Tribuna abierta

De los mismos sucesos, recuerdos desiguales

Siendo los hechos los mismos para todos, se cometió un terrible error: contabilizar y considerar a las víctimas por separado, de manera que se afirmaba a mis víctimas y se negaba a las otras. Fue un monstruoso error que a los damnificados del terrorismo seles negara el derecho a ser lo que humanamente eran

05.02.2020 | 06:28

CUÁNDO prescribe el pasado? Cuando la memoria ya no le alcanza y deja de ser activa emocionalmente sin condicionar el presente y el futuro. Han transcurrido más de ocho años desde el fin del terrorismo en Euskadi y, sin embargo, persiste un dolor latente -muy teatralizado y jaleado en ocasiones- en algunos sectores de nuestra sociedad, mientras cientos de presos en las cárceles atestiguan los efectos desgarradores de una época que no hemos cerrado. Los pragmáticos creen que con una década más todo habrá acabado y los pesimistas ven lejano el fin de la historia, entre otros motivos porque hay gente y entidades que se alimentan, a veces en sentido estricto, de la gestión del recuerdo. Lo que ocurrió en el debate de investidura del presidente Sánchez, con la invasión agresiva del pasado, fue la pesadilla que la derecha y la ultraderecha pretende mantener en nuestros sueños colectivos. No, el pasado no ha prescrito en corazones atormentados y en políticas de confrontación.

Somos un país como los demás ante la tragedia de la violencia. En todas partes ha ocurrido igual. Hay un tiempo para dolerse, otro para entender lo ocurrido, uno más para aprender de los errores y un tiempo último para olvidar con honra y sin sufrimiento. Estamos en ese proceso, en el que algún sector preferiría quedarse quieto lamiéndose las heridas sin avanzar y en el que no pocos optarían por pasar página con prontitud. ¿Euskadi sigue en duelo? Creo que estamos en el tramo final, el olvido honorable, del que se derivará, espero, una plena convivencia y reconciliación en el seno de un país diverso y complejo con muy diferentes proyectos en un equilibrio inestable.

De repente, tenemos un montón de profesionales de la memoria y el relato. Abundan en los sectores menos tendentes al olvido sacerdotes del recuerdo cuyos objetivos son, básicamente, dividir a la sociedad en víctimas y verdugos, en valientes y cobardes, buenos y malos; fijar las responsabilidades ideológicas, señalar una historia común como dogma obligatorio y, por supuesto, impugnar el nacionalismo vasco y bendecir a los partidos españolistas.

Mismos sucesos Cuarenta y tres años de terrorismo, con sus espacios de tregua, no se explican en dos folios. Hay 852 tumbas de un lado y decenas de muertos de otro, además de una larga estela de ruina moral, económica y social que en Euskadi ocasionaron ETA y las organizaciones de respuesta, como el GAL y los cuerpos de seguridad del Estado. Y, siendo los hechos los mismos para todos, se cometió un terrible error: contabilizar y considerar a las víctimas por separado, particularizándolas, de manera que se afirmaba a mis víctimas y negaban a las otras. Fue una monstruosa equivocación que a los damnificados del terrorismo se les negara el derecho a ser lo que humanamente eran: muertos míos, tuyos, nuestros. ¿Cómo podía la comunidad vasca rendirles homenaje y honrosa despedida si durante años los funerales eran un aquelarre de brazos en alto y caras al sol, una solemnidad fascista, actos de ira? ¿Cómo sentirlos como propios si eran enajenados por los enemigos de la libertad? Y, por otra parte, ¿cómo íbamos a sentir de los nuestros a los asesinados en comisarías y atentados de Estado si la izquierda independentista, adherida a la estrategia de ETA, nos culpabilizaba indiscriminadamente de su sangre derramada?

