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El certificado, un relato de Javier Gamboa

01.05.2021 | 01:07
El certificado, un relato de Javier Gamboa

En la sociedad actual, el móvil se ha convertido en algo imprescindible en nuestras vidas y ha pasado a ser el Gran Hermano. Nos hemos empeñado en ponernos a nosotros mismos un localizador voluntariamente

EL sol desvergonzado de abril se filtra a hurtadillas por los ventanales del ático. Como la mayoría de las calles de Bilbao, 2 de mayo sube desde el borde de la ría hacia alguna parte. En este caso, rumbo a lo que fueron las minas de Miribilla. Los edificios olvidan la pendiente y se mantienen tozudamente perpendiculares al plano de la corriente que oscila entre el mar y tierra adentro. Al revés que los borrachines y yonkies, que bajan por las aceras a trompicones, empujados por sus propias cuitas y la ley de la gravedad.

Txetxu Ariza silba I walk the line de Johnny Cash. Se acompaña manteniendo el ritmo con los pies descalzos. Cocina en su Fagor de dos fogones y horno. La herramienta de un single. Acaba de sellar las carrilleras de vaca en la carmela. Fuego muy vivo, un brochazo de aceite de oliva virgen y sal gorda. Sobre la tabla de picar aguardan tres pequeñas zanahorias fileteadas, las chalotas, dientes de ajo aplastados, media cebolla roja, medio morrón y un tomate pelado y sin semillas. El rubirosa de la pimienta negra. La tacita con sal gorda. Una cayena. I keep a close watch on this heart of mine. I keep my eyes wide open all the time. I keep the ends out for the tie that binds. Because you're mine, I walk the line.

Dos palmadas para cambiar a la siguiente estrofa. Le gusta su ático. Pequeño. El equivalente a un sexto sin ascensor. Una putada. Pero qué terraza. Desde 2 de mayo se distingue la espalda del Arriaga y el arbolado del Arenal casi hasta el Ayuntamiento. Una cerveza recién abierta y un cigarro, por muy arrugado que salga del bolsillo, contemplando el irregular mar de tejados rosas, rojos, ocres del Casco Viejo supone una gran manera de acabar bien el día. Pero este estaba empezando.

Una cucharada de aceite de oliva al culo de la cazuela. Vamos con la verdura excepto el ajo. Meneamos con una pala de madera con los lados ennegrecidos por el calor. El ajo, mejor en cuanto la cebolla esté bien blanda. De otro modo, se quema y perjudica la salsa. ¿Dónde se esconde la botella de vermú añejo? Un chorrito le vendrá bien al conjunto. Harina. Harina blanca tostada para ligarlo todo. ¿Dónde carajo? Mmmm.

El timbre asimétrico. Un ding dong resacoso y molesto. No se trata del portero automático. Es arriba. La puerta del piso. Txetxu piensa que, al menos, le ha pillado vestido con un pantalón de chándal viejo y la camiseta gastada del Katu Zaharra. Podría encontrarse en calzoncillos. Resulta engorroso vestirse a toda prisa. Pero hoy espera visita.

El detective guarda siempre una pala corta colgada junto al quicio de la puerta, donde no se ve. Una pala corta es cosa seria comparada con cualquier objeto contundente, incluida una llave de perro. Ariza ha defendido con obstinación que los que van por ahí con un bate de beisbol no tienen ni idea de qué se trata cuando surge la necesidad de sacudir a alguien. Con la pala corta ni siquiera es preciso cascar fuerte. Además, la pala ocupa menos espacio. Se puede transportar en una mochila tirando a pequeña y, si la mala suerte quiere que un madero te pregunte, vas al frontón del Club Deportivo. Con un bate de beisbol en Bilbao, ¿adónde vas?

Ariza pega el ojo izquierdo a la mirilla. Un tipo vestido de negro. Con botas de mensajero, pantalones de mensajero, cazadora de mensajero, casco jet negro, perilla con bigote y un sobre en la mano. El expolicía municipal sondea. Emplea una voz despreocupada. Casi meliflua.

—¿Quién es?

—¿José Ariza?

