Críticas de cine

26.11.2021 | 11:48
Fotograma de La Hija.

Niños prestados


LA HIJA
 
Dirección: Manuel Martín Cuenca. Guion: Manuel Martín Cuenca y Alejandro Hernández. Historia: Félix Vidal. Intérpretes: Javier Gutiérrez, Patricia López Arnaiz, Irene Virgüez, Darien Asian y Sofian El Benaissati. País: España. 2021. Duración: 122 minutos.
 

MANUEL Martín Cuenca cultiva evidentes virtudes y con ellas ha conformado un singular y reconocible verbo cinematográfico. Sin embargo, por diferentes razones, su figura y su obra no ocupa el lugar del escaparate que merece orillado por nombres de menor interés pero de mejores envoltorios. Eso le pasó en la última edición del Zinemaldia, donde se le dejó entrar en la sección oficial, pero se le negó el derecho a competir por la Concha de Oro.

Probablemente no hubiera recibido nada de un jurado demasiado obsesionado con restañar heridas eternas, pero el caso es que su filme coloca en la pantalla una obsesión anclada a un tema inagotable e inagotado y también vinculado a la mujer: la maternidad. Da igual, los premios abonan la vanidad de sus autores y estremecen a los traficantes de sueños pero nada aportan a la calidad, interés e incluso reconocimiento de lo que llevan dentro. En el caso de La hija, el filme desarrolla una pantanosa historia y ratifica el libro de estilo de su narrador.

En La hija, Martín Cuenca vuelve a llamar a Javier Gutiérrez, un actor de registros poliédricos y de aspecto discreto, capaz de representar todas las piezas de un ajedrez con la misma e inequívoca sensación de sencillez. Si en El autor (2017) bordaba un ensayo sobre la creatividad, el talento y el reconocimiento, en La hija se reflexiona y se especula con lo que el cine del director almeriense lleva haciendo desde su origen.

En torno al síndrome del nido vacío, no porque las crías hayan volado sino porque nunca han nacido, se escenifica el camino hacia la perdición de una pareja de mediana edad, sin posibilidad de procrear. Ambos están dispuestos a tener un bebé a cualquier precio.

Y de eso va La hija, del precio que se pagará para resolver ese nudo angustioso sobre el que se cimenta la película. Como en Caníbal, (2013), los espacios abiertos y los personajes discretos marcan las lindes de un vía crucis que se desarrolla con parsimonia. A Martín Cuenca le gusta cocer a fuego lento sus melodramas. Ni se da prisa, ni busca impactar al público con sobresaltos. La violencia, siempre presente, siempre contenida con mordazas que saltan como picaduras de escorpión, se ve venir a cámara lenta. Y ese paso suave, quedo, redunda en su innecesaria irrupción. ¿Se evitará finalmente, o no?

Ubicada en el Jaen de laberintos rurales y extrema soledad, "La hija" representa el desvarío de un educador social decidido a coser una herida abierta. Cuenca lo retrata como un profesional competente, sabe tratar a los adolescentes a su cargo, tiene empatía y derrocha humanidad. Es un profesional casi perfecto pero... Martín Cuenca, desde aquel ensayo documental titulado El juego de Cuba, gusta conjugar el tiempo verbal hasta vaciar su sentido y desnudar su significado. De lo antagónico hace dialéctica. Entre juzgar y tratar de entender opta por esto último. En La hija, un filme en cuyos recovecos parece sustanciarse la sombra de La buena estrella de Ricardo Franco, le traiciona la tensión interior y le pierde la distancia emocional.

De todos los personajes inmersos en esa espiral de pesadilla y muerte, es el de Patricia López Arnaiz quien carga con lo silencios más molestos. En su voluntad de dar cuerda a sus personajes, en su deseo de regatear las obviedades y desterrar la concesión sentimental, la frialdad habitual de la prosa de Martín Cuenca alcanza aquí temperaturas de congelamiento. Pese a ello y por ello, en determinadas secuencias, La hija perturba al espectador y reivindica la autoría de un cineasta comprometido. Cuenca elabora con aparente facilidad sacudidas repentinas que llenan de zozobra al público. Pero como en todo su cine, no se trata de impresionar por la vía del sentimiento, sino de presionar por la vía del intelecto.

Cara a cara


ÚLTIMA NOCHE EN EL SOHO (LAST NIGHT IN SOHO)
 
Dirección: Edgar Wright. Guion: Krysty Wilson-Cairns y Edgar Wright. Intérpretes: Thomasin McKenzie, Anya Taylor-Joy, Matt Smith, Terence Stamp, Diana Rigg, Rita Tushingham. País: Gran Bretaña. 2021. Duración: 118 minutos.

