Tribuna abierta

Los 'piojos' del Estado

09.10.2021 | 00:21

Tras las últimas revelaciones de 'Abc' sobre guerra sucia del Gobierno de Felipe González, sería bueno para la regeneración democrática que el Ejecutivo de Pedro Sánchez iniciara las investigaciones necesarias para clarificar y en su caso depurar todas las responsabilidades en las acciones de terrorismo de Estado cometidas so pretexto de la lucha contra ETA

CUANDO mi madre decía "no sé qué cosas tienes en la cabeza" se refería a los pensamientos oscuros que, según ella, amasaba en mis adentros. Creía me las ingeniaba para dar la vuelta a sus designios en un afán desobediente que le sacaba de sus casillas. Yo, la verdad, trataba de escaquearme todo lo que podía de sus mandatos. No por rebeldía. Ni por cuestionar su autoridad. Mi actitud, tendente a eludir los trabajos que se me encomendaba, se sustentaba en mi pura vagancia o pereza. Yo, desde siempre, he sido más de pensar que de hacer. Hacer, que hagan otros. Donato, mi padre, que me conocía como si me hubiera parido, solía recordarme una de esas máximas que a él tanto le gustaba repetir: "Tú piensa. Medita. Recapacita... que luego lo joderás todo con las patas de atrás". Su filosofía solía resultar clarividente.

Ama no tenía esa visión. No era de filosofar. Ella era más del primum vivere. Primaria y práctica. Quizá por eso, y para evitar males mayores en los que el incentivo solía ser un zapatillazo, cuando la cabeza de familia se mosqueaba ante mi actitud, yo intentaba que la maquinación y la holgazanería no se notaran demasiado. Así, procuraba hacer que hacía. Aparentaba hacer, estar ocupado. Sin pegar un palo al agua.

Si se me pedía que estudiara, sujetaba el libro con una profesionalidad digna de un alumno disciplinado. El problema surgía cuando, mirando a las musarañas, se me olvidaba voltear las páginas de aquel texto, de forma que los dibujos que veía mi madre en el papel eran siempre los mismos y mi estado zen se interrumpía con un grito.

Si lo que se me requería exigía un esfuerzo físico –quitar el polvo a los zapatos, por ejemplo–, mi actividad se ejercía a cámara lenta. Tardaba una eternidad en ordenar el calzado, ponerlo en fila, lucir el paño, restregar el betún y sacar brillo a tres pares de botas. Muchas obras de arte expuestas en el Guggenheim se elaboraron en menos tiempo que el que yo utilizaba para llevar adelante la tarea cotidiana de lustrar un borceguí. Por no hablar de cuando se me requería para hacer algún recado. ¡Uf! Bajar cuatro pisos. Ir hasta la vinatería de Nicolás –que estaba en la misma calle–. Comprar cuatro gaseosas y retornar hasta el domicilio. ¡Qué odisea! En el intervalo de la encomienda me entretenía recogiendo unas chapas de iturris y con unos céntimos sobrantes de la cuenta sacaba un chicle esférico de la máquina de bolas en la que mi hermano se había estampado la cabeza por no mirar hacia adelante mientras corría. Luego, transitaba los escasos setenta metros hasta el portal a ritmo caribeño, despistándome con el vuelo de una mosca y contando los escalones que debía subir hasta llegar a casa por si acaso su número había variado repentinamente. Allí, vuelta al interrogatorio. "¿Dónde has estado? ¿Tanta gente había en la tienda? ¿Con quién te has encontrado? ¿Qué has estado haciendo? ¿Te has olvidado dónde vivías? ¿No dices nada? ¿Qué piensas?". Mi respuesta encabronaba un poco más el ambiente: "Nada". Era mi contestación favorita. "No pienso en nada".

"Pues no se puede pensar en nada –repetía Mari Tere–, a saber qué tienes en la cabeza".

Mi cabeza estaba llena. De ideas de bombero torero. Ahora bien, ha habido algo que no ha tenido nunca –toco madera–: piojos. Ya se cuidaba Mari Tere de lavarnos el pelo con vinagre para tenerlo libre de liendres. Por si acaso. ¿Alicáncanos? ¡No, gracias!

He visto horrorizado una noticia que publicaba la edición digital de DEIA en la que una joven de Texas acudía a una peluquería con la cabeza cubierta de piojos. He visto el vídeo y me ha parecido aterrador. Bichitos blancos moviéndose por doquier. Ni más ni menos que, según la información, 15.000 insectos campando por el cuero cabelludo. ¿De dónde habrían salido? ¿De una granja de piojos? ¿Estarían amaestrados? Y lo más intrigante de todo, ¿cómo los habrían contado para saber que había 15.000? ¿De uno en uno?

