Síguenos en redes sociales:

Tribuna abierta

Bilbao global

El reciente fallecimiento de Frank Gehry ha venido a confirmar y consagrar, en la portada de The New York Times, un clip de la ciudad de Bilbao centrado en su icono, el Museo Guggenheim, la obra maestra que hizo de Gehry un arquitecto con prestigio global: https://www.nytimes.com/2025/12/05/arts/design/frank-gehry-dead.html.

Es un resultado visual apropiado y bienvenido, más de 30 años después, para una historia que sorprendió a todos y que pocos entendieron en sus inicios. En aquellos años, la mayoría de la prensa norteamericana y mundial contó la historia del Guggenheim Bilbao como un cuento de Cenicienta o una “estrategia de seducción” en la cual una institución norteamericana y un edificio icónico de clase mundial acuden a salvar a una ciudad en ruinas y con reputación de violencia política de la que la mayoría no había oído hablar.

Sabemos que no fue exactamente así, y en uno de los capítulos de mi libro Bilbao: Basque Pathways to Globalization (2006) quise subrayar que, entre los líderes vascos que decidían, el conocimiento, la intencionalidad y la confianza en lo que el nuevo museo podría aportar eran plenas, y que la capacidad financiera local sedujo también a Thomas Krens, en unos momentos en los que la Fundación Guggenheim atravesaba dificultades económicas y muchas ciudades europeas habían rechazado ya sus proyectos de expansión.

De la maravilla arquitectónica que surgió junto al Nervión no había dudas. Peter Eisenman, profesor y compañero por entonces (1997) en The Cooper Union en Manhattan, me decía que la fascinación instantánea por el edificio de Gehry se debía a que el arquitecto fue capaz de capturar la “energía del momento” en su diseño. He buscado y releído el semanal de The New York Times que recordaba de aquellos años: “Se corre la voz de que los milagros todavía ocurren, y que uno importante está sucediendo aquí. El nuevo Museo Guggenheim de Frank Gehry no abrirá hasta el próximo mes, pero la gente ha estado visitando Bilbao en tropel para ver al edificio tomar forma. ¿Has estado en Bilbao? En círculos arquitectónicos, la pregunta ha adquirido rango de lema. ¿Has visto la luz? ¿Has visto el futuro? (Herbert Muschamp, The New York Times Magazine, Septiembre de 1997). “Con el Guggenheim en Bilbao Frank Gehry ha trascendido el futuro y nos ha llevado a la eternidad” (Carta de un lector al editor, The New York Times Magazine, Octubre de 1997).

Para Bilbao era la oportunidad de dejar atrás la crisis y entrar en los tiempos de la globalización y la conectividad transnacional mediante un proyecto de inversión cultural de iniciativa neoyorquina, tratado como asunto de estado y que reorientaría la economía urbana. Se trató de una anomalía, es decir, una historia única de éxito, muy arriesgada, en la que al buen hacer de los actores principales se unió la fortuna en momentos decisivos. Fue un megaproyecto sin sobrecostes o retrasos, y que tampoco reprodujo muchos de los impactos disruptivos habituales en estas megaconstrucciones. Fue también anómalo que se diera la química entre el diseño icónico de un edificio, su imagen, los clientes y el público, algo bastante poco frecuente y misterioso. Frank Gehry ha dicho que “fue un proyecto muy feliz”.

La anomalía bilbaína significa que el llamado “Efecto Bilbao” (la capacidad de la starchitecture para revitalizar ciudades) se ha desvanecido en estos años, como planteé en mi libro de 2006. Michael Kimmelman lo ha confirmado más recientemente: “Lo cierto es que el efecto Bilbao es en gran parte un mito. El museo de Frank Gehry por sí solo no transformó esa ciudad. Esto necesitó de décadas de renovación cívica. Los edificios llamativos, incluso brillantes, raramente rejuvenecen los vecindarios o garantizan multitudes y dinero en efectivo sólo por su diseño [...] Lamentablemente, los museos, como las ciudades, han desperdiciado fortunas rezando a este falso ídolo. Todavía lo hacen”. (Michael Kimmelman, crítico de arquitectura de The New York Times, 2012).

