Anton Arriola: "Lo más fácil para quien no sufrió la violencia es olvidar"

El ingeniero había salido de la central nuclear de Lemoiz a las 19.45 horas en su Seat 131 de color blanco. Nunca llegó a casa. Dos horas después, su familia recibió una llamada en la delegación en Bilbao del desaparecido diario 'Egin'. "Tenemos a Ryan, de Iberduero", dijo una voz.

14.04.2021 | 10:14
Arriola, con su nueva obra entre las manos.

Comenzó entonces una semana de angustia y esperanza "cuyo desenlace pasaría a formar parte de la historia de la infamia. Desde aquel tiempo mi madre, al despertarse los sábados por la mañana, oía el ruido de una segadora", glosa el escritor vizcaíno Anton Arriola, quien fue vecino del malogrado ingeniero en Unbe. El autor del libro El ruido de entonces valora que la maquinaria del mundo se ponía en marcha con un ronroneo estremecedor, que a su madre le "hablaba de aniquilamiento y desolación como ningún elaborado soneto o discurso pudiera hacerlo. Pero solo existía ya dentro de su cabeza: hacía años que José Mari había dejado de cortar la hierba de su jardín". Al día siguiente del tiro en la nuca, el hijo de Ryan y Pepi Murúa, Pablo, cumplía cinco años.

¿Ha leído la familia de Ryan su libro?
Nada más publicarse El ruido de entonces le envié un par de ejemplares a Pepi Murúa, la viuda de José Mari Ryan. Me escribió una carta agradeciendo el gesto, y en ella me decía que, tal y como yo señalaba en el libro, esperaba que recordar sirviera para que hechos como esos no volvieran a ocurrir.

¿Y antes de la publicación?
Antes de la publicación no tuve contacto con la familia. Como explico en el propio libro, al ir indagando sobre el impacto de la tragedia en mis padres y recuperando mis propios recuerdos, resolví relatarlo desde un punto de vista propio y personal. Recojo también las reflexiones que han aflorado en mi cabeza con el paso del tiempo. De alguna manera, temía que mis propios recuerdos y el punto de vista literario desde el que escribía fueran teñidos por un relato que, sin duda, habría sido más cercano a los hechos, pero diferente en cualquier caso. En este sentido, el libro hace una reflexión sobre cómo se construye la memoria individual y colectiva –el tan traído y llevado relato– y cuál es su papel y su importancia.

¿Novela? ¿Ensayo? ¿Novela-ensayo? Digo esto porque el tomo aglutina por un lado su reflexión real personal y la de su familia sobre aquella tragedia humana, y por otro la historia ficticia paralela que decidió no publicar previamente...
Yo la considero una novela. El género de la novela está visto hoy en día como un cajón de sastre muy amplio, donde cabe casi de todo, también los formatos híbridos. Más que ensayo hablaría de una mezcla de ficción, crónica autobiográfica y crónica histórica. Pero sin trampas: en el libro se van alternando los pasajes de ficción con los de crónica, y el lector sabe en cada momento en qué terreno se mueve. Puede distinguir entre lo que trata de ser verídico y lo que es pura ficción, de manera que tampoco lo incluiría en el genero de la denominada autoficción, tan activo desde hace un tiempo, o de hacerlo, solo en el sentido de que, incluso los recuerdos que creemos más veraces, no pueden evitar un rastro de olvido y de recreación de la realidad. Por enmarcarlo en un género, podríamos hablar de la literatura del yo.

Lo titula El ruido de entonces, pero bien pudiera haber sido Novela urgente para el ingeniero Ryan, porque, aunque suene a paradoja, hace años "ya quise escribir este libro", anota en él.
Desde hacía años tenía estos recuerdos guardados, ya que mi familia y yo mismo vivimos de muy cerca aquella tragedia. Mi primer impulso fue escribir la historia de un hombre inocente atrapado en una encrucijada. También quería reflexionar sobre cómo en nuestras sociedades las posiciones se van extremando hasta hacer imposible la concordia, cuando lo contrario, la razonabilidad y el acuerdo, hubieran sido posibles. En un primer momento pretendí escribir una novela muy pegada a la realidad, entrevistando a la viuda de Ryan y a otras personas que lo vivieron todo de cerca. Empecé por mis padres y me encontré con tal muralla de dolor que decidí cambiar de formato. Acabé escribiendo una ficción alegórica en la que no se mencionaba siquiera a los personajes reales ni el nombre de Lemoiz. Estaba basada en el diario del ingeniero Expósito, trasunto de Ryan, pero me parecía que la novela, titulada El hombre sin importancia, quedaba coja, le faltaban los hechos reales, y quizás fuese demasiado pronto para una alegoría pura. Durante el confinamiento reciente decidí incorporar a esta ficción la crónica de los hechos históricos y mi propia crónica autobiográfica. Esta vez sí conseguí que mi madre se involucrara con sus recuerdos, mientras mi padre mantenía su silencio, su muralla de dolor. Creo que salió una estructura de novela original, en la que la ficción complementa a la realidad aportándole un plus de emociones.

