Empequeñecido admiro la profundidad de la noche, quiero entender el paisaje, saber qué esconde el vacío que me envuelve cuando la luz se hiela y desaparece durante meses. Una inmensidad oscura y cubierta por una gruesa capa de hielo, que un oso recorre solitario entre los torbellinos de una gran nevada.

Siento desplegarse ante mí los enigmas de la Tierra.

Aquí están las mareas y los eclipses, los aludes, la luz de los volcanes extinguidos y el recuerdo petrificado de sus venas abiertas de lava; también la calma tras las tempestades que se desatan y llegan desde el mar entre el estallido de los truenos, las grandes inundaciones. Y los terremotos haciendo temblar el mundo a su paso.

La oscuridad oculta una belleza helada y hace que todo parezca lejano, sobrenatural.

El viento se abre paso entre las nubes y la niebla.

Aquí está la vida y, si es cierto lo que sé, junto a ella ahora está también la muerte.

Me siento en armonía con el mundo.

He salido a pasear por el perímetro del pueblo, hasta donde lo permiten las señales que, con la imagen de un oso blanco, advierten de que más allá de estos límites hay que ir provisto de un rifle.

Ojalá cada día pudiera caminar por un lugar así. Con el tiempo, estas horas entre la nieve quedarán en mi memoria como algunas de las más gratas de mi vida, y tengo que pellizcarme por debajo del plumífero para darme cuenta de que no estoy soñando.

La portada de 'La sangre de los otros'. Elkar

Anoto todo esto en mi libreta con el guante derecho guardado en un bolsillo. Los dedos se me congelan y no aguantaré mucho más. Estoy en Longyearbyen, a 78º y 13’ Norte y 15º y 38’ Este, en la población más septentrional de la Tierra y la más habitada del archipiélago de Svalbard. A 1.400 kilómetros de la Noruega continental y a unos mil al sur del Polo Norte, en medio de un mar que imagino como un hervidero de enormes olas densas como el petróleo y coronadas por una espuma a punto de congelarse al contacto con el aire.

Es solo una forma de empezar, pero también pudieron haber sido otras. Este lugar me ha sorprendido tanto, me ha afectado de tal manera, que he preferido comenzar mi relato hablando de él. He escrito estas palabras de corrido, sin detenerme a pensarlas, bajo la luz de una farola y hundido hasta las rodillas en la nieve que cruje bajo mis pies. Por el momento solo son un murmullo en mi cabeza, les daré mil vueltas, cambiaré un adjetivo por otro y una coma, o un punto, del lugar que ahora ocupan, pero sé que estas líneas serán el comienzo de un libro.

Es 15 de febrero, plena noche polar. Para que mis lectores sepan qué hago aquí, tendré que retroceder algunos meses y explicarles que estoy regresando a la vieja idea de buscar una buena historia guiándome solo por el olfato y el instinto. Pero esta vez, con una confianza bastante disparatada, estoy siguiendo las instrucciones y fiándome de alguien que parece tener algo que contar.

Admitiré que, si hubiera podido escoger, tal vez no lo estaría depositando todo en sus manos. Y esas manos son las manos de una mujer, la misma que me había hecho llegar un cuaderno y que, de vez en cuando, me escribía correos electrónicos o cartas, que incluso llegó a llamar a mi teléfono, o a dejar notas para mí donde solo yo sabía que iba a estar, y todo para contarme confidencias, que yo supiera que existía y me diera por enterado de que su mundo delirante sería importante para mi vida. Siempre firmaba como Celeste.

Ficha

Título: La sangre de los otros

Autor: Jokin Azketa

Género: Thriller

Editorial: RBA

Número de páginas: 192

Hace quince días, según las noticias, el cadáver de Eric Lafontaine fue encontrado en su apartamento en el archipiélago de Svalbard. Un suicidio fue la versión oficial de la policía local ante el agujero de bala que lucía en la sien. Yo había hecho mi trabajo, era mi dedo el que había tirado del gatillo. Estaba cumplido el encargo...

Norman, a veces podrás encontrarme como Doris, Sharon, Sigrid o Armonía. También mi aspecto será diferente, con ojos azules o negros, con pelo rubio, pelirrojo o moreno... Será difícil saber quién soy exactamente, pero por el momento no puedo desvelarte más detalles. Ahora te propondré un juego —o un acertijo— y, si aceptas mi reto, el premio será que tú, que consumes tus días buscando un suelo fértil y vives persiguiendo buenas historias para poder escribir, tendrás en tus manos y ante tus ojos una de las buenas. Tal vez la mejor. ¿Te atreves, Norman?

