparate, y remueve la alfombra.
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