bilbao. El 3 de junio de 1950, los franceses Maurice Herzog y Louis Lachenal fueron los primeros escaladores en la historia de la humanidad en franquear la barrera de los 8.000 metros de altitud. Sucedió al hollar el Annapurna. Tanto Herzog como Lachenal pasaban a los anales de la memoria alpinista. Sin embargo, lo más relevante de su gesta fue que ambos daban cuenta de la capacidad del ser humano, que hasta entonces encontraba techo a sus pretensiones en la altura. Ellos ampliaron las fronteras de los escaladores, que presenciaban ante sí nuevos horizontes y vírgenes escenarios. Un paraíso quedaba por explorar con el nacimiento del ochomilismo. No obstante, lo que estos pioneros amateurs ignoraban era que acababan de pisar la cumbre de la montaña más temible del mundo, donde cuatro de cada diez montañeros que la cortejan pierden la vida. Ayer, la Diosa de la Abundancia se cobró su última víctima: Tolo Calafat (Palma, 1970). Su trágico caso, algunos de cuyos pasajes permanecen oscuros, se erigió ayer en el último episodio de una semana en la que el alpinismo ha conocido episodios desconcertantes, en la que el espíritu del himalayismo ha sido ultrajado, en la que han asumido un papel desconocido quienes padecen la fiebre por llegar a los puntos más altos de la tierra a cualquier precio y de cualquier manera.
Desde que Herzog y Lachenal coronasen el Annapurna, el concepto de himalayismo ha cambiado. Y mucho. Y más en los últimos años. Una actividad tan bella y espiritual se está desvirtuando por culpa de la profesionalización de algunos (cada vez más) de sus practicantes, un mercantilismo en el que priman el qué (la cima), el cuánto (los catorce ochomiles) y el cuándo (antes que nadie) por encima del cómo (estilo alpino, nuevas vías). El caso paradigmático sería el de Miss Oh, quien pone cara al ansia de un gobierno, el coreano, de reconocimiento internacional a través de la conquista de los 14 ochomiles, hito inédito hasta esta semana en el género femenino. Una carrera en la que emplear oxígeno, escoger la ruta menos compleja o escalar poco menos que en brazos de otros compañeros por vías equipadas previamente por una legión de sherpas a sueldo ni computa ni tiene trascendencia. Un juego peligroso en el que también ha participado Edurne Pasaban, orgullo del deporte vasco, que arrojó dudas sobre la proeza de la coreana en unas declaraciones que nunca se estilaron en un mundo tan fraternal y solidario como el montañismo. Un espectáculo en el que también ha tomado parte Juanito Oiarzabal, mito del alpinismo determinado y obsesionado en ser el primer ser humano en hollar dos veces los 14 ochomiles, un desafío en apariencia más comercial que deportivo.
Esta deriva mercantilista la alientan las presiones de los patrocinadores y el papel de los medios de comunicación, condicionantes para lo bueno (muchos montañeros no podrían emprender sus costosas expediciones sin su apoyo) y para lo malo (sus exigencias van más allá de los retos personales y sus informaciones llegan a involucrar en la disputa a todo un pueblo, como el vasco con el caso de Pasaban o el coreano con Miss Oh).
Sucede que Calafat formaba parte del ambicioso proyecto de Oiarzabal. ¿Falleció el balear víctima de la carrera? ¿Era el elegido el momento adecuado para acometer la cima? ¿Estaba capacitada la expedición para hacer frente al más peligroso de los ochomiles? Empero, uno de los mayores interrogantes, y que cuestiona los principios del alpinismo, es si se podría haber hecho más por rescatar a Calafat. Polémica que ayer alimentó el propio Oiarzabal al criticar la actitud, insolidaria, de la expedición de la coreana Miss Oh.
se suspende el rescate El helicóptero, que el miércoles no pudo emprender la operación de rescate por las condiciones climatológicas, ayer sobrevoló en tres ocasiones la zona donde debiera estar Calafat, a unos 7.400 metros, pero no hubo éxito: por la noche cayeron fuertes nevadas que pudieron sepultar al mallorquín. La operación quedó suspendida. Era la segunda noche que Tolo, al parecer con un edema cerebral, pasaba en la montaña, tras quedarse rezagado de Oiarzabal y Pauner, quienes, extenuados, llegaron al Campo 4 con congelaciones y una parcial pérdida de la visión.
Ahora que la información se multiplica por las necesidades mediáticas es cuando las verdades se cruzan con las mentiras. Y brotan las incongruencias, como deja ver un amigo de Calafat, Pere Joan March. "Nos dijeron que él había podido enviar las coordenadas con el teléfono móvil; ahora nos dicen que no le han podido localizar, y que el helicóptero no ha podido salir, pero también nos han dicho que el helicóptero ayer -miércoles- lo pudo divisar enterrado en nieve", dice March y añade: "No entendemos nada, la verdad".
Ocurre, además, que el Annapurna, la montaña más cruel del planeta, estaba masificada, como reconoce Pasaban. Nunca había acogido a tanta gente al mismo tiempo. No obstante, Calafat jamás estuvo más solo, nada que ver con Iñaki Ochoa de Olza, fallecido en 2008 y en cuyo rescate se implicaron entonces "directamente más de 14 personas, algunos de ellas llegadas desde Katmandú, algo que no había sucedido nunca", según explica su hermano, Daniel Ochoa de Olza. Al rescate de Calafat sólo acudieron dos personas, y eso que Oiarzabal ofreció 6.000 euros a cada uno de cuatro los sherpas de la expedición de Miss Oh, que se negaron a participar. "Sólo Horia Colibasanu y Jorge Egocheaga, junto con algún sherpa, se han mostrado dispuestos en todo momento a ayudar", afirma el alavés.
Ante este panorama, muchos experimentados montañeros que prefieren no poner su firma reniegan del actual himalayismo, y repudian el ínfimo grado de compañerismo que se vive en la alta montaña, que a diario recibe la visita de gente que no se ha criado bajo los cánones del alpinismo, como ocurre con las expediciones comerciales, el turismo de altura, donde el dinero, y no la experiencia, manda en la empresa del ochomilismo. Y es aquí donde entra en juego la responsabilidad individual: la de la asunción de riesgos, la de hacer una lectura de la capacidad de cada uno o la de conocer el estado de la montaña.