¿Siente alivio?
En lugar de alivio diría que me siento más implicado que anteriormente en el ejercicio de recuperación de nuestra memoria, que es un ejercicio individual y colectivo. La escritura me ha llevado a comprender por qué es importante que reflexionemos sobre hechos tan dolorosos, para que no vuelvan a repetirse, para que la memoria haga de guardiana de nuestro futuro. Buena parte de la población quiere olvidar, y es humano y compresible, pero los pueblos que han hecho el esfuerzo de reflexionar sobre sus errores –independientemente de que también otros los cometieran– se han enfrentado al futuro con mayor salud democrática y social.

Han pasado 40 años y puede parecer que son 20 o que sucedió hace 80. Es decir, ¿el terror en el espacio-tiempo es relativo? ¿Olvidamos demasiado rápido?
Lo fácil para aquellos que no sufrimos directamente las consecuencias de la violencia es olvidar. ¿Qué ganamos con recordar?, nos preguntamos. Es algo natural. En Alemania olvidaron el nazismo durante más de veinte años, pero luego, a finales de los sesenta, recuperaron el debate de lo ocurrido y todo aquello parecía muy cercano. Las reflexiones como sociedad llevaron a los alemanes a fortalecer sus principios democráticos y de solidaridad, como se vio por ejemplo en la crisis de los refugiados sirios.

De hecho, aboga por que hace falta "memoria del no olvido".
Esta es una reflexión crítica, probablemente la más importante, que fue emergiendo de la redacción de la novela. Comprendí que no había que tirar para delante cerrando los ojos a lo ocurrido, digamos que "en aras de la reconciliación". Tenemos que recuperar estos relatos, y en especial transmitírselos a los jóvenes, para que algo así, la utilización de la violencia política, no vuelva a suceder. Y creo que los relatos han de ser bienvenidos, todos, pero con un elemento de autocrítica y de búsqueda de un ideal de ecuanimidad. En este caso entono mi propio mea culpa por no haberme involucrado más, en los años duros, en el rechazo de la violencia y en la defensa de aquellos que estaban en el punto de mira. Muchos vivíamos demasiado ajenos a las tragedias. Rechazábamos el uso de la violencia, pero estábamos inmersos en una realidad a la que nos adaptábamos y que aceptábamos como un factor exógeno e inamovible. Tuvimos que reaccionar más fieramente, entender de forma más cabal lo que estaba ocurriendo. De ahí también las referencias en el libro a la conocida conceptualización de Hannah Arendt de la banalidad del mal. Tristemente, a todo nos acostumbramos. Pero hay que luchar contra ello, porque hemos visto que pilares como la democracia, la civilización o la paz son más frágiles de lo que pensamos.

Cita a varios autores, pero yo le citaré uno más. Me ha recordado por renglones a El sentido de la vida, de Victor E. Frankl.
Lo leí en su día. Un relato impresionante de cómo mantener las ganas de vivir y seguir encontrando el sentido cuando se vive un infierno inimaginable, el infierno de los campos de concentración nazis. Hay que tener una fortaleza mental extraordinaria. Lamentablemente no está al alcance de todos. Otros intelectuales como Stefan Zweig o Walter Benjamin no pudieron asimilar el conocimiento del horror nazi y se suicidaron.

Dice en las páginas del volumen, publicado por Erein: "No quería un libro de ETA; quería un libro de Lemoiz" en su contexto familiar de Unbe, "un espacio de libertad".
No me interesaba tanto la idea de tratar el tema de ETA, en el que es difícil salirse de un esquema de culpables y víctimas, porque ocurrió lo que ocurrió. Pero en el caso de Lemoiz había más ángulos, la sociedad se involucró por la fuerte oposición a la central y había también más culpabilidades, como el hecho de construir una central nuclear a quince kilómetros de Bilbao. Se contrapuso economía y salud física, como ahora con la pandemia. Por otro lado, era una historia que había tocado a mi familia muy de cerca.

