Viejas creencias, nuevas religiones: la influencia de las nuevas iglesias en África
Mircea Eliade, en su gran obra sobre la historia universal de las religiones, identificó sus elementos más simbólicos y cómo estas han evolucionado a lo largo del tiempo. Así pues, según su teoría, las religiones nacerían del contacto entre lo profano y lo sagrado. Las religiones más antiguas de nuestros ancestros estaban basadas más en los espíritus de la naturaleza y sus ciclos. De ahí el culto a la luna, al sol o a las montañas.
Las religiones fueron evolucionando hacia formas más complejas como las védicas, griegas o egipcias, para llegar a lo que Eliade denomina las «religiones de salvación», como el budismo, el cristianismo o el islam. En estas religiones, el tiempo sería más bien lineal y se introduce a la persona como actor y receptor de los mensajes de los dioses. Las religiones proporcionarían una cosmología y una respuesta a la búsqueda del sentido y la trascendencia de la vida; esas eternas preguntas que retornan sin cesar y sin hallar una respuesta evidente.
Las religiones no han sido monolíticas. Bien conocemos los cismas del cristianismo (ortodoxos y católicos romanos), las reformas a partir de las ideas de Lutero y sus ramificaciones, o las diferentes interpretaciones del budismo en Asia, por no hablar de las grandes diferencias entre sufís, chiitas y sunitas. Incluso en las religiones que parecen más uniformes, como el judaísmo, existen diferentes ramas e interpretaciones que van desde los ultraortodoxos hasta las ramas más humanistas y seculares, que lo interpretan más como una cultura que como una religión. En nombre de las religiones se han hecho y se siguen haciendo muchas barbaridades; no parece que esta historia tenga fin.
Entre los primeros emigrantes a EE.UU., además de aventureros, había también toda una emigración que tenía motivaciones religiosas. Gente que, sintiéndose perseguida a causa de las guerras de religión en Europa, encontró en los EE.UU. una nueva tierra prometida donde buscaba la libertad religiosa. Así, hugonotes, bautistas, cuáqueros, sefardíes, metodistas, shakers y un largo etcétera, encontraron allí un lugar donde se sentían libres. Y, a su vez, dentro de estas iglesias nacieron otras divergentes por muy variados motivos.
Si nos limitamos al cristianismo, se ha podido constatar la creciente influencia de las nuevas iglesias cristianas –tanto evangélicas y pentecostales como otros movimientos religiosos más locales– en la vida social y política de los países latinoamericanos desde hace ya unos decenios y, más recientemente, en las sociedades africanas.
Pero las nuevas religiones que se están expandiendo en África no solo tienen un carácter espiritual, sino que se han involucrado activamente en la política. En algunos países, como Nigeria, incluso han fundado partidos políticos. La sustitución de servicios del Estado (servicios sociales, de salud o de educación) está dando a estas iglesias, con su gran poder de movilización, la capacidad de influir en las políticas estatales, como ya hicieron los extremistas musulmanes en diferentes países.
Una contradicción, a nuestros ojos europeos, es la promoción de la “teología de la prosperidad”, que promete el bienestar material como un resultado directo de la fe. No es infrecuente ver en los canales de televisión a los nuevos pastores viviendo con toda clase de lujos y ufanándose de su enriquecimiento, como diciendo: “¿Veis? Yo he llegado hasta aquí, y también podéis vosotros”.
La mayoría de estas iglesias están vinculadas a movimientos religiosos globales, sobre todo de EE.UU. y, en menor medida, de América Latina, como muestra la vinculación de iglesias brasileñas con los países de habla portuguesa en África. Estas conexiones internacionales les han dado acceso a recursos económicos, formación y estrategias de movilización política.
Muchas de estas iglesias defienden valores ultraconservadores y han influido en la aprobación de nuevas leyes, sobre todo en temas como la sexualidad, el matrimonio o los derechos de las mujeres. Los ejemplos más relevantes y recientes son las leyes contra la homosexualidad en Uganda, Tanzania o Ghana, y otros países siguen el mismo camino. La lucha contra los movimientos LGTBQ+ en África es una de sus principales banderas, junto a la oposición al aborto, a los derechos reproductivos de las mujeres y a la promoción de agendas neoliberales que abogan por menos Estado y más libertad para el sector privado. Ni que decir tiene que toda esta desregularización del Estado facilita la explotación de los recursos mineros de los países africanos con muy pocas medidas de control medioambiental, lo que resulta en grandes contaminaciones sin que haya responsables que paguen por ello. En la mayoría de los casos, estas religiones representan una resistencia al cambio y al progreso social.
