Imposible quitarse de la cabeza las imágenes de algunos de los destinos más emblemáticos de Europa completamente masificados, desbordados por el turismo masivo en cualquier época del año: calles saturadas, colas interminables y experiencias que a menudo dejan al viajero más estresado que maravillado. Frente a esta saturación, surge con fuerza un nuevo concepto para viajar: el turismo slow. Esta tendencia propone vivir y recorrer los lugares con calma, descubrir la cultura local y disfrutar de cada momento de manera auténtica y sostenible, ofreciendo una alternativa más enriquecedora, tanto para quienes viajan como para las comunidades locales.
Al final, la elección está en manos del viajero. ¿Prefiere la prisa de tachar lugares en una lista interminable, o la calma de vivir cada destino con atención y respeto? El auge del turismo slow demuestra que muchos buscan experiencias más auténticas, sostenibles y humanas, donde cada paseo, cada comida y cada conversación con los lugareños se convierte en un recuerdo que perdura. En un continente saturado por la masificación, aprender a viajar despacio puede ser la clave para redescubrir otra Europa más plena y consciente.
En nuestra búsqueda y en ese afán por escapar de las aglomeraciones llegamos hasta Mayenne, la joya oculta de los Países del Loira, una región de Francia que engloba el concepto en sí mismo del turismo slow. Así emprendemos este viaje a un destino perfecto para los amantes de un turismo más sostenible que prioriza la calidad sobre la cantidad.
Recorrer los pueblos de este departamento francés, uno de los 83 departamentos originales creados durante la Revolución Francesa en 1790, es un lujo para los sentidos. La calma y el placer de viajar sin prisa pero sin pausa se vive desde el mismo momento en que llegamos al coqueto pueblo de Château-Gontier, a orillas del río Mayenne.
Château-Gontier
Esta villa milenaria figura en la lista de las escapadas más bellas de Francia, ya que conjuga patrimonio arquitectónico con atractivos paisajísticos. Su centro histórico, en la parte alta llena de vida vecinal, con sus calles estrechas rodeadas de palacios, deja entrever un rico pasado, vinculado con el comercio de telas de lino. Pero si hay un lugar idílico en este pueblo para disfrutar cuando cae la tarde, es acercarse paseando hasta sus guinguettes, la típica taberna popular francesa, y dar un paseo por la ribera del río para descubrir la grandiosidad de un edificio que parece salido de un cuento para un pueblo tan pequeño, es el Hôspital et chapelle Saint-Julien.
Sainte-Suzanne
Nos trasladamos en coche en menos de una hora hasta una de las joyas de esta región del Loira y de Francia: Sainte-Suzanne, que cuenta desde 2010 con la denominación de Pueblo más bonito de Francia, el único de toda la provincia y que se suma a los 180 pueblos franceses que pueden presumir de estar en esta lista.
De ello presume el alcalde de Sainte-Suzanne, Michel Galvane, que habla de “acogimiento y turismo inteligente”. Como bien recuerda, la región de Mayenne ha sido desde hace muchos años un lugar de paso para turistas que viajan desde París a Bretaña y Normandía, pasando por Le Mans. Muchos dan ese salto sin parar en Mayenne y sin llegar a descubrir la amabilidad de sus gentes. No en vano, este pueblo medieval cuyo castillo es uno de los más antiguos del Mayenne (siglo XI), recibe al año 350.000 visitantes que disfrutan de luna rica gastronomía y artesanía local además de unas impresionantes vistas de toda la región.
Mayenne
Tras el encanto de Saint-Suzanne nos trasladamos a conocer Mayenne, la ciudad que da nombre a la región, y que conserva un imponente castillo, cuya silueta domina desde hace más de mil años el curso del río. El Château de Mayenne fue sucesivamente palacio carolingio, fortaleza y prisión, y actualmente alberga un museo consagrado a la historia del lugar y a la época medieval, con una extraordinaria colección de piezas de juego de los siglos X al XII. Una curiosidad que no deja indiferente al viajero, no en vano es la colección de piezas de juegos de este tipo más importante de Europa, entre las que se encuentran piezas de ajedrez, dados y juegos de estrategia de batalla. Recorrerlo es un viaje a través de siglos de historia.
Lassay-le-Châteaux
Otra parada obligada en este viaje nos lleva hasta un pueblecito más al norte, en la frontera con Normandía, cuya esencia es la artesanía: Lassay-le-Châteaux. Las tiendas y locales de artesanos dan vida a esta pequeña localidad con un encanto único, en la que no podía falta su espectacular castillo. De hecho, Lassay-les-Châteaux es ahora conocida por su actividad turística en este concepto slow travel, y goza de un importante patrimonio arquitectónico y artístico, lo que le ha llevado a ser uno de los Pueblos con Encanto de Francia.
Sus calles, su jardín botánico, su gastronomía y sus artistas son buena muestra de esta manera de viajar y de vivir experiencias a pie de calle, con la gente del lugar que amablemente invita a cada persona que pasea por sus calles a conocer los locales y los procesos de elaboración de diferentes piezas de artesanía, desde la cerámica a los tejidos o la pintura.
Laval
Nuestro último destino es Laval, la capital de la provincia de Mayenne. Reconocida como Ciudad de Arte e Historia desde 1993, Laval es una ciudad con un compromiso diario en la promoción de su patrimonio. Fundada en el siglo XI, Laval ha sido una ciudad que ha servido de puerta de enlace en el cruce de las provincias de Normandía, Bretaña, Anjou y Maine.
En este enclave privilegiado se erige su castillo. Otro más en nuestra ruta, pero a diferencia del resto, este guarda una peculiaridad única, ya que en su interior alberga el Museo de Arte Naíf y Artes Singulares cuya visita es gratuita y muy recomendable, si bien mejor hacerlo con una guía por la singularidad de esta expresión artística, cuyo máximo exponente fue Henri Rousseau, pintor francés nacido en Laval en 1844.
Pasear y perderse un poco por las calles de Laval es obligatorio, una ocasión ideal para contemplar testimonios de otra época, como pintorescas fachadas con entramados de madera y saledizos, todo ello vestigio de su carácter medieval. Y qué mejor broche para el viajero que un paseo en barca por el Mayenne.
Relax y disfrute
Así las cosas, esta escapada nos recuerda que viajar despacio no es perder tiempo, sino ganarlo: tiempo para saborear cada rincón, para conversar con sus habitantes, para dejar que la historia y la naturaleza nos envuelvan. Desde los castillos milenarios, los paisajes y jardines, las riberas de los ríos o las calles donde el artesano sigue su oficio, cada instante se convierte en una vivencia única. En un mundo donde la prisa domina incluso las vacaciones, el slow travel se alza como un refugio donde se aprende a disfrutar con calma, a reconectar con los pequeños placeres y a descubrir que la verdadera riqueza de un viaje está en la intensidad de cada momento vivido.