Carlos Areces: "Mi personaje en 'El pueblo' es creativo, pero para hacer el mal"

Hace dos semanas que los espectadores de telecinco han llegado a 'El pueblo', una serie que en clave de humor relata el éxodo de la ciudad al campo. Un puñado de personajes quieren otra vida, mientras que algunos buscan esconder miserias y corruptelas lejos de la gran urbe.

30.09.2021 | 10:28
Areces, caracterizado como el detestable Juanjo en la serie 'El pueblo'.

Carlos Areces mira al pasado con cierto halo de nostalgia. Es uno de los cómicos que se hicieron famosos con La hora chanante, un programa que conquistó hace veinte años a los espectadores. Aunque nacido en Madrid, fue en la Facultad de Bellas Artes de Cuenca, en la que estudió, donde coincidió por primera vez con Ernesto Sevilla y el resto de sus futuros compañeros de tan rompedor espacio humorístico, aunque no fue hasta que se reunieron de nuevo en la productora Paramount Comedy, recién llegada a España en torno al año 2000 y con canal propio, cuando trabaron amistad. Ahora está centrado en uno de sus últimos trabajos, El pueblo, en el que da vida a Juanjo, sencillamente, un impresentable.

¿Cómo ha evolucionado Juanjo, su personaje, desde que empezó El pueblo?
Afortunadamente muy poco. Juanjo es personaje tremendamente ruin, pero también una pata fundamental en las tramas, porque es un gran desencadenante de conflictos. Mi personaje sigue en su misma línea. Sigue siendo una persona tremendamente desagradable.

Vamos, para mantenerlo lejos.
Es difícil, pero sí. Si yo conociera a alguien así no lo tendría cerca por nada del mundo. No aporta nada a la salud mental de nadie. Juanjo es una persona muy creativa, pero es muy creativa para hacer el mal. Puede divertir en la serie, pero en la vida real sería muy insoportable tener que tratar con él.

¿Le gusta hacer este tipo de personajes?
Son divertidos, porque te ofrecen la posibilidad de ponerte en la piel de alguien que va a provocar muchas sensaciones. Es una persona que se adapta a cualquier lugar, a cualquier clima social, eso sí, para sembrar su semilla del mal, la corrupción. Le pones en el desierto a pleno sol y no le pasa nada, saca beneficios de ello. Él no evoluciona, sigue en sus trece.

Viendo la definición del personaje que usted hace, no se identificará con él, ¿no?
No me gustaría, pero según el concepto que tenemos de nosotros mismos, nadie se sentiría identificado con un cabrón desalmado o con una persona sin escrúpulos. Nadie ve lo malo de uno mismo. Seguramente Hitler tendría una idea estupenda de su persona, y fíjate lo que dicen los hechos y la historia. Al final, nuestra opinión sobre nosotros mismos es tan subjetiva que carece de valor.

También es subjetiva la de los demás.
De acuerdo, pero puedes coger todas las opiniones de los demás y hacer una media. Creo que todos tenemos cosas de Juanjo, y cuando estás con él te pone en contacto con unos aspectos de tu personalidad que conviene tener presentes y controlados.

Así que en el fondo tenemos una parte de seres ruines.
Lo somos en determinados momentos. Nadie puede librarse de un momento de crueldad, de ira o de ruindad. Pero hay que conocerse y controlarse. Yo tengo poca fe en el ser humano.

Ha hecho drama, pero siempre le relacionamos con el mundo del humor. ¿Le hemos encasillado?
Los actores siempre corremos el riesgo de encasillarnos. Al que más y al que menos, le suele pasar. Es cierto que hay gente que me ha dado opciones de probar otras cosas, o incluso de probar dentro de la comedia otros roles. Me ha pasado con películas de Borja Cobeaga, de Álex de la Iglesia o de Ana Murugarren. Sabiendo que la versatilidad total no existe, simplemente por físico no podría resultar creíble en todos los papeles, aunque me gustaría hacer personajes de todos los géneros. Siempre que me den la oportunidad de jugar y probar, yo me apunto a lo que sea.

Dentro de unos meses, en 2022, se cumplirán veinte años de La hora chanante.
Ja, ja, ja... Pues sabes más que yo. Es cierto, comenzó en 2002. Veinte años, madre mía, cómo ha pasado el tiempo. ¡Qué vértigo me da! Es una buena noticia, pero a la vez es una mirada llena de nostalgia por el paso del tiempo.

