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Aratz, un coloso de piedra a la altura del Aitzgorri

En nuestra ruta de hoy nos adentramos en territorio guipuzcoano, en pleno corazón del Parque Natural Aizkorri-Aratz, un entorno único que se presenta como fuerza viva de la naturaleza: montaña en estado puro

Aratz, un coloso de piedra a la altura del AitzgorriGonzalo Pérez Zunzunegui

Subir al Aratz desde el puerto de Otsaurte no es simplemente hacer cima en una montaña de 1.443 metros. Es, en realidad, realizar un viaje iniciático por el corazón del Parque Natural de Aizkorri-Aratz, un espacio donde la naturaleza se muestra con una fuerza bruta, casi dramática. Aquí, el paisaje cambia de piel a cada paso: del verde eléctrico de los pastos a la penumbra de los hayedos, para terminar en el gris infinito de la roca caliza.

Nuestro punto de partida de la aventura que hoy tenemos entre manos arranca en el Alto de Otsaurte. A primera hora, el puerto suele estar envuelto en una bruma fina que le da un aire de misterio. Mientras nos preparamos, una vez dejado nuestro vehículo bien aparcado, el sonido de los cencerros de las ovejas latxas marca el compás. No empezamos por la pista cómoda que todos conocen; hoy buscamos la esencia, desviándonos hacia Beunda. 

Ruta al Aratz

Por ello, para llegar hasta allí seguimos las marcas amarillas de una de las carreras referentes en el mundo del trail como es la maratón internacional Zegama-Aizkorri. Esas marcas nos llevan primero por bosque cerrado para salir más adelante a cielo abierto, todo el rato en moderada subida.

DATOS PRINCIPALES

  • Kilómetros: 17,53 km
  • Desnivel positivo: 1160+  
  • Duración: corriendo 2:30h / Caminar - correr: 3:30h / Senderismo 4:30h

Gigante dormido de piedra gris

El entorno de Beunda es un bálsamo para los ojos. Son campas de un verde intenso, salpicadas de bordas de piedra donde los pastores elaboran el queso Idiazabal. Desde este balcón, la silueta del Aratz se presenta como un gigante dormido de piedra gris. Es una vista que impone, porque desde aquí ya se aprecia que la montaña no regala nada: vamos a tener que ganarnos la cima paso a paso.

Al dejar atrás los pastos de Beunda, la ruta se interna en uno de los hayedos más espectaculares de la zona. Aquí el entorno se vuelve íntimo. Las hayas, con sus troncos plateados y retorcidos por el viento, crean una cúpula natural que apenas deja pasar los rayos del sol. El suelo es una alfombra de hojarasca y raíces que parecen venas saliendo de la tierra.

El entorno de Beunda

Mitología vasca

A medida que ganamos altura siguiendo el trazado que utiliza la famosa Zegama-Aizkorri, el bosque empieza a claudicar ante la roca. Da comienzo la parte más técnica: el karst. El paisaje se vuelve lunar, caótico y fascinante. La piedra caliza, erosionada durante milenios por el agua y el hielo, forma aristas, grietas profundas y lapiaces que obligan a prestar toda la atención al camino. Es un entorno salvaje, donde no hay líneas rectas y donde cada rincón parece esconder una historia de la mitología vasca.

En esta parte media, el esfuerzo físico es notable. El sendero serpentea buscando los pasos más lógicos entre los bloques de piedra. No hay árboles que nos protejan, solo el cielo abierto y la inmensidad de la sierra. El aire aquí arriba ya es distinto: más puro, más frío, con ese olor a roca limpia y libertad.

Valles profundos

La ascensión final a la cumbre del Aratz es pura épica. El sendero se estrecha y nos lleva por una cresta donde el paisaje se abre de forma espectacular. A un lado, la Llanada Alavesa, extendiéndose como un tapiz de colores ocres y verdes; al otro, los valles profundos de Gipuzkoa, con el macizo del Aizkorri alzándose como una muralla infranqueable frente a nosotros.

Curiosa ermita en Otsaurte

Llegar al buzón de la cima es un momento de silencio necesario. Es el punto donde el Parque Natural muestra toda su magnitud. Estamos en el límite entre dos provincias, en un santuario de piedra que ha visto pasar la historia bajo sus pies. Aunque es el camino que devoran los corredores de trail en mayo, hoy la montaña la estamos saboreando despacio, disfrutando de la panorámica de 360 grados que abarca desde los Pirineos en días claros hasta los montes de Cantabria.

De ermita en ermita

Para la vuelta, el itinerario nos guarda un regalo final: el descenso hacia el Túnel de San Adrián. Si la subida fue técnica, la bajada en primer tramo es sencilla por el verde que rodea al sendero y más técnica según nos aproximamos al túnel.

Tunel y ermita de san Adrián

El sendero nos deposita ante la boca de una cavidad natural colosal. Al entrar en el túnel, la temperatura baja de golpe y el eco de nuestros pasos nos devuelve una sensación de asombro. Es imposible no detenerse ante la pequeña ermita resguardada bajo la roca. Cruzar el túnel por la antigua calzada medieval es caminar por la misma vía que unía Castilla con Europa. Las piedras desgastadas por siglos de paso de carros y caballerías brillan bajo la luz.

Karst

Al salir del túnel, la ruta nos devuelve suavemente a las pistas forestales que bajan hacia Otsaurte. Es un paseo final entre sombras alargadas y arroyos que bajan de la peña, permitiendo que el cuerpo se relaje después de la exigencia del karst.

El espectacular bosque que atravesamos

Regresar a la Venta de Otsaurte es como volver a casa. Atrás queda un entorno que es pura fuerza de la naturaleza. Hemos pisado el terreno donde se forjan las leyendas del trail, pero sobre todo, hemos vivido el Aratz en su estado más puro: una montaña de piedra, historia y un silencio que solo se rompe por el viento que silba entre las peñas de Aizkorri.