De aquellos hechos, los mismos para todos, se llegó a la desgraciada particularización de las víctimas, abriendo una brecha enorme entre los vascos, ajenos a aquella vergüenza y sobrepasados por acontecimientos frente a los que nada podían hacer. El relato de los siervos mediáticos y políticos del Estado es que la ciudadanía vasca "miraba para otro lado", indiferente a la acción criminal. La clase dirigente, responsable de este cruel embuste (la misma que huía de las exequias por la puerta de atrás de las iglesias) es la autora de esta teoría para escapar del reproche por su fracaso en la resolución del problema y que se hizo aún más difícil con una transición fraudulenta, blanqueadora de la dictadura y sus herederos. La voluntariosa amnistía no era suficiente. Hubo un momento en que el Estado acarició su deseo de enfrentamiento civil en Euskadi, cuando tras el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, un pobre chico inocente, en 1997, quiso llevarnos al escenario de unos ciudadanos frente a otros con el asalto de las sedes de los independentistas en pueblos y ciudades. Algunos cayeron en aquella histeria, finalmente abortada.

Recuerdos desiguales De los mismos hechos surgen recuerdos desiguales. La memoria es amplia y diversa: es de la gente, de todos y no de los historiadores, menos del Memorial de las Víctimas, radicado en Vitoria-Gasteiz, un valle de los caídos sufragado por el Estado donde se fabrica un relato artificial frente al recuerdo desigual de Euskadi y donde se tiene secuestrada la memoria colectiva. Qué miedo tienen las instituciones españolas a la memoria mixta, bajo el complejo de que, en el fondo, han perdido la guerra contra el terrorismo y el afán totalitario. No, no han perdido; pero hemos ganado todos.

El acto de respeto al concejal donostiarra del PP Gregorio Ordóñez, en el vigésimo quinto aniversario de su asesinato, contuvo algunas de las cosas que tratan de imponer efectos devastadores en nuestra sociedad. Dijo la viuda del político que "no es digno de una democracia sentar en su Congreso, en sus ayuntamientos y en sus parlamentos autonómicos a personas que están vinculadas directamente con atentados terroristas". Se equivoca por mucho que su dolor inagotable y también su cólera se comprendan de corazón. No hay sufrimiento nuevo o viejo que pueda privar a una parte del electorado del derecho a elegir a quienes considere válidos. ¿Quién tiene la potestad de determinar las condiciones morales de participación democrática? La gente, señora. Y somos todos. No pueden unos arrogarse la categoría pontifical, ni siquiera en nombre de sufrimiento más profundo, de señalar quién o no es merecedor de ejercer la función representativa. La añoranza de las víctimas es un agente condicionante que suplanta, como al principio del periodo terrorista, una carga emocional que debería repartirse entre todos los corazones. ¡Déjennos que podamos dar cabida a todos los muertos como de los nuestros, no sigan pervirtiéndoles en iconos partidistas!

Le ha ocurrido a Fernando Savater con sus recuerdos, transformados en munición. Su hermoso libro de amor, La peor parte, escrito en homenaje a su esposa fallecida hace cinco años, contiene, junto a conmovedoras palabras, descalificaciones infamantes contra la izquierda abertzale, el PNV y otros que piensan o recuerdan distinto que él. Hasta le dedica a la universidad vasca expresiones tan burdas como "que le den por culo a la UPV". Pobre libro de amor mancillado por una memoria menguada por la mezquindad. Algunos aspiran a ser más que víctimas, héroes épicos de un tiempo evocado de determinada manera. Eso explica que Marimar Blanco haya sido contratada, sin méritos conocidos para el cargo, como asesora de vivienda por el Ayuntamiento de Madrid. ¿Por qué? Por ser un símbolo borroso y cualificar el recuerdo de una víctima entre muchas. Extraño oficio ser, simplemente, hermana.

El proyecto moral de Euskadi, creo, es aceptar la diversidad de la memoria y encontrarnos en el propósito de que nunca más se repita esa negra historia. Es una certeza humana, en todas las culturas y países, que ante los mismos sucesos se tienen recuerdos desiguales. Nadie es dueño de la memoria colectiva. Lo deseable hubiera sido pensar distinto y recordar lo mismo; pero ya que fue imposible, porque fuimos incapaces de compartir el sufrimiento e hicieron bandera política de la sangre, recordemos diferente, pero pensemos sin miedo.
* Consultor de comunicación