Puestos a preguntar por lo que tiene la gente en la cabeza, a mí me gustaría saber qué tendría en su mente José Luis Corcuera cuando ejercía como ministro del Interior del Gobierno de Felipe González. Según ha publicado el diario Abc, esta pasada semana, el exministro que dio nombre a una ley de seguridad que permitía a la policía registrar domicilios sin amparo judicial, estuvo detrás de episodios de guerra sucia contra ETA como fueron los envíos de cartas-bomba a militantes de la izquierda abertzale. Así lo aseguró en una amplia conversación, transcrita por los servicios de espionaje español, mantenida entre su sucesor en el cargo, Antoni Asunción, con el entonces director del Cesid, el general Emilio Alonso Manglano.

Según la información publicada por el rotativo conservador madrileño, el artefacto que acabó en Renteria con la vida del cartero José Antonio Cardosa en septiembre de 1989 fue enviado desde la estructura del Ministerio del Interior, en respuesta a una técnica similar que ETA empleaba en aquellos meses. Según la conversación desvelada entre Manglano y Asunción, esta misiva-bomba no sería la única de este tipo enviada, ya que según el exministro dimisionario tras la huida de Roldán, "estas son las cartas que enviaron ellos, y un cartero al doblar el paquete y al meter las cartas en el buzón dobladas, estalló y murió".

Para mayor abundamiento, otro diario –Gara– ha recordado que la carta explosiva de Orereta "no fue un hecho aislado: en esos meses al menos otras tres bombas similares fueron remitidas al abogado Iñigo Iruin o a los concejales de HB en Azpeitia, siendo interceptadas en el servicio de Correos".

Las revelaciones ahora publicadas por Abc tienen como base documental los archivos personales del exjefe del servicio de espionaje español. Ficheros voluminosos de los que han salido, por el momento, contadas pero interesantes revelaciones como la apuntada de la guerra sucia o la constatación de que el Gobierno de Felipe González nutrió de fondos reservados en metálico a la Casa Real para abonar gastos millonarios no identificados.

Resulta llamativo que los secretos que guardaba Manglano vean la luz estos días y que lo hagan por medio del periódico Abc. Pero si analizamos con detenimiento, los pocos trapos sucios que han sido revelados atacan directamente a la gestión pasada del Partido Socialista. Tal vez sea coincidencia o simplemente un mal presentimiento, pero las amenazadoras revelaciones de los documentos del exgeneral han acontecido paralelamente a otro hecho relevante en la crónica de escándalos; el desistimiento por parte de la Fiscalía anticorrupción de investigar las prácticas del rey emérito en relación a su fortuna. ¿Causa-efecto? O el chiste del dentista.

Interpretaciones aparte, sería bueno para la regeneración democrática que el Gobierno de Pedro Sánchez iniciara las investigaciones necesarias para clarificar y en su caso depurar todas las responsabilidades en las acciones de terrorismo de Estado cometidas so pretexto de la lucha contra ETA.

Sería igualmente deseable –ahora que va a entrar en las Cortes un proyecto de ley de Memoria Democrática– que se levantara el velo de opacidad amparado por la Ley de Secretos Oficiales y que se supiera la verdad de tantos agujeros negros existentes en la historia reciente del Estado español. Desde atentados mortíferos nunca investigados como el cometido contra el bar Aldana de Alonsotegi o la detención, desaparición y muerte de Mikel Zabalza en Intxaurrondo. Según un informe elaborado por el Gobierno vasco, de las 74 acciones terroristas vinculadas a grupos parapoliciales y de extrema derecha que actuaron entre 1975 y 1990 en Euskadi, solo 17 culminaron, tras investigación, con sentencia firme de la Audiencia Nacional.

Además, y por pura coherencia, si reclamamos de la izquierda abertzale un reconocimiento expreso del injusto daño causado por el terrorismo de ETA, con mayor razón deberemos exigirlo de un gobierno democrático por la acción terrorista ejercida desde la propia estructura del Estado. Se lo deben –debemos– a las víctimas. Y a las generaciones venideras con las que construir un futuro en paz y en respeto a los derechos humanos.

Confiemos, de una vez por todas, que el Estado español elimine de su cabeza los piojos del GAL, de la Triple A, del Batallón Vasco Español, de GAE, Guerrilleros de Cristo Rey y de todos aquellos que parasitaron la democracia con una violencia intolerable y digna de la máxima condena. * Miembro del EBB de EAJ-PNV

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