Entre tantas narrativas que analizan o intentan imponerse sobre el mundo actual, escritas desde la geoestrategia y el puro interés comercial, aparecen destellos de luz. No están en primera plana y, por eso, parecen no existir. Pero, lejos de apagarse, siembran algo de esperanza.

Y no hablamos de esperanza para el bolsillo. Como decía Ernst Bloch, la esperanza significa “el fondo de oro sobre el que se han pintado las utopías concretas”. ¿Forman parte Cristo u Orfeo de ese fondo de oro que aún nos alienta? Aunque quizá, donde Bloch pone oro, yo prefiero poner tesoro.

Hoy, en la narración sobre los conflictos, o en su mediación, se tiende a equiparar a los contendientes. “Por una parte y por otra”, se repite, como si tratásemos de dos realidades simétricas en las que se enfrentan dos equipos en un campo acotado, con unas normas estrictas y un árbitro. Sus decisiones han de ser aceptadas y quien no las cumpla queda fuera del juego, por mucho que en la grada silben o aplaudan. El problema se vuelve más complejo cuando alguien se salta las normas y pone en cuestión la competencia de cualquier arbitraje. Ni siquiera las organizaciones internacionales, cuya construcción tanto ha costado, están sirviendo de marco de referencia en su imperfección.

Hay quien desea huir de una vida insustancial y se entrega a causas humanitarias, a la defensa de la justicia o a la religión para superarla. Otras personas, desde esa misma situación, se apuntan a la guerra. Lo significativo es que, en algunos casos, ambas situaciones se han vuelto compatibles: hablar de justicia por medio de la guerra. Pero cuando se ha llegado a extremos en los que altos dirigentes religiosos, como el Papa León XIV, han considerado incompatibles ambas posturas, parece haber un poco más de luz en el mundo.

Cuando ciertos grupos religiosos han dibujado un Jesús de vida sana y perspicaz para los negocios, sin cuestionarse personalmente si sus actitudes hacen daño a otros, se han ido forjando contradicciones –a veces conscientemente– para poder predicar el evangelio del éxito y de la riqueza, no el de la misericordia, el amor y la hermandad. Parece que el éxito en los negocios se identifica con la fe en la eternidad; y alcanzar una vida de éxito, incluso pagando a predicadores para ello, es como comprar la resurrección, igual que en la Edad Media se compraba el cielo con el pago de una bula.

Solemos decir que nunca hay un camino de renovación único, que las vías hacia la esperanza son múltiples y complejas, como la vida misma. Pero, quizá en sintonía con un concepto de la religión del amor, reconocemos que la cultura y el arte también han levantado la voz —y siguen haciéndolo— para decir una palabra positiva en la mediación de conflictos y en el acercamiento a fines sociales que parecen imposibles, a pesar de que en ocasiones se muevan entre luces artificiales, como también lo hacen determinadas visiones de la religión.

Por eso, se nos ocurre tener a Orfeo como referente. Viene a cuento porque hay quien ha considerado su mito como un “pre-Cristo”, una figura en la que también se han plasmado el amor, la pérdida y la esperanza. Un mito donde la entrada y salida de la muerte son claves, lo cual es una manifestación de profundidad, de un acercamiento a las raíces de la vida. No es una búsqueda de la muerte para hacer daño, sino una ampliación de la vida.

Rilke decía en los Sonetos a Orfeo: “Posible es para un dios. Mas, dime, ¿cómo / podrá seguirle un hombre con la angosta lira? /… // Cantar como tú enseñas no es anhelo / ni deseo de algo que pueda ser conseguido. / Canto es existencia. /…/ El canto fluye. // Cantar es en verdad otro aliento, / un soplo en torno de nada. Un vuelo en Dios. Un viento”. Y podemos ampliarlo a otras artes. Dice el tenor Valerio que “Orfeo también es la representación del poder salvífico y conciliador de las artes”. Las artes, más allá del entretenimiento.

