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Tribuna abierta

La ilógica israelí

Mientras cientos de miles de palestinos pasan un auténtico calvario en la Franja de Gaza, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, parece sólo interesarse por limpiar Israel de malos ciudadanos. Por ello, no ha dudado en aplicar una ley aprobada en 2023 que permite despojar, en casos extremos, a los palestinos de su pasaporte israelí. O lo que es lo mismo, revocar su nacionalidad por acciones terroristas o complicidad en las mismas. Si fuera al revés, uno se pregunta si no sería Netanyahu el que tuviera que padecer tal oprobio, visto su papel en la destrucción de Gaza. ¡Qué fácil es juzgar a los demás y no las acciones de uno mismo!. 

Él, que decidió arrasar de la peor manera posible el territorio gazatí y lo ha convertido en un erial por pura venganza y no por justicia. A las cifras me remito: 70.000 fallecidos, cientos de miles de heridos y afectados, además de más de dos millones de gazatíes condenados a la mera supervivencia, frente a 1.200 judíos muertos. La desproporción es más que evidente. Y más cuando podía haber evitado agrandar las dimensiones de esta tragedia. Esta política de expulsiones sin retorno es un aviso a la población palestino-israelí para que sean obedientes. 

Los dos afectados son Mahmoud Ahmed, que ha cumplido ya una condena de 23 años en prisión por sostener varios tiroteos con soldados y civiles israelíes; y Muhammad Ahmad Hussein, condenado a 18 años de prisión por protagonizar un ataque con cuchillo contra varios transeúntes en la ciudad de Jerusalén. Seguramente, se les enviará a Gaza, cual apátridas y una vez desterrados no podrán retornar jamás. Como si la nacionalidad israelí fuera de quita y pon para unos e inherente a su condición de judíos para otros, sin importar que estos últimos hayan podido actuar de forma cruel o monstruosa (eso es imposible, parece ser), lo cual resulta discriminatorio. 

Por de pronto, Israel ha convertido Gaza en una cloaca y, ahora, quiere que sea un estercolero. Y luego pretenderá afirmar que el único responsable de que los jóvenes se radicalicen es Hamás. No, Hamás es la consecuencia, no la causa del problema. La causa es, claramente, el desprecio israelí hacia los palestinos; el cúmulo de agravios que acumulan contra su identidad (que no reconocen), su ocupación del territorio (que aspiran a absorber más tarde o temprano) y su desprecio por la dignidad humana. Por esta última es precisamente por la que se rebelan viendo como las condiciones de vida en Gaza y Cisjordania son tan execrables y humillantes. En ningún otro lugar en el mundo se vive en un limbo semejante, entre el cielo y el infierno, bajo la arbitraria tutela de un pretendido Estado de derecho que dictamina que todos los palestinos son terroristas y, por lo tanto, mantiene sus niveles de vida bajo mínimos. ¿Con qué expectativas de futuro cuentan los jóvenes palestinos? Con muy pocas y no todos eligen la vía de Hamás o la Yihad. E Israel, en vez de ganarse las simpatías de esta parte de la sociedad que quiere vivir en paz, se limita a despreciarlos. Y si nos detenemos a observar un poco más los hechos ocurridos, lo más terrible de este intercambio de golpes violentos es su desigualdad: por cada israelí inocente asesinado, caen cientos de palestinos que no tienen nada que ver con Hamás. Sobran las palabras. 

Netanyahu ya ha advertido que estos dos casos no van a ser lo últimos, les seguirán más. Es indignante. Así no se puede encarar la convivencia entre israelíes y palestinos, sino empeorarla. Lo más descarnado viene determinado por su inclinación a esta segregación arbitraria. Dudo yo que un judío pase por lo mismo. De hecho, rara vez, por no decir nunca, son condenados por sus tribunales por haber cometido actos de violencia contra los palestinos. No hay reciprocidad. Los colonos hebreos son intocables, mientras los palestinos son los malos de esta película de serie B, aunque no se explique, que no implica justificar, el porqué de su locura homicida. 

En todo caso, dicha legislación que permite arrebatar la nacionalidad no solo es abusiva sino infame. Obviamente, se entiende que los israelíes por serlo no pueden cometer ningún delito. Son tan buenos todos. Claro que ahora me tendrán que explicar por qué Netanyahu ha sido acusado por el Tribunal Penal Internacional, junto a dos de sus antiguos ministros, de crímenes de lesa humanidad. Y que en su empeño de destruir a Hamás, cosa que no han hecho, han demolido Gaza hasta los cimientos, dejando a la población viviendo en condiciones inhumanas. Además, las políticas del hambre aplicadas en Gaza no sólo han sido dañinas contra la población civil, sino que se asemejan mucho a las que aplicó el nazismo en los guetos judíos durante la SGM. Y si no que me expliquen cómo es que han muerto cientos de bebés de hambre y de frío. 

Una actuación fuera de toda lógica El hecho de que Israel haya actuado en la Franja de una forma tan cruel se escapa a toda lógica. A pesar de que hubo voces críticas contra esta ley dentro de Israel, como la de la ONG Adalah al considerar, con toda la razón, que el “estatus de los palestinos bajo el régimen israelí” se ha hecho más precario, fue aprobada por amplia mayoría en el parlamento. Hoy, la situación de los palestinos, en general, en Gaza sigue siendo descorazonadora. No nos podemos hacer una idea de sus padecimientos. Pero lo que sí parece claro es que todo esto no va a conmover a las insensibles almas de los dirigentes israelíes. De hecho, ya han aprobado una nueva expansión de las colonias en Cisjordania y medidas que amplían su control sobre el territorio mientras merma el escaso que sostiene la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Así, la posibilidad de que se constituya un Estado palestino resulta impracticable. Tristemente, el oscarizado documental que lo denuncia, No Other Land (2024) no ha servido para que la presión internacional y, sobre todo, dentro de Israel haya hecho entender a la sociedad hebrea que de seguir así, no sólo van a destruir la entidad de todo un pueblo, sino que la diferencia entre aquellos criminales que pretendieron destruirlos (los nazis) y ellos mismos va a ser casi indistinguible.