— Síííí. Aquí.

—Correo certificado.

El tipo levanta el sobre en una mano y un bolígrafo en la otra. Ariza lanza el anzuelo.

—No me lo creo. Seguro que cuando abra me sacas una tablet y un móvil y te empeñas en venderme un nuevo contrato de gas, electricidad o telefonía. Paso. A no ser que me enseñes un móvil normal.

—No llevo tablet. Ni móvil.

—Venga, enséñame el móvil o no te abro.

—Le juro que no llevo.

—Buenoooo. No importa. Abro y me das el certificado. Pasa.

El detective entorna la puerta ligeramente. Mantiene su corpachón detrás. Cierra su mano derecha con fuerza sobre el pomo. Tararea I walk the line. Cuando el mensajero ha comenzado a dar un paso hacia el interior, Ariza empuja la puerta como un pistón. Un latigazo. El canto de la plancha acorazada golpea de lleno en el casco del otro a la altura del parietal. Suena a calabaza rota. Le agarra del pecho y, de un empellón, lo mete en casa. Cierra. Un upper de derecha alcanza al aturdido intruso. En toda la pera. Sienta al guiñapo en la mecedora.

Ariza apaga los fuegos. Por nada del mundo debe quemarse la cebolla. Y menos, carbonizarse las carrilleras. Con bridas, fija las muñecas del intruso a los brazos de la mecedora. Le quita los restos del casco como los cascarones de un huevo roto pegados al cartón de la huevera. Es joven, unos treinta años. Por los tatuajes, pasó por la BRIPAC. Un duro. Imprudente. Con poca experiencia en labores de este tipo. Calza una Glock semiautomática metida en la bota. Un estilete en el bolsillo izquierdo. Un puño americano en el derecho. Y un táser. Un pastón en chatarra. Nunca vienen de más para la colección. Esta vez pita el portero automático.

—Hola Txet,xu. Soy Iñigo.

—Aúpa, Iñigo. Mira, no puedo bajar aún. Estoy liado con las carrilleras. Hazme un favor: vete a la vinoteca de Ruiz, en la calle Hernani. Coge un par de botellas de Habla del Silencio y que las carguen a mi cuenta.Y un vermú rojo añejo, el que te recomiende. Espérame en el Nervión, ahí en la esquina. No tardo nada.

Los chicos como Iñigo nunca traen vino. Y menos del bueno. Le hubiera sorprendido que aquel viniera con un regalo.

La situación requería una charla, breve, con el invitado sorpresa. Debía saber quién le mandaba y deducir la razón para poder atajar la amenaza. Al mensajero le motivó bastante la simple explicación de lo que el canto de la pala corta podría lograr con su dentadura. "La cirugía plástica te va a costar una fortuna", fue lo último que dijo Ariza antes de que el otro se decidiera a largar. Lo había contratado una mafia de trata de blancas que Ariza había puesto en bandeja a los de la comisaría de extranjería de la Nacional. Lo recordaba bien, fue un trabajo particular para una cliente. Haría una visita a quienes andaban por la calle con la condicional, para dejar las cosas claras y evitar más recaderos.

Pero eso sería más adelante. Ahora, Ariza tenía una cita. Iñigo le comentó que un tipo pálido, vestido de motero, pero extrañamente sin casco, se había tomado dos orujos blancos de trago en el Nervión antes de salir corriendo. "Algo raro le había pasado, fijo". Txetxu se rió. "Este barrio es así".

Cuando hubieron terminado las carrilleras y la segunda botella de vino, Ariza pinchó un vinilo de Johnny de Cash en el tocadiscos. Y habló.

—¿Sabes que los funcionarios de Correos nunca entran a un domicilio particular? ¿Y que hoy en día los asesinos a sueldo jamás llevan un móvil al trabajo? No quieren. Suelen acumular antecedentes. Y la policía les pillará siempre por la mera triangulación de la señal de las antenas de telefonía. Es el Gran Hermano. Nos hemos empeñado tanto en ponernos un localizador a nosotros mismos. Voluntariamente. Por cierto, Iñigo, ¿tú has traído móvil.

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