 

PROBABLEMENTE habrá miradas que juzguen este filme como una ocurrencia disparatada y altisonante; un gesto nostálgico de vocación gore y pretensiones de autor, que se complace en resucitar ciertas prácticas del cine de terror proveniente de los años 60. No les falta razón, pero hay bastante más que eso.
 
En los claroscuros de ese Soho de ayer y de hoy, entre sus sombras, sobresalen dos libros de estilo. Uno de origen polaco, porque este filme algo debe al inquietante Polanski; el otro, italiano, porque mucho sabe del delirante Argento. Pero si uno se abisma un poco más, no verá dos referentes, sino una multitud. 
 
Egdar Wright abre sus puertas y ventanas para que entre todo lo que le interesa. Y lo que le interesa es mucho y bueno. Y como el Soho está en Londres mucho hay de Michael Powell, solo o en compañía de Emeric Pressburger, y del mismísimo Hitchcock. Tampoco está de más señalar ecos y reflejos del Bergman más oscuro, ese en el que casi nadie piensa sin reparar en que fue el más valioso de todos.
 
Última noche en el Soho arranca con aires de cuento costumbrista, de película teenager para espectadores con mas acné por emerger que libros leídos. No hay un sombrerero loco pero el mismísimo Lewis Carroll hubiera prestado atención a este relato que comienza con una despedida. Aquí la abuela se queda en casa. El peligro no está en el bosque sino en la gran ciudad, en el Londres de hoy donde una huérfana de padre y madre llega para cumplir sus sueños de éxito: ser una modista famosa. El lobo acecha por todos los lados y en su camino se produce un desdoblamiento onírico, fantasmal. Esta Caperucita/Alicia se refleja en el espejo de sus sueños con otra que vive en el tiempo que ella idealiza, el Londres de los años 60. Pero no hay tiempo ideal, solo tenemos la hora del miedo y el misterio. Y eso acontece en un filme extraño. A menudo insinúa perderse en el exceso. Pero Wright equilibra su tendencia al espejismo con un férreo pulso narrativo. Con él domina el relato y con la ayuda de sus dos principales actrices sale a flote de todo ello. Ellas son el Cara a cara de un destripador vengativo.
 

El ojo del vecino

 
LA PUERTA DE AL LADO (NEXT DOOR)
 
Dirección: Daniel Brühl. Guion: Daniel Kehlmann. Intérpretes: Daniel Brühl, Peter Kurth, Aenne Schwarz, Rike Eckermann, Gode Benedix, Vicky Krieps y Mex Schlüpfer. País: Alemania. 2021. Duración: 92 minutos.

 

DANIEL Brühl, como Javier Bardem o Gael García Bernal, se ha convertido en uno de esos actores emblemáticos de su país de origen al que siempre que se proyecta una superproducción con un reparto coral tipo Unesco, se les incluye en el reparto. Inevitablemente se cuenta con el(los) para sostener esos desvaríos con sed de globalidad y avidez de ingresos multimillonarios. Se diría que sus rostros devienen en franquicias, en reclamos bien pagados que, por ese mismo privilegio, asumen participar en títulos insustanciales. Se convierten en carne de mainstream sin reparar en que se condenan a ser polvo del olvido.
 
De vez en cuando estos actores -que no son ni malos ni tontos-, deciden impulsar proyectos que les rediman de tanta interpretación mercenaria. En esos casos, como éste, hacen de todo. Brühl, sí, el protagonista de Goodbye Lenin, dirige, protagoniza e impulsa esta obra de estructura teatral y espacios cerrados. Todo acontece en un bar, en una conversación entre dos vecinos. Uno, proyección del propio Brühl, se presenta como un actor de éxito. Le vemos preparándose para convertirse en uno de esos personajes Marvel, cada vez más estereotipados, cada día más anodinos. Su vecino, una presencia gris en la que nadie repara, se descubre como ese ojo omnipresente que todo lo ve, que lo sabe todo. Poco a poco le desvela un espejo insufrible donde la verdad del cretino en el que se ha convertido ese actor famoso, amenaza con desnudar al mono patético en el que parece haberse convertido. 
 
Su arrogancia puesta de manifiesto con sus espléndidas propinas, toda consumición la paga con billetes sin vuelta de 20 euros, se pondrá a prueba ante ese discreto y mediocre vecino cuyo control de su vida nos lleva a evocar al oscuro agente de la Stasi de La vida de los otros. De ahí, de esa angustia tan existencial como germana, emana una sensación de vulnerabilidad ante quien ve violada su intimidad. Brühl se enfrenta a su primera película como director, con un filme íntimo, pequeño, de pocas mimbres pero dispuesto a ser riguroso. Se reivindica como realizador, pero fuerza el histrionismo del actor. Eso hace del filme una extraña, sugerente e irregular parodia sobre la fama pública, la soledad interior y el fracaso íntimo.
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