Pero si Orfeo afinaba la lira para amansar fieras, hay otros que afinan algoritmos para amasar masas. Dicen que Bad Bunny es el papa latino del pop, que bendice Madrid a fuerza de hits y perreo. Tiene una gran audiencia, pero hay quien, reconociendo su capacidad de atraer masas, cuestiona algunas de sus letras, que no coinciden demasiado con las palabras de León XIV, papa anglolatino. Sus conciertos no van mucho más allá de celebrar el éxito, el sexo y el dinero. Presume de “casita sencilla” en la que solo aparece gente VIP, gente guapa. Es un decir. Y aunque muchos optan por el entretenimiento a secas, otros añaden al entretenimiento el mantener encendida la antorcha de la esperanza.

Orfeo era hijo de Apolo y de Calíope, musa de la poesía épica. Su padre le regaló una lira con la que amansaba fieras y detenía peleas. Por eso lo recordamos y seguimos apelando al arte como un elemento humanizador. Pero Orfeo se casó con Eurídice, y una serpiente la mató. Entonces, Orfeo bajó al inframundo para buscarla. Hades y Perséfone se lo permitieron con una condición: no mirar atrás hasta alcanzar la superficie. Pero en el umbral, con un pie todavía en la sombra, Orfeo se giró. Eurídice se desvaneció en la niebla. Al perderla, renunció a las mujeres, y las Ménades lo atacaron hasta la muerte. Entonces su alma volvió a unirse a la de Eurídice.

Valerio Rocco, director del Círculo de Bellas Artes de Madrid, considera que “en un contexto cristiano en el que Cristo es el único que baja al inframundo y vence a la muerte, Orfeo resulta un personaje con algunas similitudes porque hace lo mismo que él muchos siglos atrás”. Rocco lo considera “una especie de anticristo o precristo”, una figura cercana a Cristo, pero pagana. Sin embargo, donde Cristo vence a la muerte, Orfeo falla. Es fecundo acudir a un mito, pero para millones de personas, Jesús de Nazaret, el Cristo, no es un mito: es historia, es fe, es esperanza. Orfeo enseña un camino; Cristo dice: “Yo soy el camino”.

Para Rilke, los muertos se convierten en la savia de la tierra que nos alimenta. El campesino pone la semilla y trabaja la tierra, pero es la tierra quien dona la cosecha. Los muertos se hacen don alimentando la tierra. No comparto, ni termino de entender, todos los casos en que se denomina “mártires” a quienes mueren en bombardeos, pero entiendo que hay pérdidas que vuelven fértil el dolor. Emilio Lledó dice que la esencia de la tierra resucita invisible en nosotros cuando la herimos de forma profunda. De esa herida nace otra vida. ¿Cuántos posibles activistas o militantes están esperando rearmar su causa mientras juegan entre escombros? No es una reivindicación; es solo una constatación.

Conviene subrayar que, para Rilke, existe un espacio interior donde la belleza no responde al orden estético, sino al ético. La belleza nos llama a comenzar a vivir de otro modo: exige un arte de vivir diferente. Ese arte de vivir que pide Rilke tiene un epicentro estos días en un viajero especial que viene de Roma. En estas fechas, la visita del Papa León XIV me deja una sensación agridulce. Los medios destacan el impacto económico: merchandising y suvenires. No me interesa. Yo me quedo con la encíclica Magnifica Humanitas. Y constato algo: parte de la derecha y la ultraderecha se sienten más cómodas con el estilo de ciertas iglesias evangélicas que con León XIV. Trump marca el modelo.

La encíclica del Papa

La encíclica Magnifica Humanitas tiene un gran mensaje social: apoyo a las personas más pobres, a las víctimas de abusos, guerras e IA. Denuncia la insolidaridad y el tecnofascismo digital. Llama a un humanismo donde el ser humano vale por sí mismo, no por su eficiencia. Defender la paz y controlar la IA para que ayude, pero no sustituya a los humanos, es leer el signo de los tiempos, como pidió el Vaticano II. Por eso no entiendo que la Iglesia no lea otro signo: la igualdad de la mujer. Craso error que un hombre pueda acceder a siete sacramentos y una mujer solo a seis, al no poder acceder al del orden sacerdotal. Pero la encíclica, como tal, es un faro para creyentes y no creyentes: “El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro”.

Hay algo más que luz espiritual para creyentes. Y está en sintonía con el arte y los movimientos que aún guardan el tesoro de la esperanza. Que el ruido no lo entierre. Porque no cuadra que Bad Bunny y el Papa provoquen las mismas “vibras”. Que no calle la lira.