Los políticos africanos han visto la oportunidad. Al igual que Vladímir Putin ha utilizado a la Iglesia ortodoxa rusa como aliada en su guerra en Ucrania, los políticos africanos se amparan en el paraguas de estas religiones para situarse como autoridad moral. Y van más allá: utilizando también su lenguaje, quieren presentarse como los elegidos por Dios. Esta simbiosis de los poderes políticos y religiosos está reforzando a los regímenes más autoritarios de África. Lejos queda en muchos países africanos esa noción tan europea, originada en la Revolución francesa, de separar el poder de la Iglesia de los poderes políticos. El ascenso de los nuevos líderes religiosos facilita la corrupción y modifica el equilibrio entre los poderes del Estado y los religiosos.
En tiempos de Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz, se llegaba al éxtasis y al contacto con Dios a través del silencio y la oración. Con las nuevas religiones es todo lo contrario: se llega al éxtasis a través de la música y de muchos decibelios. Por estas casualidades de la vida, fui testigo de una de estas congregaciones festivas en Luanda, donde el espectáculo musical abarcaba desde coros tradicionales africanos y góspel hasta el rap más tecno, con el nuevo profeta actuando como un pastor de masas. Fui testigo de milagros, exorcismos, estados de trance y momentos de histeria colectiva. Todo muy bien orquestado y organizado. Si alguna vez se ven tentados de presenciar uno de estos eventos, les recomiendo llevar tapones para los oídos. Los grupos de heavy metal son unos aficionados en comparación.
Reivindicando la filosofía de San Agustín, y en completa oposición al presidente de los EE.UU. que lo citaba para justificar las políticas antimigratorias de su gobierno, el Papa comenzó a visitar África por Argelia, donde nació el santo. El enfrentamiento entre el Papa y el gobierno estadounidense es público; sus gobernantes, desde el vicepresidente hasta el líder republicano de la Cámara de Representantes, le atacan a la yugular. Trump, como Foreman ante Muhammad Ali, entró a trompazos contra el Papa con una serie de ataques verbales rayanos en el insulto, como es habitual en él. El Papa, que también sabe repartir hostias con sutileza, cual Muhammad Ali, saltando de un país a otro y esquivando los golpes, le ha contestado indirectamente con citas del evangelio o en sus homilías: él va a lo suyo.
En este viaje ha visitado África, al tiempo que sigue intercambiando mensajes en las redes sociales que contradicen las políticas agresivas de los EE.UU. No le dejan tranquilo ni en sus viajes. El Papa Francisco autorizó bendecir a las parejas homosexuales, no sé si por despiste o por convicción. La Iglesia católica ha tenido siempre una actitud mucho más abierta y pragmática en África que la doctrina oficial de Roma. Las monjas ya distribuían condones en los años 80, en completa desobediencia a las directivas vaticanas.
Las leyes camerunesas autorizan la poligamia. El actual presidente, Paul Biya, que ostenta el récord de permanencia en el poder, es católico, como un 30% de la población, pero no parece que el Papa se haya enfrentado a él abiertamente ni en política ni en aspectos sociales, como las nuevas leyes antihomosexuales que se han propuesto en el país. En Angola se refirió a los tiranos responsables de las guerras y habló de la desigualdad en la distribución de la riqueza. Y en Guinea Ecuatorial habló del respeto a los derechos humanos, al tiempo que pedía, en clara referencia a los gobiernos en guerra en Oriente Medio, “no usar a Dios en vano para justificarla”. Y añadía que “uno de los principales motivos de la proliferación de los conflictos armados es la colonización de yacimientos petrolíferos y mineros, sin tener en cuenta el derecho internacional ni el derecho de los pueblos a la autodeterminación”.
Aprovechando el aniversario de la muerte del Papa Francisco, se ha vuelto a recordar su legado. En los últimos años, la Iglesia católica africana, en su competición por los fieles con las nuevas iglesias protestantes, está volviendo a adoptar posiciones más conservadoras y retrógradas. De los 120 cardenales en la Iglesia Católica, solo 14 son del continente africano, mientras que hay 18 de origen italiano. Durante el último cónclave se rumoreó con la posibilidad de que fuese elegido un Papa africano, ya que, después de Francisco –de origen argentino y primer papa no europeo desde el año 741–, parecía que le tocaba el turno a África. Los africanos, por lo tanto, se sienten subrepresentados en la curia romana.
Pero el poder es más complejo que una simple ruleta de turnos por continentes. Pablo VI comenzó la era de los viajes modernos yendo a Tierra Santa; Juan Pablo II lo hizo a su Polonia natal en un marcado desafío a la URSS; Francisco comenzó por Latinoamérica, y León XIV lo ha hecho por África, donde el catolicismo sigue presente con mucha fuerza, pero corre el peligro de ser arrasado por los nuevos evangelistas y la expansión musulmana. Un nicho que hay que cuidar. El Papa se ha alzado como la única autoridad moral capaz de enfrentarse a los déspotas.