Celeste

Sobre el autor

Jokin Azketa (Pamplona, 1957) es un escritor que siempre ha intentado aunar sus tres pasiones: los libros, la montaña y los viajes. Tras sus inicios en el sector editorial, en 1986 cofundó la librería Muga, una tienda de referencia, especializada en la literatura de viajes. Posteriormente colaborador de diferentes medios escritos y radiofónicos, en 2011 publicó su primera novela, Donde viven los dioses menores. Con el título La vida en la punta de los dedos afianzó su carrera como escritor de novelas de intriga ambientadas en espectaculares marcos naturales, y ahora publica La sangre de los otros.

Me quedé pensativo ante este correo electrónico, sin saber si debía otorgar crédito a lo que leía. Siempre me ha interesado la pregunta de qué es lo que sabemos de los otros, de esos desconocidos que nos acompañan, y la vida de esta mujer podría contener más de una respuesta interesante.

Tal vez no sea más que una embustera que se inventa una vida llena de fantasías para satisfacer todo lo que falta en la suya, o una loca. Puede, incluso, que ni se trate de una mujer; internet está lleno de trampas, nadie lo ignora... Aun así, llevo años queriendo escribir acerca de alguien que dedica su vida y sus esfuerzos a poner fin a la existencia de sus semejantes y que lo hace por dinero.

Así que le respondí, ya bastante interesado. Fingí un total escepticismo para remarcar claramente la distancia que nos separaba. Le hice ver que no me creía ni una sola palabra de lo que decía y me mostré arrogante y presuntuoso. Dejándole claro, en definitiva, que la tenía por una farsante.

Tengo éxito, eso es cierto, pero nada más. La fama no es sino un laberinto de soledad y vacío. No sé qué piensas que puedo ofrecerte. Además, ¿por qué habría de creer cualquiera de tus nombres? ¿Quién me dice que me cuentas la verdad? Yo no me inmiscuyo en la vida de la gente. Hago lo posible por comprender, por conocer qué causas mueven a los asesinos, y siempre escribo solo lo que veo, sin fiarme de lo que me cuentan. Además, dudo que alguien tenga autoridad moral para disponer de la vida de los demás. Y pensándolo bien, una cantidad considerable de personas se quita la vida cada día. ¿Por qué no iba a hacerlo disparándose una pistola este hombre que vivía en ese lugar helado?

No puedo saber si recibió este correo o si lo abrió. La cosa es que, como si me estuviera leyendo el pensamiento, en minutos me envió el segundo.

Parece que no me tomas en serio, Norman, pero yo no soy una de esas niñas caprichosas que cuando se enfadan patalean y les rompen las piernas a sus muñecos. Soy una mujer hecha y derecha con un oficio de verdad.

Puedo adelantarte, eso es lo único, que todo son hechos reales en los que he participado. Lo que te pido es que investigues hasta saber quién soy. Te va a costar, Scarf, pero en eso reside la gracia del juego.

Escribe sobre mí, que a diario tengo que vérmelas con la muerte, hazme inmortal. Préstame atención, te va a interesar lo que te envío, lo sé, y también el propio juego. Intenta entenderme a través de sucesos terribles y oscuros, cargados de dolor, sangre y miedo, y me encontrarás.

Léelo con cuidado. A primera vista parecen hechos sin conexión, ocurridos en lugares muy distantes entre sí, pero a todos los une la muerte, al final lo único que perdura. Pase lo que pase, los devotos de la vida siempre llevan las de perder. Recuerda al poeta: somos, entre dos oscuridades, un relámpago. Solo eso.

Si aceptas —y estoy segura de que lo harás—, acude el próximo domingo a la población de Penzance, en Cornualles.

Yo estaré a las doce del mediodía en el paseo marítimo, pero no te preocupes por buscarme, yo te encontraré a ti.

En los siguientes correos empecé a llamarla por su nombre y a repetirle con insistencia que necesitaba algo más a lo que agarrarme, porque seguía desconfiando. Me daba igual que aquella mujer me mintiera o que solo se tratara de una fantasía; entre sus palabras se encontraba el germen de una novela. Y esa era la causa de que no pudiera elegir, ya no. Volver a escribir se imponía, y la idea de un mismo personaje, de esa asesina a sueldo, que atraviesa páginas y las cruza para aparecer en diferentes relatos,

me atraía cada vez más hasta convertirse en un imán. 

No es fácil ponerse en la mente del criminal, ni interpretar sus actos. Celeste me atraía y horrorizaba, era locura y angustia al mismo tiempo, un personaje con una gran carga de perversidad acumulada, un gran personaje para protagonizar una gran novela.