El Puerto Viejo de Algorta, donde cuenta la leyenda que nació el kalimotxo
Desde su atalaya, el barrio getxotarra de Algorta mira al mar a través de los abiertos ojos de dos colosales estatuas, el arrantzale cargado de aparejos y la neska con el capazo, que representan la vocación marinera que siempre ha tenido
Algorta es uno de los pueblos con mayor encanto de la costa de Bizkaia, con calles empedradas y antiguas casitas de pescadores. Tanto sus zonas alta y baja, como la histórica escalinata, saben mucho del producto-estrella que nació en este suelo, el kalimotxo.
Al hablar de Algorta algunos autores echan de menos una abigarrada historia plena de hazañas y tragedias para definir a uno de los enclaves costeros más encantadores que tiene Bizkaia, un lugar “txikito y bonito” desde el que se disfruta una impagable panorámica con el Abra, la última costa este del territorio histórico (Zierbena, Santurtzi y Portugalete), e incluso el litoral oeste de Cantabria (Santoña, Laredo y Castro Urdiales).
En un principio, su Puerto Viejo era tan sólo un pequeño enclave con una población dedicada a actividades relacionadas con el mar. Sus habitantes, conocedores de los privilegios de las villas de Portugalete y Bilbao, tenían prohibido el comercio directo, por lo que se conformaban con una dedicación mixta que combinaba la pesca de bajura en pequeñas embarcaciones y la ayuda a la entrada y salida de la ría y El Abra a los barcos que se dirigían a Bilbao, siempre bajo la supervisión del Consulado.
Estas limitaciones físicas y legales impidieron que las actividades marítimas del puerto de Algorta alcanzaran un mayor desarrollo y fueran superadas por la capacidad de iniciativa de los experimentados marinos locales, que constituyeron una cantera inagotable en las tripulaciones y oficialidad de todo tipo de buques, así como en la formación de equipos expertos en el salvamento de náufragos.
Arquitectura
Uno de los aspectos más curiosos del Puerto Viejo de Algorta es la anarquía arquitectónica que existe. Por de pronto su orientación hacia el noroeste, ciertamente extraña en nuestras costas. Las casas, generalmente de un piso y algunas con sótano, se apiñan levantándose en espacios mínimos. En ocasiones da la impresión de que están construidas una sobre otra. Aseguran los expertos que esa ubicación se debe a la necesidad imperiosa de defenderse contra el viento de invierno, siempre recio y huracanado en este punto de la costa.
En referencia a Algorta, el historiador Juan E. Delmas dice en su Guía Histórico-Descriptiva del Viajero en el Señorío de Vizcaya, que “el pueblo está formado por casas construidas sin orden alguno de alineación, de tal forma que algunas presentan su fachada principal dando frente a la zaguera de la más inmediata”. A esta descripción hecha en 1894 se le une la que hace de sus habitantes, “hombres de mar casi todos, antiguos capitanes de buques mercantes dedicados a la navegación de las Antillas, del Pacífico, de los mares más apartados y de las costas de Guinea que se retiraban a sus lares después de recoger el fruto de su azarosa profesión”.
San Nicolás al quite
La dedicación preferentemente marinera de la población algorteña motivó el culto a San Nicolás, un santo nacido en Turquía, popularizado como generoso donante de regalos en fechas navideñas, pero que pasa también por ser el protector de los marinos. Numerosas leyendas relacionadas con el salvamento de náufragos se ciernen en torno a esta honorable figura a la que se empezó a venerar en una ermita que aparece citada por primera vez en 1634.
El humilde templo tenía una doble utilización, ya que era lugar de culto religioso y también punto de reunión de la Cofradía de Mareantes de San Nicolás de Algorta, una institución imprescindible en el desarrollo del Puerto Viejo. Estaba construido sobre una roca, al arranque de la calle San Nicolás y constaba de una nave rectangular. No era grande y estaba fabricado en mampostería con sillares en las esquinas. Las juntas de marineros se celebraban en el pórtico para no entorpecer las funciones religiosas que, a la vez, se celebraban en el interior con preferente asistencia de sus esposas.
Con el paso del tiempo, aquel minúsculo complejo religioso y social se trasladó a Etxetxu, un singular edificio, inaugurado el 2 de julio de 1863, que permanece ubicado en uno de los puntos más elevados del pueblo, a espaldas de las estatuas en bronce del arrantzale y la neska. Albergó no sólo el nuevo templo, sino también una nueva escuela y un nuevo ayuntamiento. En la actualidad Etxetxu sigue en pie. Su planta baja se ha cerrado tras el vandálico ataque que recientemente sufrió la pequeña estatua de San Nicolás que preside el local.
