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Llegará el día después... y ¿entonces?

Once meses es el periodo de tiempo que transcurre desde febrero de 2020 hasta marzo de 2021. El tiempo habla y dice que en ese periodo la vida está atrapada entre miradas que enlazan unas con otras. Lo que mejor representa estos días es el cierre; de la forma de vivir, de la vida cotidiana, la socialidad, la diversión, el espacio geográfico o la circulación ciudadana, sustituidas por el confinamiento, las mascarillas, la distancia física, la soledad o la huida del contagio

02.02.2021 | 00:53
Llegará el día después... y ¿entonces?

EL recuerdo del cierre es reiterado con un afán casi obsesivo. Los medios de comunicación lo recuerdan día sí y día también; hay algo parecido al cierre comunicativo, como si no se pudiese hablar de otra cosa que no sea el covid-19, incluso cuando se cruza con otros acontecimientos. Los medios hablan del virus; sea en la toma de posesión del presidente Biden, en el fin de la etapa política de Donald Trump, en el fútbol... de los laboratorios farmacéuticos y las vacunas, aun en las elecciones políticas, las caídas económicas... Los viajes se acaban, el turismo se va de vacaciones forzadas, la industria hostelera se mueve como el acordeón, la estructura productiva no produce como lo hizo hasta el año 2019, la deuda pública sufre el impacto con efectos incalculables, abren y cierran aulas escolares con naturalidad... como si fuese "el pan nuestro de cada día".

¿Se adivina un nuevo mundo después de la pandemia? Responder a la pregunta es volver a preguntar ¿qué hay que transformar? y, sobre todo, ¿qué puede cambiar para encontrar lo nuevo? Las respuestas son tareas complejas porque las mutaciones no sólo son procesos que unen las voluntades de los que dicen que hay que transformar casi todo. Esta posición sirve de poco, incluso llega a ser perjudicial porque genera muchas preguntas y pocas respuestas. No sé, quizá me sitúo mejor en esta parte del relato al lado de los escépticos, las respuestas a la emergencia de algo similar a un nuevo mundo no se obtienen sólo porque se diga que se necesitan y que igual son posibles. Aunque puede también ser el ejercicio de buenismo de las buenas conciencias, reconozco que desconfío de esta actitud, me parece banal e incoherente porque de tanto insistir en el cambio termina olvidando lo que hay que hacer.

El mundo que emerge tras la pandemia ya estaba antes de la misma, lo que permite visualizar, aprender y reclamar algunas cosas que hay que tener en cuenta también para el día después, si es que llega. Así, el orden socioeconómico que gestiona el mundo occidental y las formas de asignación de bienes públicos y privados no alcanzan los objetivos que persiguen; dos crisis económicas estructurales en diez años les devuelve al punto de partida. Ese orden fomenta consecuencias inadecuadas y crea más problemas de los que resuelve. En consecuencia, crece la desigualdad como si fuese la carta de presentación del fracaso regulador de la economía mundial y la globalización sin límites, y fomenta el decrecimiento de la clase media; las sociedades ricas crean más riqueza pero sudan pobreza, nunca tanta riqueza acumula tanta desigualdad.

La desregulación de los sectores socioeconómicos estratégicos y los mercados mundiales no crea, por regla general, industrias más competitivas ni incrementa la productividad; no genera suficientes empleos de calidad, al contrario, provoca la quiebra de la sociedad laboral heredada, de la que tantas personas dependen, promueve la sociedad auxiliar que acoge millones de empleos estratégicos basados en trabajos temporales con salarios escasos y limitados cuando, paradójicamente, la pandemia y los confinamientos demuestran que millones de empleados desarrollan trabajos de gran relevancia social aunque no dependen de estrategias tecnológicas ni de la robótica o la automatización industrial. Los actores de la sociedad auxiliar trabajan como reponedores de supermercados, cajeros y empleados de centros comerciales, personal de limpieza, trabajadores de hostelería, cuidados personales, transportistas de mercancías, responsables de logística, etc., profesiones que se mueven al margen de la definición del valor del talento de los expertos en robótica, los diseñadores de hardware o software, programadores informáticos, desarrolladores de aplicaciones tecnológicas que participan de la fiesta laboral de esta era implicados en oficios cualificados de la sociedad tecnológica. La complejidad laboral requiere ampliar la definición de qué es lo "estratégico", cuáles son las profesiones y los oficios relevantes y qué aspecto toma la adecuación al nuevo orden laboral que surgirá tras la pandemia.

Este hecho plantea el tipo de organización económica más adecuada. Hay en el mercado de las ideas diversas propuestas –capitalismo progresista, socialismo participativo, capitalismo ético, capitalismo con competencia, etc.–, muchos recursos teóricos y experiencias empíricas acumuladas que pueden conducirnos por experimentos que quizá valga la pena recorrer para conocerlos en profundidad.

Por otro lado, la democracia se discute porque las libertades civiles y los principios que sostienen la democracia liberal están sometidos a evaluación y muchas preguntas gestionan respuestas que no son siempre fiables. No debe despreciarse el peso de algunas expresiones populistas, tampoco otras cuyos orígenes están en los éxitos cosechados por países que expresan que la modernización económica no necesita a la democracia. Las autocracias asiáticas, sobre todo, pueden ser referentes para grupos instalados en los reservorios del Occidente democrático, sin olvidar aquellos que enarbolan la bandera de la democracia iliberal o a los que manejan mutaciones en el cuadro de las libertades civiles que conducen a la pérdida de calidad de la democracia liberal.

Además, el bienestar no ha crecido, no lo ha hecho por una sucesión de acontecimientos como el descenso relativo de las rentas del trabajo en comparación con las de décadas anteriores, el incremento del déficit público, la precaria gestión de algunos impuestos, el incremento y la distribución de ayudas, los límites que imponen el decrecimiento económico y la deuda pública a su gestión, además de las reticencias de grupos económicos y elites políticas. Y todo ello genera la desconfianza de la ciudadanía hacia las elites.

Pero hay más: la calidad media de la vida material no crece entre muchos sectores sociales porque tienen trabajos precarios y salarios bajos; la movilidad social ascendente cruje porque el ascensor social o es frágil o está averiado o baja y no sube; los mecanismos de redistribución de la riqueza adelgazan y pierden fortaleza; las vinculaciones identitarias son vulnerables porque vincular y reconocer a los otros es creer en referencias incuestionables para moverse con confianza, aunque la pregunta es: ¿cuáles son hoy estas? La estructura demográfica indica desajustes internos en la distribución de la población, el envejecimiento no tiene la misma dinámica que la entrada de población joven al mercado poblacional y el relevo generacional emerge como dificultad sobreañadida al no poder asegurar los mecanismos que hacen posible que los jóvenes se transformen en adultos mayores; la modernización de la modernización económica se sustenta sobre la innovación de la innovación y eso requiere definir con precisión los sectores estratégicos que ocuparán los lugares productivos zombis que quedan después de la sociedad industrial clásica, preparar y prepararse para ello es el acontecimiento generacional para aceptar y acertar con la transformación de la era industrial que nos vio nacer, pero ¿cómo estar y construir la 4ª o ya 5ª Revolución Industrial?

Son algunos retos pre y pospandemia, hay otros que habrá que enfrentar, pero no está claro que estén ya creadas las condiciones para salir de esta etapa con metas, objetivos y con la caja de herramientas necesariamente llena de instrumentos y planes para moverse con celeridad, inteligencia y responsabilidad. Quizá mejor esperemos a los éxitos de la vacuna; después, ya veremos.

* Catedrático de Sociología de la UPV/EHU

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