2026 es un año indefinido: número par, pero no bisiesto y bajo ciertos presagios de peligro, pues una ola de autoritarismo fascistoide se extiende por el mundo y ya nos ha alcanzado. Por ahora, aquí nos interesa comentar el horizonte de la tele. Va de cambio, y no porque la industria audiovisual, tan conservadora, vaya a enmendarse, sino porque la van a condicionar los peores acontecimientos. Será un año electoral en el Estado, seguramente el último trimestre, lo que revolucionará toda la programación hasta convertirla en cruento campo de batalla. La polarización y la mala baba llegarán a su cumbre en la España cainita y así la tele resultará insoportable. Y no hay filtros protectores. El gran suceso será el Mundial de fútbol, allá en junio y julio, para consternación de los no futboleros. ¡Mucho esperan los políticos de lo que pueda ocurrir! También será una buena oportunidad para el consumo (se venderán millones de enormes pantallas inteligentes) y todo como continuidad, en mayo, del derrumbe de Eurovisión por ausencia de varios países con causas más que justificadas y que servirá para agigantar la querella española y de las JONS. Y será cuando TVE imponga su liderazgo sobre Antenas 3 como símbolo de la resistencia de la mayoría democrática frente a la amenaza neofranquista de derecha y ultraderecha. Las marcas globales seguirán su avance y concentración frente a la televisión convencional. Telecinco alcanzará su punto crítico, incapaz de redefinirse y abriéndole paso al populismo. Se jubilará Ana Rosa, felizmente, e Iker Jiménez –mitad fantasma, mitad falangista– se consagrará como gurú de Mediaset. Ojalá tengamos noticias de la televisión pública vasca, necesitada de un gran éxito y buenas ideas como ETB ON, su nueva y espléndida plataforma digital.