El primitivo emplazamiento de la Cofradía de Mareantes de San Nicolás de Algorta pasó a ser Escuela de Náutica gracias a un acuerdo alcanzado con el Ayuntamiento. Posteriormente fue cambiando su morfología según lo requerían las diferentes funciones a las que se dedicó, tales como casa de maestros, calabozo, almacenes, usos sociales, cuartel y comisaría.
Las transformaciones que ha experimentado esta construcción a lo largo de la historia habían alterado significativamente su aspecto original modificándolo casi por completo. El inmueble se había convertido en un edificio de viviendas, hasta que en 2022 comenzó un proceso de restauración integral. Durante este proceso, se ha recuperado la volumetría original del edificio y se han restaurado las fachadas para devolverle su apariencia histórica, tal como lucía cuando era ermita.
El Sireno de Algorta
Tampoco se ha librado de los golpes de mar la curiosa imagen del sireno de Algorta que lucía cuerpo en el mismísimo puerto. Todo empezó cuando el Ayuntamiento de Getxo adquirió la obra Sireno del Río de la Plata, del artista argentino Marcos López, con el fin de crear una figura emblemática.
Tras 15 años de exposición, a principios de 2026, el equipo de gobierno de Getxo tomó la decisión de no restaurar la obra y proceder a su retirada, al considerar «que el proyecto ha cumplido ya su objetivo y ha llegado al final de su ciclo».
Desde 2010, la obra ha mostrado la imagen de un atractivo joven desnudo de cintura para arriba, luciendo una hermosa cola de pescado de cintura para abajo. El principal atractivo visual lo causaba la subida y bajada de marea, que producía un curioso efecto de strip.
Dice una leyenda que fueron auténticas sirenas las que en cierta ocasión se llevaron la obra mediante la acción de un fuerte oleaje. Los fans del sireno, que los tenía, en señal de luto, dejaron de visitar la zona hasta que un buen día la obra apareció en la playa. Las malas lenguas aseguraron que el deplorable estado que presentaba el hombre-pez se debía a las juergas vividas..
Pero el lamento popular por la ausencia del sireno fue un hecho real tras un secuestro en toda regla en el año 2013. Las reacciones del vecindario exigiendo su devolución consiguieron ablandar corazones y la obra fue devuelta sin necesidad de pagar rescate.
Un puerto con sabor taurino
Estos mismos muros del antiguo puerto de Algorta de los que hablamos son el lugar donde antaño se recibía a los pesqueros para la descarga y se repartía la faena. Con el paso del tiempo fue convirtiéndose en uno de los puntos centrales de las fiestas y los más viejos del lugar aún recuerdan su ocasional misión como coso taurino.
Su recia muralla sigue frenando el ímpetu del mar de la misma forma que el viejo mirador y sus incómodas escaleras retan a los embates del tiempo.
La atalaya se encuentra situada sobre una enorme masa de arenisca que ha sido moldeada por los factores geológicos y climatológicos dando lugar a curiosas formaciones que pueden verse en el camino de entrada superior, sobre el popular Parque de Generatxu. En realidad fue una cantera de la que se sacaron componentes para construcciones militares del municipio de Getxo. El antiguo fuerte de Arrigunaga, el Palacio Consistorial y la iglesia de San Ignacio son algunos de estos ejemplos.
La Galea, vigía permanente
Los primeros datos sobre la habilitación de centinelas en la zona de Algorta datan de finales del siglo XVI con la construcción del fuerte de La Galea, aunque todo apunta a que ya en la Edad Media se empleó este emplazamiento como observatorio siendo mejorado posteriormente con distintas construcciones de vigilancia con carácter temporal.
Esta fortificación, levantada a finales del siglo XVII y reparada en 1755 por Juan de Bengoechea, está situada en uno de los más importantes lugares de observación de la costa de Bizkaia no sólo para vigilar el resoplar de las ballenas que se acercaban a la costa, sino también la aparición de las velas de las flotas enemigas, especialmente los corsarios ingleses que merodeaban la costa vasca fuertemente artillados durante la guerra contra Napoleón.
Algorta, la patria del kalimotxo
Allá por 1973 no se escucharon cantos de sirenas precisamente en el seno de una konparsa durante las fiestas patronales de Algorta. Más bien todo lo contrario. Faltaban pocos minutos para que el txupinazo marcara su inicio cuando los encargados del bebercio se dieron cuenta de que el vino que habían comprado para su consumo en los festejos estaba picado. “¡Un desastre!”, gritaba el presidente previendo el caos económico que amenazaba al grupo considerando que el servicio de txikitos era su principal fuente de ingresos. ¡Qué hacer ante semejante e inoportuno drama! La idea la aportó uno de los socios apodado Kalimero: “Mezclamos el vino que tenemos con refresco de cola y hielo, le añadimos un corte de limón para darle un toque exótico y lo servimos en plan exquisito”. Fue un éxito inesperado y dicen que así nació una de las bebidas que hoy tienen más aceptación: el kalimotxo.