Los dos ingenieros a los que tanto cita en la parte novelada y en la reflexiva –en realidad es el mismo- tienen algo en común: no les interesa la política.
José Mari Ryan tenía un profundo amor por esta tierra, pero no era un hombre político. Quizás en este país las cosas han estado demasiado politizadas demasiado tiempo. Las generaciones jóvenes se han liberado de ese yugo, esperemos que no lo hagan en exceso.

Ese hombre era, según usted, "un objetivo fácil".
No tenía personal de seguridad asignado y viajaba casi todos los días de la central en la cala de Basordas a la urbanización del monte Unbe, un trayecto por carreteras solitarias donde era muy fácil preparar una emboscada.

Poco después afirma que a las personas de su generación "no les interesa la Guerra Civil". ¿Qué quiere decir con ello exactamente?
No digo que no les interese en absoluto, sino que no es una referencia política importante para la mayor parte de mi generación. Se puede decir que la conflagración estaba emocionalmente superada. En los últimos tiempos se ha vuelto a hablar mucho de la Guerra Civil, curiosamente, por generaciones más jóvenes. Mi punto de vista es el siguiente: para apoyar al nacionalismo vasco –y lo mismo vale para una posición de izquierdas– no hace falta echar mano de las tropelías cometidas por los franquistas como vencedores de esa guerra. Mis dos abuelos fueron represaliados por su cercanía al nacionalismo, pero en mi casa nunca se ha hablado ni de rencores ni de venganzas.

El tiempo del aislamiento por Covid-19 le llevó a poner las cosas en orden, ver que llegaba la efeméride del asesinato, y teoriza que somos "yonquis de la inmediatez". ¿Somos títeres humanos sobreviviendo a la tecnología?
Como digo en el libro, "necesitamos absorber en tiempo real un flujo inconmensurable de información, noticias, modas e innovaciones de todo tipo, junto con la miríada continua de experiencias ajenas y propias". Eso conlleva frustración, la sensación de que nunca es suficiente, de que quedamos rezagados. Peleamos contra nosotros mismos y la felicidad está en otra parte, alejada de todo ese ruido exterior.

Y va, incluso más allá en el libro: "Somos cobardes a la hora de la verdad", enfatiza.
Hay un juego a lo largo de todo el libro sobre el cuál debe de ser el grado de nuestro compromiso social. Hay que hacer frente a las injusticias, aún a riesgo personal, pero también medir el grado de respuesta y las consecuencias, evitando alejarnos de los principios éticos. ETA reacciona ante el franquismo, es un movimiento idealista, pero se convierte en sanguinario y no sabe parar. Entonces es la sociedad en su conjunto, o al menos buena parte de ella, la que falla, ya que no se enfrenta con la suficiente fiereza ante esta nueva tiranía.

Recuerda a la letra de una canción que decía: Y la peor palabra es la que no se dice, pactar con el silencio, cuando debemos gritar. ¿Se siente reflejado en ese espejo?
En Alemania se acuñó un término, Mitläufer, para designar a aquellos que siguen la corriente. Se aplicó, en los procesos de desnazificación de la posguerra, a la mayor parte de la población investigada, aquella que no tenía responsabilidades directas: su pecado más evidente había sido el no defender a los judíos y otros perseguidos, hasta entonces parte integrante de la sociedad. Muchos de nosotros, salvando las distancias, también fallamos: nos sumamos a una corriente de banalización del dolor ajeno y de incapacidad para la empatía, aceptando la existencia de bandos enfrentados. Como digo en el libro, nuestras tripas se revolvieron más con las ofensas a nuestro pueblo que con la sangre de los guardias. En gran medida, era como si no fuera nuestro problema; sí lo era, y esa sangre debería haber pesado más sobre nuestra conciencia.

En escasos meses ha publicado dos libros muy diferentes: el que nos ocupa y El diario de Joseph Barath. Nos encontramos en El ruido de entonces más con un cronista que con un literato. ¿También lo estima así?
En El ruido de entonces se mezclan el cronista y el escritor de ficción. La alegoría del ingeniero Expósito, trasunto de Ryan, tiene mucho peso en el libro. También en El diario de Josef Barath había algo de crónica histórica, sobre el periodo de entreguerras, pero evidentemente este es un libro diferente.