El tango dice que veinte años no son nada.
Ja. Eso es lo que dice el tango, pero yo te digo que sí es mucho, sobre todo a partir de cierta edad. Veinte años no es nada cuando solo tienes 20 años, pero cuando ya tienes 45 empiezan a ser algo. Te proyectas dentro de otros veinte años y piensas: ¿Cuántos veinte años más me quedarán?

Han pasado casi dos décadas, pero muchos seguimos recordando La hora chanante.
Y me alegro mucho. Tampoco creas que en su día se vio tanto... Sorprende que un producto tan minoritario todavía permanezca en el imaginario colectivo de un grupo de personas.

Antes hablaba de la versatilidad como actor, ¿le gustaría serlo más?
En esta profesión, una vez que has funcionado bien en un género, es difícil que se arriesguen a sacarte de él. Se corren pocos riesgos. Gusta más apostar sobre seguro, y eso nos pasa a muchos.

¿Le gusta apostar sobre seguro, o prefiere las apuestas de riesgo?
A todos nos gusta la seguridad, aunque a veces hagas apuestas que se salen de tu camino. Cuando me dan la posibilidad, y no es a menudo, me gusta jugar con lo desconocido, arriesgar.

Parece que ha dejado bastante de lado su faceta de dibujante...
La verdad es que sí, pero la he dejado con todo el dolor de mi corazón. La faceta de dibujante da para lo que da. Tampoco creas que hay muchos sitios en los que puedas lucirte como dibujante. Sobreviven El Jueves y pocas cosas más. Pocos pueden vivir de dibujar. Puedes presentar un álbum, pero lleva muchísimo tiempo encontrar a alguien que quiera publicarlo. El adelante que te dan suele ser ridículo, no compensa para nada todo el tiempo de trabajo que hay detrás. Y para colmo, tu obra interesa si eres conocido, así que es la pescadilla que se muerde la cola.

¿Ha empeorado la situación?
Sensiblemente. Antes había revistas en las que podías empezar a colaborar, a tantear, y sobre todo a ir creándote recursos, pero todas esas publicaciones han desaparecido. Ahora mismo, una persona que quiera iniciarse como ilustrador y que no sea conocida lo tiene muy difícil. En su día estuve colaborando El Jueves y saqué unos cuantos libros. Lo que ocurre es que a la hora de la verdad compensa tan poco y lleva tanto tiempo... Al menos a mí no me compensa. Hay dibujantes que son más ágiles, pero a mí me lleva mucho tiempo.

Y será difícil de compaginar con su trabajo de actor.
Muy difícil. En el momento en el que empecé a compaginar los dibujos con los rodajes ya fue imposible. Al final tuve que elegir. El dibujo quedó descartado, aunque nunca lo he sacado de mi interior totalmente.

También le dio a la música. ¿Sigue cantando?
Sí. Eso lo hago porque económicamente es factible. La música nació como un hobby, pero mientras haya un grupo de gente al que le interese lo que hacemos en el escenario, lo seguiremos manteniendo. Y en el fondo esa faceta no está tan alejada de mi profesión de actor. Es más, se complementan muy bien.

Ojete Calor es el nombre de su grupo. ¿De dónde surge un nombre tan peculiar?
De una reunión lúdico etílica en un bar de Madrid que se llamaba Doña Pepita. Junto con Aníbal (Gómez), el otro miembro, estuve pensando cuál sería el mejor nombre que un grupo podría tener, y surgieron estos dos términos que eran absurdos e inconexos si los ponías juntos.

El pueblo narra las peripecias de un grupo de urbanistas que huyen de la ciudad y se refugian en un lugar apartada y casi deshabitado. ¿Le gusta a usted este modelo de vida?
Tengo un hándicap para hacerlo, y es que no conduzco, pero sí voy a hablar de la felicidad que sentía los fines de semana cuando me quedaba allí y los demás actores volvían a Madrid. Me salía con mi sillita a leer debajo del nogal con un paisaje de montaña increíble, y veía a los ciervos y a los zorros en la distancia.

Lo pinta demasiado bucólico. ¿No se le hacían largos los fines de semana?
Para nada. Se me pasaba el tiempo volando. Leía y me quedaba atrapado en el paisaje. He descubierto que soy más feliz cuanto más lejos estoy de la gente y del ruido. Al mismo tiempo también diré que si voy a vivir en la ciudad, lo que más me gusta es el centro.

¿Una contradicción?
No. Me gustan los cines, las librerías, los centros comerciales... Me gustan los mejores sitios para cenar y los lugares tranquilos para tomarme una copa. 

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