En un universo paralelo Vladímir Putin ha publicado en una red social que Volodímir Zelenski y su mujer han sido capturados en Kiev y sacados del país. Todo ello debidamente justificado con el firme objetivo de desnazificar Ucrania. Sin embargo, en nuestro universo ha sido Donald Trump quien el 3 de enero de 2026, mediante una acción quirúrgica, ha secuestrado al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y su mujer.
En esta ocasión, la narrativa empleada como justificación ha sido la guerra contra el narcotráfico. Ya que Trump ha vinculado directamente a la cúpula chavista con el “Cártel de los Soles” y el tráfico de cocaína hacia Norteamérica. No obstante, resulta un argumento poco sólido tras liberar el mes pasado mediante un indulto presidencial al expresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos a 45 años de cárcel por narcotráfico.
Desgraciadamente las narrativas en estos casos no dejan de ser prefabricadas para blindarse ante la opinión pública, en muchos casos ajenas a la geopolítica. Bajo ese discurso superficial de “No a las drogas” algo más profundo se ha activado: El retorno de la Doctrina Monroe.
La Doctrina Monroe, proclamada por el quinto presidente estadounidense James Monroe en 1823, fue una política exterior que advertía a las potencias europeas contra la colonización o interferencia en el continente americano, bajo el lema América para los americanos. Sobre todo, para evitar que potencias de la época como España, Francia o el Reino Unido recuperaran territorios en el continente.
Cabe destacar que, aunque en las últimas décadas las fronteras de EE.UU. se mantienen constantes, no siempre han sido así. Puesto que las fronteras de Estados Unidos han ido ensanchándose desde que Gran Bretaña reconoció la independencia de los Estados Unidos como nación soberana en el Tratado de París del 3 de septiembre de 1783. Los Estados Unidos se expandieron hacia el Oeste, ampliando sus fronteras siete veces, con dos grandes ajustes de fronteras y varias disputas territoriales y adquisiciones hasta consolidarse actualmente en los 50 estados.
Aunque la vorágine del día a día nos haga perder el curso de la historia, con este hecho Trump envía un mensaje claro a Pekín y Moscú, Latinoamérica es su patio trasero y sus recursos petroleros los gestionara según sus propios intereses. No debemos olvidar que Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, más de 304.000 millones de barriles, lo que representa el 17 % de las reservas mundiales.
Análogamente, cabe resaltar que China compra actualmente alrededor del 80% de las exportaciones de petróleo de Venezuela, por lo que, el derrocamiento del Gobierno de Maduro parece otro movimiento en el ajedrez energético que se juega entre dos potencias: EE.UU. y China. Pero esta acción militar no es solo un “cambio de régimen”, sino una OPA hostil sobre el mayor depósito de hidrocarburos del planeta. El objetivo final es reintegrar a Venezuela en la órbita energética de Occidente, desplazando a rivales geopolíticos (Rusia y China) y permitiendo favorecer a empresas norteamericanas que tomen el control de lo que un día fue el mayor exportador de petróleo del mundo, muy por delante de Arabia Saudí. Actualmente, el país es el decimoséptimo mayor productor de petróleo del mundo. Es plausible que si las empresas norteamericanas quieren sacar rédito de esta oportunidad, deban entrar en una ventana de inversiones multimillonarias para dar la vuelta a un maltrecho sector petrolero de Venezuela. Por lo tanto, dudo que esta acción tenga un impacto directo en el corto plazo en el mercado global de petróleo. El horizonte temporal parece más amplio que la legislatura restante de Donald Trump.
A la contra de lo que la mayoría cree, el petróleo no es una sustancia única y uniforme. Los tipos de petróleo se clasifican principalmente por su densidad (API Gravity) en ligero, medio, pesado, extrapesado y su contenido de azufre en dulce o ácido, muy ligado a la situación de partida en su formación hace miles de millones de años.
Para entender la jugada completa debemos conocer que históricamente EE.UU. ha sido importador de crudo de petróleo, no porque no tuviera yacimientos, sino por su alto consumo interno. En el 2005 el país superó los 12 millones de barriles diarios de origen externo. Estructuralmente estaban en una situación desfavorable, sin embargo, gracias a la aparición del fracking de esquistos bituminosos pudieron reducir la dependencia exterior, y a finales de 2019 se han convertido en netamente exportadores.
La seguridad energética no depende sólo de cuánto petróleo tienes bajo tus pies, sino de si tus refinerías son compatibles con ese petróleo específico. La capacidad de refinación de las grandes refinerías de Texas y Luisiana, enclavadas en la Costa del Golfo de México, cuentan con una gran capacidad de conversión secundaria, que incluye hidrocraqueadores, coquizadores y unidades de desulfuración. Estas refinerías fueron construidas hace décadas orientadas a recibir crudo pesado nacional y exportar al mundo vía petroleros marítimos, antes del auge del shale oil (petróleo de esquistos bituminosos) alrededor de la década de 2010 que resulta en crudos más ligeros. Como os podéis imaginar la modernización de las refinerías es un proceso gradual y muy costoso.
Además de Venezuela, los únicos otros países con cantidades significativas de petróleo pesado son Canadá y Rusia. La participación de Canadá en el total de petróleo importado por EE.UU. ha aumentado del 15% en 2000 al 61% en 2024. Al conocer todo esto, toman otro cariz los improperios que sistemáticamente lanzó Trump sobre, su vecino y aliado, Canadá durante 2025. Analizando los datos históricos ofrecidos de la Agencia Internacional de la Energía, queda patente que Estados Unidos se está volviendo más dependiente del crudo pesado, ya que, sus importaciones han aumentado significativamente, del 12% de todas las importaciones de petróleo en 2000 al 70% en 2025.
Evidentemente no tengo pruebas, pero tampoco dudas de que a Donald Trump no le interesa el bienestar de la población venezolana. Él mismo se ha autodescrito como una persona puramente transaccional, y este movimiento tiene poco de ideológico. Muchos son los países que no viven una situación idílica hoy en día sobre la faz de la Tierra, pero Trump no ha mostrado ningún interés en cambiar de rumbo al país, en cambio, en este concretamente ha entrado para capturar a su presidente. Piensen en cual sería la narrativa imperante en los medios de comunicación de la esfera anglosajona, si Putin o el presidente de China, Xi Jinping, admitieran en público que han realizado un acto de tal magnitud.
La geopolítica es como el aire, invisible, pero todos estamos unidos a él. En cambio, la geología está ahí inmutable, solo se requiere capital, tiempo y esfuerzo para liberar la riqueza petrolera del subsuelo venezolano. EE. UU. es un gigante energético, pero está “atado” a países con petróleo pesado debido a su propia infraestructura industrial.
La década de 1920 en el siglo XX fue bautizada como Los Felices Años Veinte siendo una época de auge económico, prosperidad y cambios culturales. Sin embargo, para nuestro tiempo deberemos buscar una nueva etiqueta, dado que la rivalidad geopolítica y la revolución digital parece que comprime el tiempo y el espacio a la par que multiplica las tensiones. La mía la tengo clara y eso que aun falta para acabar: La Década de la Taquicardia Global.
Ingeniero de procesos de hidrógeno en Sener. Autor de los Informes ‘Energy Analysis’.