Su forma de escribir es totalmente opuesta: en El diario de Joseph Barath estamos ante unos párrafos muy estudiados, con un lenguaje más culto y cuidado. En el de Ryan los adjetivos sobran.
Es una crónica más descarnada, una escritura menos barroca, a la que se le ha extirpado lo superfluo. Diría que el lenguaje utilizado es, de hecho, más estudiado y cuidado que el anterior.

También repasa por encima otros hechos históricos ocurridos aquellos días: la dimisión de Suárez o la primera visita de los reyes españoles a Euskadi. ¿Hicieron sombra a la muerte de Ryan y de otros compañeros de la central?
Sin duda. Eran unos tiempos muy convulsos, un carrusel de muertes y eventos que hacía que la actualidad se convirtiera en algo casi lejano en cuestión de pocos días. La semana siguiente a la muerte de Ryan, el 13 de febrero, muere Joseba Arregi tras ser torturado por la Policía Nacional. Las calles se vuelven a llenar de manifestaciones de protesta, en este caso por el asesinato de un miembro de ETA. Yo fui con mi familia tanto a una como a la otra. Diez días después, el 23 de febrero, se produce el golpe de Estado.

Cita en el libro a Fabián Laespada, con quien conversa en euskera para actualizar el dominio del idioma.
Fabián es un referente para mí. El objetivo de la recuperación de la memoria es construir una sociedad más democrática y civilizada y evitar que hechos similares vuelvan a ocurrir. A las víctimas hay que tratarlas con todo el cariño y respeto, y con esa solidaridad que faltó entonces. En este libro intento hacerlo en el caso concreto de José Mari Ryan y sus familiares. Por otro lado, abogo por la utilización del concepto de falibilidad frente al de culpabilidad (más allá de las culpabilidades penales y políticas). Podemos decirnos: Yo fallé, porque no hice suficiente o porque ahora entiendo que mi posición, derivada de las inercias que fueran, no era éticamente correcta o no lo suficiente. ¿Soy culpable? No tiene mucho sentido plantearlo en esos términos. Las circunstancias nos llevan, y como seres humanos y como sociedad somos falibles, así que debemos ser conscientes de ello y reflexionar sobre el pasado para aprender. Creo que este enfoque puede servir para aproximar posiciones.

Su madre, la exsenadora Inmaculada Boneta, dio origen al título de este libro: El ruido de entonces. Resúmalo, por favor.
José Mari Ryan era muy aficionado al jardín, y los sábados por la mañana, temprano, solía cortar la hierba. Mi madre se despertaba muchos sábados con el ronroneo de la segadora. Lo mataron un viernes y la mañana siguiente, tras haber dormido un par de horas, se despertó con ese mismo ruido. Pero ya solo existía dentro de su cabeza. A lo largo de los siguientes años, muchos sábados se despertaba con el ronroneo. Era el síntoma de una enfermedad del alma. Con el libro he querido recuperar el ruido que nos llega de entonces, de aquellos tiempos tan trágicos. El ruido de entonces es el de la segadora, pero también el de nuestra memoria.

Hay un dato que estremece: A la frase "un tiro en la nuca" continúa otra que finaliza con "su hijo Pablo cumplía cinco años al día siguiente". ¿Cómo se supera todo eso? Porque asimilarlo será imposible...
No sé cómo se supera, pero supongo que pensando en los seres queridos que todavía están en este mundo y en que hay que tirar para adelante.

Su padre también era trabajador de Iberduero. Insiste usted en varias ocasiones en el libro que una central como Lemoiz no era segura, a pesar de las estadísticas.
Estoy seguro de que Lemoiz como central contaba con las medidas de seguridad pertinentes, porque Iberduero era una compañía de primerísimo orden a nivel técnico. Lo que no era seguro ni admisible es su emplazamiento, a solo quince kilómetros en línea recta de Bilbao. 

PERSONAL
Nacimiento: Durango (Bizkaia), 1967.
Formación: Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad de Deusto y MBA por la Universidad Luigi Bocconi.
Trayectoria: Tras pasar su infancia y juventud en Bilbao, vivió en Milán, Nueva York y Londres, siempre en un entorno empresarial. Debutó en las letras con Rjukan (2014). La travesía del Voga (Premio de Narrativa Playa de Ákaba 2015), En negro y la gata, El caso Newton y El diario de Joseph Barath fueron sus siguientes entregas. Ahora ha lanzado El ruido de entonces.
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