Los ejemplos que ilustran el escepticismo de Kimmelman respecto al valor de los edificios icónicos son numerosos. El nuevo Museo de Arte de Ordos en Mongolia, bellamente diseñado por MAD, prestigiosa firma de arquitectos de Pekín, sugiere (no sorprendentemente) que la construcción de un museo fabuloso no es suficiente para asegurar el éxito de público. La ciudad de Ordos ha surgido rápidamente y es relativamente rica, gracias a los descubrimientos de yacimientos de petróleo y gas, pero el museo no tiene colecciones y cuenta con pocos planes para exposiciones. Alejado de las principales rutas de viajeros y turistas, no es de extrañar que carezca de visitantes.

El Guggenheim Abu Dhabi, aún no inaugurado, es el doble del museo de Bilbao en superficie y doce veces el tamaño del Guggenheim de Frank Lloyd Wright en Nueva York. Carol Vogel en The New York Times se refiere a este diseño de Gehry como “una cascada gratificante de bloques de construcción de yeso gigante y conos azules translúcidos”. El resultado de la competición internacional Guggenheim Helsinki se conoció en junio de 2015. El proyecto ganador fue un elegante diseño de la firma Moreau Kusunoki Architectes, con sede en París. Sin embargo, en Noviembre de 2016 la ciudad de Helsinki decidía paralizar el proyecto, en parte por su abultado coste.

Hay que esperar para conocer el impacto del Guggenheim Abu Dhabi de Gehry y del masivo Distrito Cultural de West Kowloon (WKCD) en Hong Kong, que figuran entre los megaproyectos culturales más destacados de los últimos años. El WKCD es un proyecto de tal envergadura y ambición que podría “definir la naturaleza de lo público en el siglo XXI”, según una declaración –bastante hiperbólica– de Rem Koolhaas. El WKCD ha sido objeto de críticas significativas desde su diseño y planificación hasta la fase de construcción. Aunque un Guggenheim o un Gehry no son parte del proyecto, el WKCD reproduce todas las controversias asociadas con los megaproyectos icónicos: los excesos de costes, los impactos ambientales negativos, los riesgos de gentrificación, los inconvenientes de la ingeniería cultural elitista, el descuido de las identidades culturales locales y la incertidumbre respecto a su éxito económico. Ninguna de estas externalidades es un buen augurio para las ciudades que todavía desean iconos instantáneos como salvación en épocas de malestar económico.

Muchas ciudades no han podido replicar el éxito de Bilbao poniendo en práctica lo que ha sido una política urbana emulada globalmente. Las razones de este fracaso no son misteriosas. Cada ciudad tiene una historia propia, una región dentro de la cual se desarrolla, una composición política específica que influye en los procesos locales de toma de decisiones y distintos niveles de autonomía financiera. Cada ciudad muestra, aún con denominadores comunes a todas ellas, rasgos particulares que contribuyen a explicar su ascenso y su declive, y cada una necesita estrategias específicas para su revitalización.

La aplicación de los elementos estándar en la receta de revitalización a ciudades de todo el mundo puede ser inevitable debido a movilidad transnacional de discursos y estrategias. Sin embargo, tratar de repetir el éxito de una ciudad en cualquier otra simplemente adoptando la misma política urbana (construir un megaproyecto icónico) es –ha sido a menudo en las últimas décadas– una fórmula para la decepción.

Bilbao fue una apuesta arriesgada en el que la probabilidad de cosechar el éxito obtenido era limitada e incierta. Se trata de un caso único con una recompensa muy elevada basada en un cambio global de imagen. El clip de Bilbao en The New York Times al comienzo de este artículo ilustra el poder de la globalización digital, que permite que las imágenes de iconos y ciudades viajen en la sociedad del espectáculo, el entretenimiento y el turismo urbano convertidas en monumentos digitales, vistos y admirados en cualquier lugar del planeta. La ciudad ha pasado así a formar parte de la conciencia global.

Autor de Bilbao: Basque Pathways to Globalization (2006) y Contesting Megaprojects: Complex Impacts, Urban Disruption and the Quest for Sustainability (2025).